DIARIO DE VIAJE | SALVADOR DE BAHIA | #173 ABR 2013

Los bellos contrastes de Bahía

El recorrido por uno de los estados brasileros más populosos propone un encuentro
con las raíces africanas y portuguesas del lugar.
Salvador, Pelourinho, Chapada Diamantina y Taipú de Fora son paradas obligadas.

"Roma negra la llamaron. Madre de las ciudades del Brasil, portuguesa y africana, llena de historias, legendarias, maternal y valerosa. En ella se objetiva, como leyenda de Yemanjá, la diosa negra de los mares, el complejo de Edipo. Los bahianos la aman como madre y amante, con una ternura entre filial y sensual. Aquí están las grandes iglesias católicas, las basílicas, y aquí están los grandes terreiros del candombe, el corazón de las sectas fetichistas de los brasileños”. La pluma de Jorge Amado, el reconocido escritor nacido en Bahía y autor, entre otras obras, de “Gabriela, Calvo y Canela” y “Doña Flor y sus dos maridos”, regala una descripción tan bella como precisa de esta porción de tierra brasilera donde la sangre y el carnaval, lo sagrado y lo profano se fusionan para ser raíz.

El Peló, una ciudad portuguesa adoptada por el negro

Salvador de Bahía era un puerto donde ingresaban los esclavos que provenían de África. En la plaza principal se colocaba una columna de piedra donde éstos eran subastados. Los prisioneros se exhibían para la venta y se los azotaba salvajemente para demostrar autoridad ante cualquier intento de rebeldía. Aquella columna de piedra era llamada Pelourinho, que significa picota.
Hoy se conoce con ese nombre –popularizado con el apócope Peló- al barrio histórico de Salvador y centro de su vida popular, declarado en 1985 por la UNESCO patrimonio de la humanidad. El recorrido del viajero por el Estado de Bahía arranca entonces por su pasado. Rojo, azul, verde esmeralda, lila y amarillo se combinan para decorar la arquitectura barroca portuguesa, marca colonial del lugar, y contrastan con el gris de los antiguos empedrados. Peló posee más de 800 casonas con tejas de gamba de los siglos XVII y XVIII.
En sus orígenes, el barrio fue habitado por personas acaudaladas, hasta que en las primeras décadas del siglo XX se produjo la incorporación de pobladores de menor posición socioeconómica. El diseño urbano se fue modificando hasta el punto que en 1990, el gobierno brasilero expropió varios edificios para conservar el estilo del lugar.
Siempre es un desafío para el viajero buscar la vida real en los lugares turísticos, pero en vísperas de carnaval todo el Peló se viste de fiesta profana. La hospitalidad es una marca registrada de la zona. Esther y Pelosa, ambas empleadas de una tienda, invitan a saborear lo que consideran será para nosotros “un manjar inolvidable”: langostas al ajillo. Durante el almuerzo, que escribe su epílogo con una copa helada de mango y graviola -una fruta tropical estudiada por sus propiedades anticancerígenas-, las mujeres, ambas de un color de tez que al sol del mediodía se vuelve púrpura, dibujan en la servilleta el recorrido más corto para llegar a la Iglesia de Bonfin.
Nuevamente en la ruta de viaje por la ciudad, se escucha el ritmo de Olodum, el grupo creado en 1979 por habitantes del Pelourinho como un “bloco” de Carnaval para permitir la participación en la fiesta de los sectores más marginados de la ciudad.
El camino lleva hacia el Elevador Lacerda, inaugurado en 1873, de uso público y uno de los puntos más emblemáticos de la ciudad. En sólo unos segundos comunica la parte alta de Pelourinho con la baja, donde se encuentra la Iglesia de Nossa Senhora do Bonfim.
El elevador es el principal punto de unión de una ciudad dividida en dos. Mientras que la alta es residencial; entre el mar y el morro, la ciudad baja es netamente comercial. Allí se ubican las principales empresas y bancos. “Antiguamente, cuando el mar no se quebraba en los muelles, cuando venía hasta los fondos del Café Pirangi, esta parte de la ciudad era típicamente portuguesa, con sus caserones, sus azulejos, sus incómodas escaleras, su olor a mercaderías importadas, tan característico de los almacenes y depósitos. Las calles más cercanas al morro y las laderas que parten en busca de la ciudad alta, iglesias como la de la Conceicáo da Praia, que vino desde Portugal lista para ser armada, todo eso recuerda a las ciudades portuguesas (…) estamos en un mundo portugués adoptado por el negro”, escribió Amado.
Bonfim vive en ebullición permanente. La construcción del templo duró 14 años y se inauguró en 1754, aunque las torres se concluyeron 16 años después. La fachada, que mira hacia el centro de la ciudad, está revestida de forma parcial con azulejos portugueses de color blanco y en su interior se destaca la pintura del techo de la nave, una obra prima de Franco Velazco
A medida que el viajero se acerca a la iglesia, se enfrenta a una masa creciente de vendedores ambulantes de “fitas (cintas) de Bonfim”. La tradición invita a atar las tiras de tela de diferentes colores en “la reja de los deseos” que bordea al edificio eclesiástico. Cada color tiene su significación, pero todos se combinan para provocar un contraste con la sobriedad de la estructura arquitectónica de estilo rococó en su exterior y neoclásico en su interior. La fiesta del Señor de Bonfim es la más importante luego del carnaval. El atardecer llega con el pedido de un deseo.

