POSTALES | JARDÍN ZOOLÓGICO DR. EDUARDO HOLMBERG | #171 FEB 2013
El Zoo de Buenos Aires

Patrimonio histórico en medio de la polémica.

Winner falleció en nochebuena. Era el último oso polar del zoológico de Buenos Aires. Una mezcla de depresión, pirotécnica y los casi 50 grados de sensación térmica hicieron mella en este animal de solo 16 años, cuyo hábitat natural son las heladas extensiones del Ártico.
La muerte de Winner, además de producir una sensación de congoja entre los asiduos visitantes del zoo, avivó el cruce de acusaciones y justificaciones entre el Gobierno de la Ciudad y la oposición con respecto a este parque. Se volvió a instalar en la agenda, al menos por unos días, la polémica sobre la existencia de un jardín zoológico con el modelo del siglo XIX. Una polémica en la que se puso sobre la mesa los reclamos de las agrupaciones defensoras de la vida animal, los intereses económicos y políticos de turno, y la preocupación por la riqueza patrimonial y arquitectónica de un parque público que tiene más de cien años.
Cuando Juan Dominguez de Palermo se casó con Isabel Gomez de Puerta y Saravia, llegaron a ser dueños de una enorme extensión de tierra que llegaba hasta el arroyo Maldonado. Eran tierras bajas y pantanosas que fueron conocidas como el Pantano de Palermo.
En 1835, Rosas compró unas 600 hectáreas en este lugar y encaró una tarea de relleno de baldíos, nivelando el terreno, haciendo canales para riego y mejorando los caminos que comunicaban su propiedad con las barrancas. En el predio del caserón que había construido en lo que hoy son las Avenidas Sarmiento y Libertador, el Restaurador instaló jaulas y corrales en los que exhibía animales que le regalaban los gobernadores del interior. Este mini zoológico privado, un lujo caro que Rosas mantenía con una cuadrilla de obreros creada únicamente para tal fin, desapareció después de la batalla de Caseros. Las tierras fueron expropiadas y el caserón se utilizó para diversos fines hasta que finalmente se demolió.
Fue Domingo Faustino Sarmiento, influido por las ideas urbanistas de Europa y los Estados Unidos, el que impulsó en 1874 la creación del que sería el primer parque público del país: el Parque Tres de Febrero, cuyo diseño incluía un jardín zoológico. Para 1888, el zoo contaba con 650 animales de 50 especies. En ese momento, se crea una comisión, presidida por el Dr. Eduardo Holmberg, quien decide reubicarlo en su actual predio, diseñando las avenidas, lagos y algunos de los futuros edificios. Lamentablemente, Sarmiento, gran motor del zoológico de Buenos Aires, moriría antes de verlo terminado.
Holmberg era médico, aunque nunca ejerció, y se dedicó toda su vida a la docencia y la divulgación científica. A él se debe el plan maestro del zoológico que hoy conocemos, en el cual la arquitectura de cada pabellón hace referencia al país de origen de las “fieras” que debía alojar. La mayoría de estas, fueron compradas a la Casa Hagenbeck de Alemania, quién proveyó al zoo de elefantes, hipopótamos, leones, tigres, monos, camellos, aves y reptiles.
Entre 1897 y 1901 se construyen la Casa de los Osos, la de los Reptiles, la Casa Suiza para los ciervos, el Pabellón Morisco para los loros, (donado por el Gobierno de España), la Casa de las Fieras, el Templo Hindú de los Cebúes, el Templo Egipcio, Pabellón de los Dromedarios, la Casa de las Cebras y se comenzó con la construcción del Templo Hindú de los Elefantes. También es Holmberg el que hace traer de Europa la reja perimetral que hoy marca el límite del parque.
Fue director del zoológico desde su fundación hasta 1903 (cuando es separado del cargo por sus diferencias políticas con Roca), y le sucede en su cargo el Dr. Clemente Onelli, naturalista, geólogo y paleontólogo. Durante su gestión, sigue con los planes de construcción de pabellones e infraestructura de Holmberg, pero cambia la estética construyendo edificios de estilo grecoromano: el Templo de Vesta (pensado como el espacio donde las mujeres podían amamantar a sus hijos, y que después alojó a la Biblioteca del Zoológico que lleva su nombre), la Glorieta de la Música, la Casa Bagley, frente al Lago Darwin, la Confitería del Águila, la plaza de juegos y las Ruinas bizantinas.
