PERSONAJES | JUAN CARR | #173 ABR 2013
Para mí, el que sufre,
siempre tiene la verdad


Es veterinario y una de las personas públicas con mejor consideración social del país.
Desde hace años su nombre y apellido se asocian con las campañas solidarias.
En esta entrevista con Metro Juan Carr recorre su vida y militancia social,
y asegura que “hace falta una revolución” para consolidar la cultura solidaria.

Es una mañana soleada pero ventosa en el corazón de Recoleta. Por la tradicional Avenida Santa Fe circula una muchedumbre de flaneurs, esos eternos espectadores urbanos que andan y andan, miran y miran pero no se comprometen. Él, Juan, sí se compromete. Una señora que pide monedas se le acerca y él anota su nombre y le dice que lo espere que va a volver. Dos abuelas, una un poco más “achacada” que la otra, caminan juntas, despacio, delante de Juan. La que parece más saludable asiste a la otra, que se mueve con dificultad. Juan acelera, las pasa y se para frente a ellas en silencio y las observa. Les habla, se ríen, les ofrece ayuda. Más adelante, un accidente entre una moto y un auto. Un hombre está sentado en el piso, golpeado. Juan pregunta qué pasó, si alguien necesita algo. Se saca el saco, se arremanga la camisa, se vuelve a poner el saco. Siempre calmo, eso sí.
“Lo que hace falta es una revolución cultural. Hay que comprometerse, sólo así se puede llegar a eso que llamo cultura solidaria”, afirma él en diálogo con Metro. Él es Juan Carr, el creador de Red Solidaria, la organización no gubernamental -sin papeles ni personería- que desde 1995 realiza campañas de todo tipo con un único motor que es vincular a aquellos que necesitan ayuda con quienes puedan darles una mano. Ya pasaron 18 años desde que nació esta red, y Juan recorrió todo un camino para llegar a ser un referente nacional e internacional en materia de solidaridad y compromiso.

-¿Cómo es que llegó a ser, en sus propias palabras, un “militante que hace política desde la solidaridad”?
- Esta sensibilidad para con los más postergados es lo que amo, yo le dedicaría tiempo completo, salvo por mi familia. Mi pasión son los pobres. Yo tengo una estructura, diría que hay una estructura que es nuestro pueblo argentino con su cultura y generosidad. Cuarenta millones de personas esperando hacer algo. Lo que nos pasó a nosotros como acierto fue que no tenemos papeles, no tenemos personería, no tenemos números, no tenemos sede. Nos encantaría que la Red Solidaria fuese un hecho cultural y cada vez se parece más a un hecho cultural. Esa vocación se la debo a mi educación. Hoy hablaba con alguien y le decía: “Yo no iba a ser mal tipo, pero sería un clásico bueno de 51 años medio estándar”. Hay 12 muertos por día por el mal de chagas y quiero bajar ese número; 6 argentinos se quitan la vida diariamente y quiero bajar ese número; 11 mueren en accidentes de tránsito y quiero bajar ese número; cada 5 días hay un trasplante de médula ósea, quiero aumentar ese número. Esta sensibilidad para querer cambiar la realidad se la debo a mi educación.

- ¿Y cómo fue esa educación que lo formó de esta manera?
-Yo me venía formando para cambiar el mundo, sí. Pero con alegría. Buscándole sentido a la vida. No es que tenga mucho mérito. Fui a un primario privado de barrio con un director muy sarmientino. Sacaba 9 y 10 como correspondía. Voy a los scouts por los 9, 10 años, y el scoutismo tiene otro perfil. Ya tenés una formación. Fueron 9 años ahí y después en el secundario me agarran los curas pasionistas. Unos tipos muy espirituales por un lado y por otro lado sociales. Ellos se la pasaban con los wichis, desde los 12 o 13 años escuché de los pueblos originarios y a los 14, 15 ya empezaba a ver el mundo de la gente en la calle. En el año 80, a los 18 años, entré en la facultad de veterinaria para producir alimentos para los que no los podían comprar. Ya sabía que la vida tenía sentido. El hambre, los humildes, los postergados. En la facultad inventamos un grupete con el que íbamos al leprosario en invierno y en el verano con los wichis y los pilagár. Me casé a los 28 y a los 33, ya casado y con tres hijos, teníamos que inventar una forma nueva de qué hacer con la comunidad en el poco tiempo que uno tiene y éramos cinco, mi mujer y tres amigos más. Ahí empecé la Red Solidaria como imagen. Es por eso que todo esto es algo elaborado que le debo a mi formación.

