POSTALES | HIPÓDROMO DE PALERMO | #176 JUL 2013
Coliseo del Turf

El Hipódromo Argentino de Palermo fue inaugurado el 7 de mayo de 1876.
En 1884 se corrió por primera vez el Gran Premio Nacional, el derby argentino, con 2.500 metros de distancia. Escenario símbolo del deporte, en la actualidad recibe más de 600 mil visitas mensuales que incluyen turistas de las metrópolis más importantes del mundo.

La voz morocha con vestigios de los suburbios del Abasto frasea y se retrasa, para luego volver a recuperar la cuadratura del compás. En algunas notas se adelanta a la división de la melodía, pero luego se desmorona y recupera el tempo. Las palabras parecen pasarse unas a las otras traccionadas por la voz morocha, como caballos que se superan por un hocico, conducidos por sus jinetes en frenéticas carreras que tienen como principal objetivo la gloria eterna contenida por la pasión de miles de burreros, esos fieles apostadores que aguardan en las gradas del anfiteatro de los pingos.
“Palermo, cuna de reos por tu culpa ando sin cobre, sin honor ni dignidad; soy manguero y caradura, paso siempre mishiadura por tu raza caballar. Me arrastra más la perrera, más me tira una carrera que una bonita mujer, como una boca pintada me engrupe la colorada cual si fuera su mishé”, entona Carlos Gardel, con el tono del dolor de quien padece un sufrimiento que soporta con placer, en el tango Palermo.
Es que en esa letra de Juan Villalba y Hermido Braga, “El Zorzal” sufría y gozaba con única precisión los sentimientos que estallan y se reviven en fingidas quejas carrera a carrera en el coliseo del turf, que, para los amantes de este deporte, es el reconocido y tradicional Hipódromo Argentino de Palermo.
“A los caballos les falta solamente hablar, se estresan y pueden necesitar ir al campo a descansar, o ser locos y no querer correr un día. Por eso la mística del turf”, afirma Natalia Maidana Berón, del Departamento de Prensa del Hipódromo Argentino de Palermo, para explicarnos lo particular del atractivo y la pasión que los “burros” generan en el público argentino.
Desde fines del siglo XIX, las carreras de caballos constituyen una afición arraigada en nuestra sociedad. Se cristalizaron como parte activa de la identidad porteña, al igual que ocurre en algunos de los países más importantes del mundo, como Inglaterra, Estados Unidos y Francia, amantes del deporte de los reyes.
Los tiempos cambian, los hombres y los nombres van y vienen. Pero el turf continúa marcando un estilo de vida en el que tradición, deporte y entretenimiento confluyen en un mismo lugar. En Argentina, ese punto de encuentro es el Hipódromo Argentino de Palermo.

