DIARIO DE VIAJE | VALIZAS, URUGUAY | #177 AGO 2013
En el medio de la nada

El viajero llega hasta las solitarias playas uruguayas. Un pueblo de pescadores que se volcó al turismo. La belleza rústica del lugar lo vuelve único.

El diario de viaje hacia Valizas propone tomar la Ruta Interbalnearia en dirección hacia el Este uruguayo hasta bifurcación con Ruta 9 hacia el Chuy (Brasil). Las indicaciones combinan rutas, intersecciones y kilómetros que conducen -entre curvas y rectas- hasta la entrada a Barra de Valizas. “Son 4 kilómetros por camino de balasto”, advierte el escrito que el viajero tiene en sus manos en busca de un lugar inigualable al que la inaccesibilidad le aporta enigmas en clave de magia.
“La pequeña lancha de madera, pintada de naranja y blanco, acaba de entrar al arroyo y deja atrás las rompientes marinas que, con la marea alta, invierten la corriente del Valizas salando el agua varios quilómetros arriba. Parado en la cubierta un pescador flaco y musculoso fuma apoyado en la casilla de la embarcación. Sostiene el timón con el pie descalzo y va eligiendo donde atracar. Uno de sus dos acompañantes, con el ancla en la mano, salta a la orilla y acerca la lancha que ya tiene apagado el motor. En silencio, cada cual cumple con su rutina; aunque están acostumbrados, la escasez de pesca pone seria la cara de los hombres”. En su libro El francés de Cabo Polonio, Juan Prieto dibuja el paisaje cotidiano de un pueblo de pescadores que fue descubierto por el turismo.
La fecha en que aparecen las primeras referencias de Barra de Valizas no es precisa. No obstante, hay indicios que desde la época de la conquista española, ya se tenía conocimiento de los manantiales de agua dulce que brotan desde las dunas, arroyo arriba a poca distancia de la costa. Los marinos buscaban refugio en la ensenada de Castillos cuando arreciaba el pampero y en esos manantiales se aprovisionaban de agua para sus largas travesías. Muchos de sus primeros pobladores fueron sobrevivientes de naufragios en la región que era conocida como el infierno de los navegantes.
La cercanía del arroyo de agua dulce al mar y la abundante pesca de corvina negra y tiburón a escasa distancia constituyeron argumentos suficientes para que se conformara la primera colonia de lugareños y que también se asentara allí la compañía pesquera Copur que contaba con una flota de barcos propia. El lugar era casi inaccesible y las crónicas de la época cuentan que el viaje desde Montevideo era una verdadera odisea.

Rústica y placentera

Un rápido recorrido por el pueblo le arranca al viajero una prematura reflexión: Los valiceros viven en un paraíso singular. El lugar combina dunas de arena, lagunas litorales, mar y un arroyo que adentra a un monte de ombúes que fue declarado patrimonio natural. El arroyo, también conocido como Canal de Valizas, nace en la Laguna de Castillos y desemboca en el Océano Atlántico, es por esa razón que el pueblo, en otra época, se llamó Barra de Castillos. El concepto de “Barra de Valizas” se populariza debido al banco de arena que separa al arrollo del océano.
Es imposible no hacerse de amigos en un lugar tan hospitalario y en el que todos se conocen. Beatriz Pereyra, conocida como La Bea se cruza con el viajero en la calle. En Valizas todos parecen sentir la responsabilidad del anfitrión. Luego de darle la bienvenida llama a su hermana Alejandra, que le busca hospedaje a los recién llegados. Recorren ranchos -la mayoría son casas que los pescadores alquilan- hasta que elige uno a cien metros de la playa, en pleno “centro” del pueblo, integrado por algunos locales de artesanías, una feria, dos supermercados y algunos lugares de comidas rápidas.
Luego de pagarle y despedir a su guía queda solo en la casa, prende velas -muchas casas no tienen electricidad- y siente un repentino silencio que se nutre de la penumbra para incrementar su intensidad. El lugar es pequeño; posee una diminuta cocina-comedor, un cuarto y un baño. Todas las paredes son de madera al igual que sus muebles y el techo de quincha (paja). El viajero descubre la cama y siente que el ambiente lo invita al reposo.

