PERSONAJES | EDUARDO SACHERI | #177 AGO 2013
"En la literatura futbolera
hay un acto de resistencia"


Eduardo Sacheri recibió a Metro en el marco de la presentación de Metegol, la segunda película que realiza con Juan José Campanella. El escritor, docente y guionista, recorrió su vida y su trayectoria. Nacido y criado en el Oeste del conurbano asegura: “La verdad es que, aunque sean ficticias, a mí me interesa contar historias del mundo que conozco”.

Apenas pasan algunos minutos de las 10 de la mañana en el bar Noi, ubicado frente a la estación de trenes de Castelar. El sol del invierno se esfuerza por entibiar la mañana y algunos rayos se cuelan por las ventanas del lugar para iluminar las mesas. La puerta corrediza se abre y Eduardo Sacheri hace un gesto con la mano derecha para certificar que somos nosotros quienes lo estamos esperando. “Disculpen pero estoy a las corridas con la película. Seguramente los próximos meses van a ser así”, avisa a modo de escusa. La referencia es a Metegol, la última producción de Juan José Campanella, que nuevamente tiene al autor de La pregunta de sus ojos como guionista. Sin embargo, este profesor de historia y escritor, nacido y criado en el Oeste del conurbano, autor de tres novelas y cinco libros de cuentos, fanático de Independiente y del fútbol, le regala algunas horas a Metro para una entrevista en la que recorre su vida y su trayectoria. Asegura que fue Julio Cortázar el narrador que más lo marcó “por sus cuentos” y que comenzó a escribir por la necesidad de ordenar su mundo. “La vida es un caos y una tragedia, y el arte es un intento efímero de poner orden en ese caos”, reflexiona.

¿A qué lo enfrentó Metegol como escritor que no le había sucedido antes con otros trabajos?
Creo que el gran desafío fue escribir también para chicos. Es decir, la idea no era hacer un proyecto sólo para chicos sino que fuera una película que los incluyera. Eso es algo que por lo general ni mi literatura, ni lo que había sido el trabajo con El Secreto de sus ojos tenía ese objetivo. La idea es que vayan los chicos y se diviertan, y que vayan los grandes y también se diviertan.

Imagino que cuando se construye una obra para dos generaciones distintas el esfuerzo debe estar puesto en satisfacer los diferentes niveles de percepción y significación ¿Es así?
Hay un poco de eso. Son distintos los niveles de registro y de lectura. La percepción de los chistes también difiere. Hay que evitar ciertas complejidades, pero no todas. En ese sentido las películas de Pixar y de DeamWorks son un buen ejemplo. Yo soy fanático de Toy Story 1 y Campanella de Toy Story 2, y cuando las analizamos, lo hacemos como películas, no como films de animación para chicos. Tienen argumento, desarrollo de los personajes, conflictos; entonces, cuando opinamos sobre ellas, lo hacemos como si se tratara del El ciudadano de Orson Welles.

Metegol tiene como disparador el cuento Memorias de un wing derecho, de Roberto Fontanarrosa. Usted dijo en varias entrevistas que el cuento de El Negro contenía una idea maravillosa, pero no tenía una trama demasiado desarrollada ¿Eso lo perjudicó o lo benefició a la hora de escribir el guión?
Lo que pasa es que el cuento de El Negro, cuando lo empezás a leer efectivamente parecen las memorias de un wing derecho. Me acuerdo que, cuando lo leí la primera vez, me pareció el relato de un jugador de los años 60’, o de los 70’ como mucho; esquemático, que pedía que no le cambien el orden de las cosas y que defendía que el wing tenía que jugar pegado a la raya… un viejo jugador, retirado, de voz cascada y de pucho en la mano. Hasta que llegué al párrafo donde el tipo dice que tiene 6 mil y pico de goles, pero que también se cansó de servir al centrodelantero que tiene como 12 mil… y ahí caí que es un jugador de metegol. Es una estupenda idea, pero es sólo eso. El Negro suelta la noción que los jugadores de metegol pueden estar vivos ¿Mirá si están vivos? ¿Y si analizan el mundo desde ahí adentro? Creo que esa noción nutre el guión.  