Del campo a la ciudad

Últimos preparativos. Suena la campana y desde el altavoz se anuncia la largada. El sonido del zapateo de los caballos se entremezcla primero con un tenso silencio, que se convierte luego en un dubitativo murmullo que finalmente muta y explota con un ensordecedor griterío que nace del alma de las tribunas cuando los pingos alcanzan la recta. Profundo y breve, así es ese instante, ese clímax. Son dos o tres minutos de carrera que llevan a que una muchedumbre patalee, insulte y rompa boletos con indignación, mientras que unos pocos muy felices hagan cola para retirar su dinero de las ventanillas de pago. Palermo tiene la memoria repleta de estos relatos.
El Hipódromo Argentino de Palermo fue testigo y provocador fundamental de esta pasión que enciende corazones. La tradicional arena porteña turfística fue inaugurada nada más y nada menos que hace 137 años, el 7 de mayo de 1876. Es el espacio de espectáculos masivos “vividos” más añejo del país. Sólo Longchamps, en París, que precede a Palermo por cuatro años, y Ascot y Epsom, en Inglaterra, nacidos en el siglo XVIII, son más antiguos. Pero no solamente su larga vida lo ubica a la altura de la jerarquía de los hipódromos de mayor reputación del mundo, sino también la ventaja de estar ubicado más cerca que éstos de la ciudad cabecera de la región, es decir, la Ciudad de Buenos Aires.
Ese 7 de mayo de 1876, los tranvías y los trenes se llenaron de hombres de galera y mujeres de blanco. No dieron abasto, y no por congestionamiento de tránsito o por problemas en el sistema de transporte público. Es que a pesar de los 50 vagones que el ferrocarril puso a disposición y las 10 mil personas que se hicieron presentes, muchísimos se quedaron sin ver las 7 carreras de inauguración del llamado Hipódromo Argentino –se le sumó el nombre del barrio recién en 1953-, ubicado sobre la entonces avenida Vértiz, actualmente Libertador.
Sin embargo, los antecedentes históricos nos llevan aún más atrás. En la segunda década de 1800 habían llegado las carreras cuadreras desde zonas rurales para disputarse en la “Quinta de Reid”, cerca de Barracas, y luego en la “Quinta de White”. Los gauchos y los señoritos ingleses habían llevado su culto a los equinos hacia la ciudad.
El afianzamiento de un clima de época con aires europeizantes y una creciente cantidad de público, llevó a que en 1857 se construyera el Hipódromo de Belgrano, que cerró definitivamente en 1875.
Iniciado ese año, en un área del parque Tres de Febrero, en los alfalfares del vasto terreno que perteneció a Juan Manuel de Rosas, se habían iniciado los trabajos de lo que sería un nuevo hipódromo.
El proyecto dirigido por Néstor Paris incluía una tribuna para 1600 personas, palcos para familias, además de un servicio de restaurante atendido por el Hotel de La Paix y amplios jardines para el esparcimiento de los visitantes. Fue finalizado en poco más de 12 meses, en marzo de 1876. Una lluvia feroz frustró los planes de los organizadores, que pensaban inaugurar el predio el 23 de abril. Fue entonces el 7 de mayo el día esperado, cuando el hocico del caballo Resbaloso cruzó la línea de llegada en primer lugar.

Con el brillo de los iluminados del 80´

Los miembros de la generación del 80´ no sólo fueron formados hombres de la cultura que contribuyeron a la construcción del país, sino que también fueron grandes aficionados a las carreras de caballos. Muchos exponentes de la historia nacional fueron burreros incurables. Así lo demuestran visitas como las de los presidentes Julio Roca, Carlos Pellegrini o Hipólito Yrigoyen, y artistas como Carlos Gardel.
Pero el primer gran paso lo dio, justamente, un hombre de aquella generación iluminada. Fue durante el gobierno de Pellegrini –el mandatario de gestión más vinculada al hipódromo-, en 1882, que fue cedido el predio en usufructo al Jockey Club, casi de forma simultánea con la fundación de la entidad. La administración del Jockey terminó definitivamente recién en 1974, luego de un par de intervenciones estatales previas.
En 1884 se corrió por primera vez el Gran Premio Nacional, el derby argentino, con 2.500 metros de distancia. Ante la presencia del presidente Roca, esa primera edición fue ganada por Souvenir, montado por un jockey uruguayo de sólo 11 años.
Ya en el siglo XX, en 1908, la tribuna oficial original, de estructura de madera y metal de estilo victoriano, fue reemplazada por la Tribuna Oficial, una construcción de estilo neoclásico, a cargo del arquitecto francés Louis Faure Dujarric, con capacidad para 2.000 personas, que permanece hasta el día de hoy. Tres años más tarde, en 1911, se construyó la confitería París.
Es en esa segunda década que llegó la belle époque porteña, y el hipódromo no pudo quedarse al margen. Funcionó como anticipo de ese momento en el que comenzaron a consolidarse nuevas formas de diversión que ocurrían bajo el techo del teatro, el salón, pero también se disfrutaban al aire libre.
Pero llegó la década del 90´ y la pizza y el champagne. La crisis económica, el modelo neoliberal y las privatizaciones generaron eco en todo el país, y las vibraciones alcanzaron Palermo. Durante el gobierno de Carlos Saúl Menem, se ordenó al Ministerio de Salud y Acción Social llamar a licitación para la privatización del Hipódromo Argentino de Palermo. El 5 de agosto de 1992 fue adjudicado por un período de 25 años, hasta el 2017, a una entidad privada llamada H.A.P.S.A. (Hipódromo Argentino de Palermo Sociedad Anónima).