-¿Esa formación para cambiar al mundo tuvo algún correlato negativo?
Yo tengo muy buena opinión de mí mismo, tengo un ego importante. Soy pedante, tan pedante que se da vuelta y parece humilde. Yo laburo la humildad porque la realidad me humilla todo el tiempo. Hoy a la mañana me enteré de una chica que desapareció y todavía no fue encontrada, y quizá aparece con tragedia. Soy un derrotado, con alegría, pero soy un derrotado. Cada tanto metemos un éxito y traeme la sidra para celebrar. Pero la realidad me humilla. Vos crecés y crecés, pero la humildad es bien vista en todos lados. Si en serio no dialogás con el otro, en algún lugar te afectaron el orgullo. Mi problema es que hay 2 mil millones de pobres en el mundo y mil millones de hambrientos, si no tuviéramos esos flagelos tal vez me peleo con todo el mundo. A mí me quedan 15 o 20 años de batalla. ¿Cómo vamos a estar nosotros dos peleándonos cuando hay un tipo que te mira y tiene hambre? Porque mi ego no es tan importante, lo importante es este pibe.

-Hoy, ¿en qué momento estamos?
- En el 72 tenía 13 años, no registré el momento oscuro de la Argentina hasta mis 17, 18. A los 13 años era un adolescente, de zona Norte, rubio, gordito. No cazás una. Me di cuenta de esa tragedia ya a los 18. La década del 70´ me pasó medio por al lado. Aparece la democracia, en ese momento con esa primavera, explota la participación política y empieza a bajar en los ’90. Ahí aparece un mundo de solidaridad, un mundo joven, donde la gente se empieza a involucrar, como se había involucrado en el 83’, a la política. Llega la crisis del 2001 y la solidaridad explota. Entonces nosotros armamos un esquema de emergencia para cubrir esos agujeros. Pero del mundo solidario te imaginabas que había un montón de líderes que después iban a parar a la política tradicional. Hoy en día si hago una campaña con una bebida famosa quedo más cool que si lo hago con un gremio, por ejemplo. O si hago una cosa con un partido político reconocido queda más raro que si lo hago con una marca de camisas.

-Entonces, ¿qué hace falta?
- Lo que pasó ahora está bueno, hay una participación solidaria, pero nosotros creímos que iba a seguir evolucionando hacia una vuelta a la participación política. Falta una generación más. Los políticos han hecho lo suyo para eso, también. Son mis amigos y mi generación. Nuestro discurso es que la solidaridad puede darle de comer a un comedor, a diez comedores, a cien comedores, pero para alimentar a 10 mil comedores o para que los comedores empiecen a desaparecer porque hay trabajo digno hace falta la política. Hoy hace falta más participación política que voluntarios en Red Solidaria. A los 51 años me parezco mucho a lo que quería ser cuando sea grande. Falta una revolución cultural. Yo con la violencia estoy curtido. Eso es inaceptable para mí, la cagada es que las revoluciones culturales llevan más tiempo.

-¿Qué vínculo tiene que darse entre la solidaridad y la política para que ocurra esa participación?
-Hay una vinculación en el día a día permanente. Fundamos varias cosas: La Red Solidaria, Missing Children, en la Universidad de Buenos Aires el departamento de lucha contra el hambre, varios lugares para las mujeres violentadas, después se desprendieron instituciones por todos lados. Cuando hacés una campaña por los útiles escolares de una escuela o por la comida de un comedor, queda muy bien y te dan premios, pero en realidad lo que estás haciendo es justicia. Y justicia es que tiene que haber comida y útiles escolares. La solidaridad bien entendida es un proceso pasajero para que llegue el momento de la justicia. Esa justicia va de la mano de la política, de las políticas. Cuando hay una tragedia, en Argentina, se juntan todos, admirable. Te llaman ministros, las multinacionales, los dueños, los no dueños, los trabajadores, los desocupados. Pero parece que todavía tiene que pasar algo.

-¿Nunca logró una campaña exitosa sin un impulso trágico?
-Hace 2 años, un año y medio, hicimos un recital en que llevabas dos botellas. A esas botellas las compraba una embotelladora, y con eso se compraba un metro cuadrado de bosque y cada 25 botellas se salvaba a un árbol de 100 años de ser talado. Habíamos encontrado una fórmula. Cerramos con Illya Kuryaki, Las Pelotas, Fito Páez, Pedro Aznar. En Figueroa Alcorta y Pampa. Después de esa movida con las botellas, explotó y empezó el reciclado en todas partes. Ahí había pasado algo raro. Habíamos logrado 25 mil personas, más los que juntaron botellas, casi 200 mil en términos de un mes. Fueron grandes números con una movida no fea, sin catástrofe y a la vez con un solo evento generamos la cultura del reciclado. Tanto es así que ahora explotó. Pero eventos de esta clase sin fatalidad que les dé impulso son muy difíciles de conseguir.

