INFORME | BASURA ELECTRÓNICA | #176 JUL 2013
Una montaña que crece

Los continuos avances de las tecnologías de la información y la comunicación proponen un recambio permanente de electrodomésticos. Los artefactos desechados se convirtieron en un flagelo al que la sociedad del siglo XXI aún no le encuentra solución.

Federico Britez está por cumplir 50 años, justo el doble que su televisor de 21 pulgadas y reconocida marca. Federico lo mira, lo gira, lo mide. No es que no lo conozca ni mucho menos. El aparato está presente en su casa desde mediados de la década del 80. Durante sus años de esplendor fue el núcleo del living y el mobiliario del lugar debió acomodarse a su alrededor. Luego, dejó su espacio a una nueva adquisición de pantalla plana y comenzó su peregrinaje de una habitación a otra. TV color, 32 canales, carcasa robusta y, toda una novedad para aquella época, con control remoto. Un lujo, “la última tecnología”, repetía el anuncio que lo promocionaba. “Esta porquería ya no va más. Es un armatoste que no entra en ningún lado. Está viejo, no sirve ni de mueble”, sentencia Federico. “Norma, hay que tirarlo y comprar uno nuevo”, le anuncia con firmeza a su esposa, que lo mira entusiasmada. Ella también pensaba lo mismo, pero no se animaba a decírselo suponiendo que entre Federico y ese televisor modelo 87 existía algún tipo de conexión sentimental. Pero no. Ahora disfrutaría por fin de ver y alardear de tener un LED full HD o algo por el estilo, aunque no supiera bien qué significara.
La escena que protagonizan Federico y Norma se repite en casi todos los hogares de Argentina y del mundo. Desde comienzos del siglo XXI, los continuos avances tecnológicos hacen que resulte inverosímil que un electrodoméstico quede en la misma familia por casi 30 años, como sucedió con el televisor de esta familia. Ni siquiera se puede pensar en un lustro, y hasta a veces tener algo por más de dos años supone un retraso grave en materia tecnológica. La vorágine de la lucha de las grandes marcas por imponer un producto cada vez más rápido, pequeño y funcional hace que los usuarios se vean casi obligados a actualizar su repertorio electrónico.
Televisores LCD, LED, SmartTV, 3D, reproductores de DVD, Blu-ray, 3D, computadoras AllinOne, Notebooks, Tablets, celulares con Bluetooth, WIFI, 3G, Smartphones. La media de los usuarios puede no saber en profundidad de qué se tratan todas estas cosas, pero sí saben que de alguna manera es necesario tenerlas. Eso impone el mercado, eso impone la sociedad 2.0 y la comparación constante con esa nueva adquisición del vecino. Hasta se podría decir que las grandes empresas encontraron la estrategia para que su feroz competencia se traslade también al usuario. Porque la consecuencia de esa competencia sólo deja un resultado, que es ni más ni menos que el de más ventas. Y para ello, la estrategia es simple: lo viejo es basura.

Basura electrónica

El concepto de basura-electrónica no fue anticipado por ningún autor fatalista del siglo pasado. Muy al contrario, aquellos imaginaban un mundo robotizado, hiperconectado y maligno, en donde era imposible que esos dos términos aparecieran asociados. Ese futuro parece haber llegado, ya que el escenario general que vaticinaban hoy ya es una realidad. Sin embargo, nadie había reparado que el avance deja a su paso un rastro de desperdicios, y que todo lo que se desecha tiene que ir a algún lugar. Lo sólido, en este caso, no se desvanece en el aire, como decía el célebre poeta Walter Benjamin.
“Yo tengo un cuarto en el que están todos los electrodomésticos. Tengo videocaseteras, televisores, equipos de música con pasacasetes, radios viejas, impresoras, lavarropas, secadores, licuadoras, teléfonos y un montón de cosas más”, nos cuenta Sebastián Daonti, que dedicó un espacio a su propia chatarra electrónica. Por supuesto que esto no es planeado, sino que es resultado de un fenómeno más que moderno, un amontonamiento de objetos ahora inanimados que en algún momento fueron la “última tecnología”, y quizás por este motivo se retrasa la acción que inevitablemente ocurrirá: tirarlos a algún lado.
Pero el verdadero inconveniente no es que cualquier habitante tenga en el galpón ese museo de desechos electrónicos. El problema moderno es justamente que no son muchos los que guardan su propia basura para sí mismos. Hoy, las montañas de desperdicios de esas características a cielo abierto son un verdadero flagelo para el medio ambiente, y es algo que parece no tener una solución a corto plazo.
Ante nuestra consulta, Juan Martín Ravettini, uno de los impulsores de Qué Reciclo, un proyecto que nació en 2001, explica: “El problema no es que tengas cosas viejas o rotas arrumbadas. No es que emitan radiación o que contaminen el aire sólo por el hecho de existir. El tema es que eso generalmente va a la tierra, que por procesos naturales intenta fundirlo y descomponerlo, y eso libera sustancias nocivas que son las que contaminan por ejemplo las napas de agua”.