El hipódromo y su presente

“Ver esto hace 10 años y ver esto hoy, para nosotros que cumplimos 20 años con la concesionaria HAPSA, es un enorme orgullo. Estuvimos muy cerca de ponerle un gran candado al último eslabón de una industria que es una lástima que desaparezca”, asegura el presidente de la Comisión de Carreras del Hipódromo Argentino de Palermo, Antonio Bullrich.
La intención inicial del proyecto iniciado con la privatización fue posicionarse como uno de los mejores hipódromos del mundo. La empresa se embarcó en un ambicioso plan de modernización y mejoras que comenzó en 2004, a través del cual se restauraron los boxes, la redonda de exhibición y el túnel de jockeys. Además, se remodeló por completo la Tribuna Paddock, una de las más emblemáticas del predio, y se instaló la pantalla gigante de leds más grande de Sudamérica.
El Hipódromo Argentino de Palermo cuenta con tres pistas, una de césped ubicada entre las otras dos de arena de cava. Dos son utilizadas exclusivamente para el entrenamiento y vareo de los caballos, y la pista principal, con 2.400 metros de extensión y 28 de ancho, se emplea para el desarrollo de las competencias y se habilita para determinados entrenamientos.
Esta última, considerada una de las mejores del mundo, está compuesta por una mezcla de distintos materiales: un 80 % de arena, un 14% limo y 6% de arcilla. Además, tiene un especial y moderno sistema de drenaje natural, que permite que las carreras y los eventos se desarrollen con total normalidad en días de lluvia.
Pero no son solamente las carreras de caballos, núcleo de la actividad desarrollada en el hipódromo, lo que le permite sobrevivir y ser un lugar único para el placer y el entretenimiento. En las instalaciones del predio conviven y se albergan -en pleno corazón de Palermo, con sofisticación e impronta propia y al calor de una arquitectura que reproduce con elegancia el refinamiento del Siglo de las Luces y la modernidad actual- seis salones: la Tribuna Oficial, el Salón Turf Argentino, el restaurante Batacazo Bistró, el Centro de Pista, la confitería París y el Salón PB Paddock.
La Tribuna Paddock fue, justamente, una de las que mayor importancia recibió por parte de las obras iniciadas en 2004. Actualmente se puede disfrutar de las instalaciones más modernas a nivel mundial en un espacio en el que coexisten y se complementan el estilo europeo y lo autóctono, conservando la sofisticación y lo genuino de la porteñidad
Sin embargo, el entretenimiento no se limita a lo enumerado hasta aquí. El Hipódromo Argentino de Palermo ofrece la más variada oferta de entretenimiento que incluye un exclusivo circuito gastronómico, en donde se destacan Batacazo Bistró, un restaurante con una cocina inspirada en lo auténtico y tradicional y una exclusiva cava de vinos, y la recientemente remodelada confitería París, rebautizada como “La París”, un lugar en el que la historia y la arquitectura se asocian en su máxima expresión para disfrutar la excelencia culinaria de la mano del prestigioso chef Jean Paul Bondoux.
No obstante, hubo dificultades que superar. “A partir de la instalación de las máquinas tragamonedas, acá en Palermo el hipódromo volvió a tener vida. Los slots son la solución que se utiliza a nivel mundial para todos los hipódromos”, explica Miguel Achával, gerente Comercial y de Marketing de la empresa.
El casino de HAPSA se encuentra dentro de las 10 operaciones de tragamonedas más grandes y modernas del mundo, y se sigue invirtiendo para ofrecerles a sus clientes la mayor diversión posible sin perder de vista calidad y confort.
Las más de 600 mil visitas mensuales que incluyen turistas de las metrópolis más importantes del mundo, y la constante búsqueda de ubicarse a la vanguardia de la industria hípica contenida en un espacio arquitectónico que vincula elegancia, modernidad y sofisticación, hacen del Hipódromo Argentino de Palermo una eterna postal porteña. Un clásico del placer y el entretenimiento de Buenos Aires, símbolo del encuentro entre los distinguidos amantes de los equinos y sus competencias y los simples “burreros” que, como el Gardel que cantaba al sufrimiento disfrutado, sueñan con que un batacazo los “salve”. ©






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