-Hace falta la unidad nacional pero en términos solidarios, tal vez.
-En la década del ‘70 cuando empezamos a hablar del hambre era medio peligroso hablar de eso, en los ‘90 eras exótico y ahora tiene un enorme prestigio. Ahí hay una particularidad, a todos los sectores de la Argentina les parece que el hambre es injusto. Lo que también pasó, celebrando encuentros, es que en la década del 90 había una solidaridad muy individual: dar sangre y donar tus órganos era bueno. Ya a mediados de los 90´ y sobre todo después del 2001 mucha gente en la escuela de sus hijos colabora, en la oficina muchos hacen un voluntariado. Yo creo que 30 mil muertos nos marcaron, mi generación y los más grandes. Hay sangre en Argentina. En el año 97, 98, 99 morían entre 20 y 24 menores de 5 años por causas ligadas a la desnutrición todos los días. Ahora mueren 3, 4 o 5 por día. Se desarrollan políticas inclusivas y baja, 500 mil personas salen del hambre y la indigencia en dos meses. Ahora hay un paso más comunitario. Yo soy optimista, algo más sólido ha pasado. Pero ese encuentro grande de lograr sentar a la mesa a 20 figuras clave que necesito juntas cuando, por ejemplo, estamos más cerca del hambre cero que nunca, todavía no es posible.

- ¿Estamos o no en el camino, tanto en Argentina como en América Latina, para que los diferentes sectores sociales y políticos se sienten en una misma mesa?
- Es un momento muy lindo en ese sentido. Falta un diálogo más relajado entre proletariado y capitalismo. Se habían enojado mucho algunos de mis amigos con la elección del nuevo Papa. El dolor siempre marca el norte de lo que hago, el que sufre sabe. Para mí, el que sufre siempre tiene la verdad. Ayer pasé por lugares en los que estuvo Bergoglio y me decían Juan, acá los pobres que lo conocen al cardenal Bergoglio antes de que sea Francisco, están de pie”, por lo tanto yo también estoy de pie. Creo mucho en la voz de los pueblos. Lo que pasa es que esta alianza capitalista-social todavía no se produjo. El capitalismo todavía no se humanizó, pero lo que viene es bueno. Voy a hablar del hambre hasta en los lugares más conservadores de la Argentina y me aplauden de pie. ©

JUAN, EL IMPULSOR

- La Red Solidaria en la Argentina
Fue fundada en 1995 por Juan Carr, su mujer y tres amigos. En 2008, Carr pasó la dirección a Manuel Lozano. Hoy la Red cuenta con cerca de 800 voluntarios a lo largo y ancho del país.

- La Red Solidaria en el mundo
Carr se propuso esta meta y asumió la direc-ción de este proyecto para replicar el modelo de la red. Ya tiene impulso en Monterrey, Vietnam, Barcelona, Boston, Asunción, Santiago de Chile y algunas ciudades de Uruguay y de Brasil.

- Primer centro universitario de lucha contra el hambre
Funciona hace cuatro años en la Facultad de Ciencias Veterinarias de la UBA.
Carr es uno de los fundadores.

- Colegios
El obispado de la Iglesia Católica en San Isidro es el empleador de Juan, que trabaja estudiando y generando la cultura solidaria en 7 escuelas de la zona Norte, como el Colegio Parroquial Santo Domingo Savio de La Cava y el Colegio Marín, en Becar.

- Mundo invisible
Se trata de una peculiar agencia de comunicación que hace casi dos años Carr fundó con tres amigos. “Estamos tratando de inventar la prensa de los pobres. Queremos pelear la tapa de los diarios de Hispanoamérica con temáticas solidarias. Descubrimos que en el mundo, los pobres, los postergados, no tienen prensa. Queremos darle visibilidad a los invisibles”.





Los logros de Juan Carr
y Red Solidaria en asistencia


- Apoyo a 490 pacientes con HIV. - 290 comedores comunitarios. - Asistencia a 25.000 pacientes oncológicos. - 192 escuelas rurales asistidas. - Ayuda a 49 personas pacientes de trasplantes que fueron exitosos. - Colaboración con 28 instituciones de discapacitados. - Atención a 3.000 niños desnutridos. - 600 chicos encontrados. - Ayuda a 220.000 personas afectadas por las inundaciones con ropa para seis meses y comida para 10 días. - Asistencia a 2000 refugiados kosovares durante 160 días con comida y alimentos. - Numerosas comunidades indígenas de la Argentina con educación y asistencia directa.
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