La película plantea el vínculo entre dos mundos y también la sociedad entre los jugadores de metegol y la mano de los jugadores humanos.
Cuenta la historia de Amadeo, un chico que juega muy bien al metegol, que es casi lo único que hace bien, y la pequeña sociedad también entre los tres delanteros de los rayados, el Capi, el Beto y el Loco. Cuando Campanella me convoca, me pide el aporte futbolero porque ni a Juan ni (al coguionista) Axel Kuschevatzky les gusta el fútbol en lo más mínimo. Necesitaban la mirada de alguien que tuviera empatía con un jugador de metegol, un jugador que sólo es eso. Es decir, uno mal que mal es una persona que juega al fútbol, estos tipos no, son sólo jugadores de fútbol, pero sólo de entrada. No perciben nada que no sea en esos códigos binarios de gol, no gol; amigo, enemigo. El tema es cuando tienen que salir de esa cancha que es su vida. Hay una frase de uno de los jugadores que dice: “Yo adentro del metegol me conozco cada centímetro, acá dame un tiempito”, ese es un poco el resumen de a qué se van a enfrentar estos tipos, no tanto desde lo perceptivo sino desde lo emocional.

Fontanarrosa y también Osvaldo Soriano, por nombrar algunos de los referentes de la literatura futbolera, usaron el deporte para hablar de la vida ¿Usted busca también eso con sus textos?
Que lo busco seguro, que lo logro no sé. El fútbol se cuenta solo en tanto fútbol. Armar ficción sobre fútbol, si solo vas a contar el fútbol, dejá el fútbol librado a ser. A mí me interesa el fútbol como escenario para hablar de otras cosas. Es un mundo de referencias que todos tenemos incorporado en muchos países. Vemos, escuchamos y utilizamos categorías futbolísticas para hablar de otras cosas. Entonces, cuando vos jugas, dejás aflorar un montón de cosas que no tienen que ver directamente con el juego, me parece que literariamente funciona del mismo modo.

Antes la literatura futbolera era denostada por popular ¿Hoy cree cambió aquella consideración?
A lo mejor hay una mayor benevolencia. Por lo menos en ciertos ámbitos. En el ámbito académico se mantiene la misma malevolencia que había en el pasado, pero cambió en el ámbito público, en el ámbito escolar y en el ámbito de los lectores ordinarios. Yo creo que el fútbol se inscribe en la literatura de lo cotidiano y ese gran campo es el que está legitimado. Se abandonó cierta solemnidad temática que habilitó al mundo de lo cotidiano y dentro de éste también al fútbol. No es casual que hablemos de Fontanarrosa y de Soriano, que no escribieron sólo de fútbol, pero se tomaron la libertad de meterse en ese mundo y lo legitimaron para todos los que venimos después.

Hay una tendencia a idealizar el fútbol en la literatura que lo aleja de una realidad que es más cruda, especuladora, comercial y violenta ¿La ficción sirve de escape?
Yo creo que en la literatura futbolera hay un acto de resistencia y hay una declaración de principios probablemente involuntaria ¿Dónde va la ficción futbolera? A ese fútbol chúcaro y cimarrón donde jugamos todos o donde cabemos todos y cuando cae en el fútbol profesional cae donde puede, cae del alambre para afuera. Es rara la ficción futbolera que se dedica a las grandes estrellas.

Sus cuentos tienen un fuerte anclaje en el barrio. Los personajes con los que nutre sus tramas, en su mayoría son tipos normales con problemáticas cotidianas.
Yo me crié en este barrio, a cinco cuadras de la estación de trenes de Castelar, después me fui a Ituzaingó y luego volví a aquí.
La verdad es que a mí me interesa contar historias del mundo que conozco, aunque sean ficticias, transcurren en un lugar en el que vivo yo. Sería un artificio que yo buscara situar mis historias en otro lado. A mí me interesa que mis personajes sean verosímiles y el mundo que yo conozco es este. Puedo contar este mundo, no puedo contar otro.  