Las dunas y el mar

Luego del descanso, sale de la casa en busca de nuevos personajes, historias, sabores, sonidos y colores. Así llega al Cerro de la Buena Vista, una gigantesca duna de arena, declarada patrimonio natural por la UNESCO. Al escalarla puede apreciar una vista magnífica de la Barra de Valizas con sus ranchos de palafitos, construidos sobre pilotes cerca del mar. También observa el arroyo serpenteante que ahora está separado del mar -logra unirse en épocas de excesivas lluvias- y el monte de eucaliptos y de ombúes. El sol comienza a calentar la arena y es tiempo de bajar.
El chapuzón es la respuesta inmediata al calor. Luego de nadar casi en soledad decide caminar por la orilla del mar. Descubre a lo lejos toninas saltando en grupo, se topa con un sirí (cangrejo), muy presente en la gastronomía del lugar, y unas pocas tortugas marinas, que están en peligro de extinción. Son cuatro especies de tortugas: la verde, la cabezona, la tortuga siete quillas o laúd; y la menos frecuente tortuga olivácea. En el lugar funciona un centro de investigaciones que lleva adelante un censo de estos animales e intenta impedir su captura con redes.
La caminata le abre el apetito y por recomendación de los lugareños llega hasta Doña Bella, el primer restaurant de Valizas. Se trata de una casa muy rústica y alegre, que posee un patio delantero, rodeado de palmeras butiá – con el fruto se elaboran bebidas y mermeladas-, donde la gente se sienta en mesas a almorzar o cenar. El lugar está a cargo del matrimonio conformado por Irlanda y “Pochito” Pezzolo, que cuentan con la asistencia de Leticia, la hija de ambos, Luis y María. La elección es una ensalada de frutos de mar.
Leticia se sienta en la mesa con el viajero y le cuenta que el lugar donde se encuentra emplazado el restaurant pertenece desde hace 124 años a la familia Pezzolo. “En un comienzo mi tatarabuelo tenía un almacén de verano, que luego pasó a manos de mis abuelos Francisco y María Regina, a quien apodaban Bella”. La abuela de Leticia falleció en 1987 y ese verano se abrió el restaurant que lleva la denominación que la popularizó: Doña Bella. “Se armaban colas y colas de espera para poder comer, ya que no había otros lugares, y más aún de comida caseras”, cuenta Leticia. El viajero se va convencido de que siempre regresará a Doña Bella.

Entre caballos y noctilucas

Andar a caballo por la playa es uno de los placeres del viajero. Mauro Ríos, un lugareño, le propone además cabalgar por los montes, el arroyo y visitar Cabo Polonio, que tiene como símbolo su faro, que fue construido en 1881. El lugar le debe su nombre a un cabo rocoso contra el que impactó un navío español de nombre Polonio. El viajero decide que también pasará unos días allí, pero esa es otra historia. La jornada culminará cenando empanadas de sirí, de entrada, y corvina negra asada.
Luego llega el momento de una nueva caminata. Esta vez la noche deja en evidencia a las noctilucas, microorganismos fluorescentes que aparecen en las aguas cuando la oscuridad se cierra. Mientras avanza, piensa en los relatos que escucho sobre los antiguos pobladores valiceros, hombres de campo, pescadores, camaroneros rodeados de tal bella geografía, cuyo lugar comenzó creciendo con ranchos sin luz compuestos de junco y paja. Hoy esos hombres conviven con muchos jóvenes de rasgos bohemios que llegan a vender sus artesanías, con hábitos nómades y mucha vida nocturna.
La madrugada trae aires de despedida. Llegó el momento de partir en busca de nuevos destinos. Atrás quedan las velas de los pesqueros, la barra, el bosque de ombúes, las cenas en Doña Bella y toda esa belleza rústica que envuelve a Valizas para transformarlo en un lugar único. ©





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