Veneno de Humanidad 2.0

Federico Britez y su familia disfrutan en su nuevo SmartTV de un capítulo de la serie Futurama, cuando los creadores parodian la situación imaginando un mundo en el año 3000 en el que por escasez de lugar en la Tierra desechan la basura al espacio exterior. Ríen, sin pensar que si sigue la tendencia actual ese recurso extremo puede ser una realidad mucho antes que dentro de mil años.
En 2012, según Greenpeace Argentina se desecharon en nuestro país 120.000 toneladas de Residuos de Aparatos Eléctricos y Electrónicos (RAEE). Y una proyección para el 2020 anuncia que contando sólo los desechos de computadoras, la cifra se elevará a 220.000 toneladas.
Llevado a ejemplos reales, los números se traducen a que en menos de una década cada persona va a producir el peso de un elefante en chatarra informática por año. Esto supone a simple vista un claro problema espacial, pues a nadie le gusta ir acumulando elefantes hechos de plaquetas y transistores en el galpón de su casa.
“Para los usuarios domiciliarios desprenderse de objetos que en algún momento tuvieron gran valor es difícil, aunque el valor actual sea nulo. Estos objetos obsoletos ocupan espacio; las empresas se desprenden más rápidamente de ellos por tener criterio económico y los usuarios domésticos tarde o temprano también tendrán que deshacerse de ellos”, explica Adriana Guajardo, investigadora de la Universidad Nacional de Cuyo y experta en la problemática.
Gallardo participó de la elaboración de un informe de esa institución universitaria, que sostiene que en Argentina el 95% de estos residuos peligrosos termina en rellenos sanitarios. En general, el reciclador informal o cartonero recupera los metales no ferrosos, pero desecha los componentes que contienen sustancias peligrosas. En el país no existen normativas respecto de estos residuos, ni para las empresas ni para los usuarios domiciliarios, por lo tanto, éstos no tienen dónde depositarlos.
Otro problema y aún más grave es el de la contaminación. Los aparatos eléctricos se vienen mezclando desde hace décadas con basura orgánica en rellenos sanitarios y en basurales a cielo abierto. Es común escuchar el mandamiento de que ‘no hay que tirar algo de plástico porque tarda más tiempo en degradarse’. Si ese fuera el único inconveniente estaríamos hablando de espacio y hasta de un problema más estético. Pero en materia contaminante, los aparatos electrónicos desechados no sólo tienen plásticos (derivados del petróleo) sino también metales pesados como el plomo y el mercurio y sustancias con elevado poder tóxico como el arsénico.
La coordinadora de la “Campaña Basura Electrónica” de Greenpeace, Yanina Rullo, explica que “los RAEE son la porción más tóxica de los residuos sólidos urbanos que se generan en los hogares. Muchos de ellos están hechos con sustancias que al ser descartadas son potencialmente contaminantes para el ambiente y muy peligrosos para la salud”.