Escribió tres novelas. Dos fueron llevadas al cine y la tercera al teatro ¿Esos antecedentes lo condicionan a la hora de generar una nueva producción literaria? ¿Empezó a pensar historias con posibilidades de adaptación?
No conscientemente. Prefiero manejarme intuitivamente como lo vengo haciendo hasta ahora ¿Qué historia tengo ganas de leer? Entonces la escribo. Esa es la dinámica de mi trabajo: escribir cosas que me gustaría leer. Escribirlas es un modo complejo de leerlas, es como una lectura más protagónica.  

¿Cómo fue encarar la adaptación de La pregunta de sus ojos a guión de cine?
Fue complejo. Por empezar hay un laburo de síntesis muy grande. Cuando un director, como fue el caso de Campanella, está interesado en tu novela; el tipo vio algunas cosas y quiere ver esas cosas en la película que a lo mejor no es lo que vos escribiste. Por supuesto que hay una relación, pero también hay una cuestión de jerarquías y cada lector construye por su lado. Más cuando se trata de un lector que va a construir una cosa poderosísima como es una película. Es un laburo muy difícil de adaptación, de renuncias y de resistencia.

¿Al tratarse de una idea que nació de usted, Qué le pasó cuando vio la película (El secreto…) por primera vez entera?
Es rarísimo. Quedaría bien que te dijera que es maravilloso, pero no, es sobre todo raro. Porque los personajes que vos pensaste ya no son esos. Me parece que hay un duelo necesario y hay un cierre. Hay un momento que tenés que decir “esto no es mi libro”. Sin dudas que no se va a parecer mi Benjamín al Benjamín Espósito que hace (Ricardo) Darín, pero porque yo no lo pensé para que fuera Darín.

¿En el caso de Metegol vio la imagen de los personajes antes?
Con Metegol la ventaja es que algunos personajes los teníamos dibujados. Cuando nos juntábamos a charlar sobre el guión estaban los jefes de la parte plástica y de animación, que nos escuchaban y dibujaban. Eso estaba muy bueno porque había una cuestión de retroalimentación. Pero en general, por mi manera de laburar, las fisonomías no son demasiado detalladas. Si vos me preguntas a mí ¿Qué cara tiene uno de los protagonistas de Fernando que es uno de los protagonistas de Papeles en el viento?, no lo sé. La verdad que no me interesa eso.

Por último, ¿Sigue escribiendo en los bares de la zona?
Antes iba a los bares de Ituzaingó con un cuadernito. Ahora que está esto de que soy más conocido, parece que estás en pose así que me armé un lugar en casa. Yo empecé a escribir por la necesidad de ordenar un poco mi mundo. Creo que la necesidad de ordenar el caos de emociones y de sentimientos. La vida es un caso y una tragedia, y el arte es un intento efímero de poner orden en ese caos. ©






TXT & FOTOS: Grupo Editorial Metro

EL SECRETO DE SUS TEXTOS

Eduardo Sacheri nació en Castelar en 1967. Es profesor de historia y en la actualidad sigue ejerciendo la docencia en nivel medio. En el año 2000 publicó “Esperándolo a Tito y otros cuentos de fútbol”, su primer libro de cuentos. Luego llegaron “Te conozco, Mendizábal y otros cuentos” (2001), “Lo raro empezó después, Cuentos de fútbol y otros relatos” (2004), “Un viejo que se pone de pie y otros cuentos” (2007) y “Los dueños del mundo” (2012). También es autor de tres novelas: “La pregunta de sus ojos” (2005) que en 2009 fue llevada al cine por Juan José Campanella y obtuvo un Oscar a la mejor película extranjera; “Aráoz y la verdad” (2008) y “Papeles en el viento” (2011).
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