Onelli fallece en 1924, y la dirección del Zoológico pasa a manos de un sobrino de Holmberg, Adolfo “Dago” Holmberg, quien encara una tarea de supresión de jaulas tradicionales, reemplazando las rejas por fosos y zanjas de seguridad, para darle mayor libertad de movimiento a los animales.
Dago es, en este sentido, un continuador de las ideas de su tío, quien había definido que un jardín zoológico no es solo el lugar en el cual se exhiben animales, sino un espacio de esparcimiento donde la prioridad debe ser el bienestar del animal. 115 años después de su creación, cabe preguntarse si esas premisas pueden cumplirse en un modelo de zoológico creado en el siglo XIX .
El que muchos consideran el último director “de carrera” dejó su función en 1944 y a partir de entonces asumieron sucesivamente el cargo directores que respondían a los diferentes intendentes de turno. El zoológico comenzó a transitar un lento camino de deterioro que llegó a los años 90 en su peor estado. Entró, entonces, dentro de las tantas privatizaciones del gobierno de Menem. Pasó a manos privadas en 1991, primero a los Sofovich, y después a Daniel Grinbank y el grupo mexicano CIE, implusándose un cambio sustancial de concepto más similar al “zoo shopping” que despertó opiniones encontradas en los vecinos.
Casi las mismas voces que hoy se escuchan. Los más apocalípticos exigen la abolición de todos los zoos que mantienen animales en cautiverio. Otros se ven preocupados por el mantenimiento del patrimonio faunístico y arquitectónico del Monumento Histórico. En medio de las controversias, la concesión del zoo fue renovada por otros cinco años a la misma empresa que lo gerenciaba.
Su actual director, que asumió en 2011, cuenta con un enorme reconocimiento por parte de sus colegas. Claudio Bertonatti, conservacionista, museólogo, ex director de la reserva ecológica de la Costanera Sur y miembro de la Fundación Vida Silvestre, tiene una postura muy clara: no es un objetivo propio de un zoológico restaurar patrimonio arquitectónico. Sostiene que la restauración patrimonial tiene que conjugarse en un zoológico, no en un parque temático de edificios antiguos. Adhiere a la concepción de que todo zoológico tiene cuatro objetivos según la estrategia mundial para la conservación: la recreación, la educación ambiental, la conservación de especies y la investigación científica. En declaraciones realizadas al Diario Nación unos días después de la muerte de Winner dijo que “Yo heredé un zoo con una colección de animales que jamás saldría a buscar por mí mismo”, haciendo referencia a las especies cuyo hábitat y alimentación natural son muy difíciles de lograr. “Entre el zoo que tenemos, con casi 125 años, y el zoo que queremos para el futuro hay una transición ineludible que no se recorre en pocos días ni mágicamente”. Bertanotti presentó un plan que apunta a reformular la colección actual de animales, con la fauna argentina por sobre la del resto del mundo. Está trabajando en programas de recuperación de fauna autóctona y ya se liberaron más de cien especies de aves. Este plan incluye un trabajo conjunto con distintas organizaciones para reubicar animales que no puedan continuar en el zoológico.
El camino a recorrer será arduo, y seguramente estará sujeto a variables de viabilidad, factores económicos y decisiones políticas, pero una buena gestión quizás pueda hacer que el viejo zoológico planeado por Sarmiento se convierta en un buen zoo moderno que cumpla con los standares de bienestar animal por sobre todas las demás funciones. ©
















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