Lençóis, el ingreso a la Chapada

El viajero continúa su recorrido por el estado de Bahía. El destino es Lençóis, un pequeño poblado bahiano que funciona como puerta de entrada al Parque Nacional Chapada Diamantina. La Terminal Rodoviaria es el punto de partida de un viaje de 10 horas hacia un poblado que muestra con orgullo su aspecto de perdido en el tiempo.
El arribo presenta a Lurdihna, una lugareña que ofrece alojamiento. La mujer repite los relatos que alguna vez le narró su abuelo sobre Lençóis y la explotación de diamantes. El lugar fue construido por franceses en 1840 para explotar de las chapadas (mesetas) los diamantes. Luego de agotar el recurso, se retiraron dejando graves problemas ambientales. “A pesar de todo la gente salió adelante y se dedicó al turismo de cavernas, a las visitas a chapadas, además de la cría del cebú y cultivos de caña de azúcar, cacao y plátanos”, cuenta. La charla se extiende tanto como para restar horas de descanso, pero la historia en primera persona siempre vale la pena.
Chapada Diamantina, 152 mil hectáreas de una reserva natural que integra mesetas altas, montañas, cascadas, cavernas y los pozos de aguas transparentes. El viajero se conecta con la flora y la fauna autóctonas.
Uno de los atractivos son las grutas. El guía conduce hacia Lapa Doce, una caverna de 850 metros donde habitan murciélagos y se pueden apreciar las estalactitas y estalagmitas que forma el agua al desintegrar la roca calcárea por disolución química. Uno de los momentos más intensos del recorrido es cuando se apagan las linternas, y la oscuridad y el silencio dominan la escena.
Una vez afuera, el siguiente destino tiene nombre: Morro do Pai Inácio (Cerro del Padre Ignacio), uno de los accidentes geográficos más famosos, donde se obtiene una de las vistas más hermosas del Parque en la que el viajero decide detenerse para contemplar la puesta del sol.

Taipú de Fora, la más linda de Brasil

El desayuno de mangos, guayabas, bananas, torta casera y quesillo fresco con pan que prepara Lurdihna ayuda a recuperar las energías antes de iniciar el recorrido hacia el próximo destino: Las playas de Barra Grande y Taipú de Fora.
El conductor grita: “Camamúuuuu” y advierte que llegó el momento de descender y tomar una lancha hasta las playas de la península de Maraú. El arribo enfrenta al viajero con una veintena de propietarios de pequeñas embarcaciones que compiten de forma desesperada en busca del pasajero. Las negociaciones de precios se realizan en el momento.
Una vez en Barra Grande, a pié o en sheep el destino está marcado a 7 kilómetros: Taipú De Fora, elegida como la playa más linda de Brasil en 2012. Las arenas blancas, los cocoteros, los cangrejos azules, el agua cálida y los arrecifes de coral se combinan para configurar un paraíso tropical. Luego del buceo con snorkel, la jornada llega a su fin. La noche de Barra, como la de todo el estado de Bahía, late al ritmo del carnaval, considerado por muchos el más grande del mundo y que a diferencia del de Río de Janeiro se desarrolla en la calles y cuenta con la participación de todo el pueblo. La mañana deparará una excursión de despedida a Pedra Furada, una isla donde hay barro humectante antiage que causa fascinación entre europeos y asiáticos.
El viajero regresa a Camamú y comienza a escribir el final de su recorrido por algunas de las diversas maravillas que contiene el estado de Bahía. Se lleva de esa tierra brasilera la hospitalidad y la alegría de su pueblo, y el deseo de volver alguna vez al lugar donde fue bien tratado. ©




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