ARQUITECTURA INTERNACIONAL | OSCAR NIEMEYER | #171 FEB 2013
La muerte del gran arquitecto

Se refería a si mismo como un pesimista que no veía futuro para el ser humano. Sin embargo, dedicó su vida a proyectar obras que hicieran mejor la vida de los hombres. Arquitecto, poeta y revolucionario, Oscar Niemeyer falleció a los 104 años, dejando un legado impresionante cuyo valor excede lo meramente arquitectónico.

Nació como Oscar Ribeiro de Almeida Niemeyer Soares Filho, en Río de Janeiro en 1907, en el seno de una familia de clase media. El mundo lo conocería simplemente como Oscar Niemeyer, el nombre con el que firmó las obras que tiene diseminadas por América, Europa y Asia. El hombre que llevó a la curva a su expresión suprema y exploró hasta el límite las posibilidades del hormigón armado. El que planificó edificios públicos, obras particulares y ciudades enteras.
Niemeyer se recibió de arquitecto en 1934 y comenzó a trabajar en diversos estudios y obras menores, hasta que a principios de los `40 proyectó junto a Le Corbusier (su gran maestro) el Ministerio de Educación de Río de Janeiro.
Sin embargo, la obra con el que se ganaría un nombre sería la Iglesia de San Fransciso de Asis, en Pampulha, encargada por Kubistcheck, en ese entonces intendente de Belo Horizonte. En ella Niemeyer rompe definitivamente con lo que llamaba “las ataduras del ángulo recto”, y penetra en el mundo de las curvas que serían su marca registrada.
Unos años más tarde, el ya presidente Kubistcheck sería el mentor de la que quizás sea su más significativa obra, la ciudad de Brasilia, una urbe completamente planificada desde cero que diseñó con el urbanista Lucio Costa, siguiendo la concepción de la ciudad radiante, de Le Corbusier. Con la idea de que las ciudades que crecían sin planificación solo llevaban al hacinamiento y el caos para sus pobladores, consideraban que una urbe planificada generaría una sociedad ideal e igualitaria.
Diseñaron una ciudad cuyas manzanas tenían once edificios de no más de seis pisos elevados sobre pilotes para que se pueda circular a pie por debajo de ellos. Cada manzana alberga unas 3000 personas y cuatro de ellas conforman una unidad vecinal donde se puede llegar a pie a un parque, un jardín de infantes, una iglesia, un cine, un centro comercial y un campo deportivo. Los edificios serían bastante similares entre sí para reducir las diferencias sociales.
Construida entre 1956 y 1960, la nueva capital de los brasileños fue una urbanización futurista, que para ese entonces, parecía una escenografía de ciencia ficción, con edificios curvos y escalas desmedidas, pero que parecía completamente funcional.
Si en los años sesenta Brasilia fue conocida como la capital más moderna del mundo, Niemeyer se ganó un lugar como el arquitecto más revolucionario, en sus obras y en su ideas. “Nunca me callaré la boca. Nunca esconderé mis convicciones comunistas. Y quien me contacta como arquitecto conoce mis concepciones ideológicas”. Abrazó el comunismo con tanta pasión que le valió el exilio primero, y el reconocimiento de Fidel después, cuando afirmó que Niemeyer y él eran los dos últimos comunistas del mundo.
En 1966, la dictadura lo obliga a exiliarse en París, donde abre un estudio en Champs Elisees y desde donde proyecta edificios para diferentes lugares, como la sede del Partido Comunista Francés, en París, la Universidad de Constantina en Argelia, la sede de la Editora Mondadori en Italia, el Pestana Casino Park en la ciudad portuguesa de Funchal, o la Mezquita Estatal de Penang en George Town, la capital del estado de Penang (Malasia).
Con el retorno de la democracia, Niemeyer vuelve a Brasil. Con setenta años sobre sus espaldas, comienza lo que él mismo llamó “la última etapa de su vida”. Una etapa de tres décadas que serían las más productivas de su vida. Edificios públicos, teatros, auditorios, sambódromos, centros culturales, bibliotecas, parques y esculturas diseminaron sus famosas curvas por su país y todo el continente.
La lista es larguísima, pero allí están por ejemplo el Museo de Arte Contemporáneo de Niteroi en Río, su famosa escultura del monstruo atacando a un habitante en La Habana, el memorial de América Latina en San Pablo, o el proyecto nunca realizado del Puerto de la Música de Rosario.
Hace unos años, a un Niemeyer ya mayor le preguntaron que cosas lo hacían feliz. El hombre trató de explicarlo con la lucidez y la claridad que lo caracterizarían hasta el fin de sus días: “Lo importante no es la arquitectura, por la cual he permanecido sesenta años sobre mi mesa de dibujo. Para mí, las cosas importantes son la vida, los amigos y este mundo injusto que debemos mejorar. Para la vida, como lo he dicho siempre, tristemente soy un pesimista, y veo a los seres humanos frágiles, abandonados y sin esperanza alguna. De cualquier modo la vida tiene que ser vivida, y al estar todos en el mismo barco, tenemos que vivirla mano a mano, juntos”, y agregó “Cuando la esperanza abandona el corazón de los hombres, llega seguramente la revolución”.
El paso del tiempo no disminuyó los ideales del gran arquitecto, aunque confesó que la utopía plasmada en Brasilia no había sido posible. Los más críticos aluden que los barrios pobres quedaron relegados a los alrededores de la capital, que la ciudad esta pensada para circular con vehículos, que solo se puede acceder caminando a los lugares de su barrio, y que practicamente no hay centros masivos de reunión social ni esparcimiento público.
“La arquitectura complementa al urbanismo pero no tiene ninguna influencia en la vida social”, reconoció. “Cuando realicé el Palacio del Planalto coloqué una tribuna delante de la Plaza de los Tres Poderes para que el pueblo escuchase desde allí: que no haya ocurrido no es culpa del arquitecto.”
Niemeyer falleció el 5 de diciembre de 2012, diez días antes de cumplir sus 104 años. Había estado internado 33 días, y hacía un tiempo que se sometía a hemodiálisis. La muerte lo sorprendió en medio de un proyecto para uno de los estadios del mundial de Brasil 2014, al que este pesimista que amaba la vida pensaba asistir. ©
















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