Agua en vías de contaminación

Se puede ver claramente la consecuencia nociva para el organismo humano (y para cualquier organismo vivo) que la contaminación por basura electrónica producirá en el agua si los valores se mantienen subiendo progresivamente. Según datos de organismos internacionales, las más de 220 mil toneladas de desechos que se esperan para 2020 producirán unas 2 toneladas de arsénico. Teniendo en cuenta que, según la Organización Mundial de la Salud, el agua que se consume no puede superar los 0.05 miligramos de arsénico por litro, los valores esperados pueden llegar a contaminar 225 millones de litros de agua para beber.
Argentina a principios del siglo pasado fue denominada como “El granero del mundo” por su gran producción de alimentos en momentos de escasez mundial. Hoy bien podría tener el apodo de “El aljibe del mundo”, pues por ejemplo, sólo con el caudal de agua que posee el Río de La Plata podría abastecer a cada uno de los habitantes del mundo con 200 litros diarios. Sin embargo, se está lejos de poder proveer de agua potable siquiera a los habitantes de nuestro propio territorio.
Un informe sobre la Cuenca del Río Matanza-Riachuelo (que atraviesa nada menos que los partidos de Almirante Brown, Avellaneda, Cañuelas, Esteban Echeverría, General Las Heras, La Matanza, Lanús, Lomas de Zamora, Marcos Paz, Merlo y San Vicente) realizado en 2006 por el profesor de la Universidad Tecnológica Nacional (UTN), Alejandro Malpartida, revela que los valores de arsénico detectados eran diez veces más elevados que los recomendados por organismos de salud internacionales. Y esto sólo enfocándose en el arsénico, uno de los tantos contaminantes junto al cadmio, cianuro, cromo, mercurio o plomo, que también superan las marcas mínimas toleradas.
Hoy, casi 7 años después, esos valores aumentan a medida que los avances tecnológicos imponen renovar equipos constantemente y descartar los viejos artefactos. El peligro y la alarma, claro está, es que los esfuerzos que se realizan desde el Estado y desde las ONG son insuficientes ante el caudal de aparatos que se desechan. Y la poca información que reciben los ciudadanos sobre la Basura Electrónica es un agravante de tal situación.
Ravettini nos confió que “hace 50 años uno se podía meter a nadar sin problemas al Río de La Plata. Hoy está claro que eso resulta imposible. Pero lo que es aterrador es que dentro de 50 años o menos si sigue con este nivel de contaminación va a ocurrir lo mismo con las costas atlánticas de nuestro país, como por ejemplo la de Mar del Plata o Villa Gesell. Que esto no suceda tendrá mucho que ver con la concientización y la toma de responsabilidad de toda la sociedad”.

 
DESECHOS PELIGROSOS
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Convención de Basilea PNUMA (Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente) Según el PNUMA, el convenio “fue aprobado el 22 de marzo de 1989 por la Conferencia de Plenipotenciarios en Basilea (Suiza) en respuesta a una clamorosa protesta tras el descubrimiento, en el decenio de 1980, en África y otras partes del mundo en desarrollo, de depósitos de desechos tóxicos importados del extranjero. El Convenio entró en vigor el 5 de mayo de 1992”. Este tratado, del que participan casi 200 estados de todo el mundo, fue establecido para que los países más ricos asumieran la responsabilidad de hacerse cargo de sus desperdicios, producto del elevado consumo gracias al poder adquisitivo de sus habitantes. Con esto, se protegería a aquellos sectores del planeta mal llamados “sub desarrollados” o “del tercer mundo”, que no tienen peso político internacional y que son los más afectados por la pobreza y las enfermedades. Como habitualmente sucede, los que dirigen este tipo de organizaciones son los mismos que pertenecen al primer grupo de países, por lo que se cumple la famosa máxima de “haz lo que digo pero no lo que hago”. Año tras año, las potencias occidentales exportan más de 50 millones de toneladas de residuos tóxicos a países pobres de África y Asia, lo que es una clara violación al Convenio de Basilea. Una parte importante de esos desperdicios es la de basura eléctrica y electrónica, que según los anexos VIII y IV del tratado es clasificada como “desechos peligrosos”. Hoy no existe una legislación fuerte para detener este atentado por parte de los países más ricos del mundo contra los sectores más desvalidos. Ciudades como Guiyu en China o Agbogbloshie en Ghana ya son tristemente célebres records mundiales en importación de este tipo de desperdicios, que son manipulados generalmente por niños expuestos a elevados valores tóxicos. Tomando este ejemplo, América Latina debería alarmarse y comenzar a pensar en políticas latinoamericanas para proteger posibles maniobras para convertir estas tierras en próximos vertederos mundiales. Aunque primero, claro está, habría que solucionar el basurero interno, que crece día a día.
 

En busca de soluciones

Las soluciones para problemas que atacan directamente a la sociedad pueden llegar de dos sectores: desde la sociedad civil a través ONGs y desde el Estado. La forma más rápida de que este último influya en la búsqueda de soluciones es incluir el problema en su agenda de debate sobre políticas públicas y, como corolario, en el tratamiento de alguna ley específica. Sobre esto último, a fines de 2012 quedó sin efecto el tratamiento de la Ley de Basura Electrónica que obligaba a las multinacionales a hacerse cargo de los residuos que generan sus propios productos, algo que sucede en otros lugares del mundo.
Muchas fueron las críticas sobre este asunto desde las ONG y principalmente desde Greenpeace, uno de los organismos impulsores del proyecto. Sin embargo, a principios del 2013 el jefe de gabinete Juan Manuel Abal Medina firmó un convenio con la Asociación Civil Centro Basura Cero en Villa Lugano para reciclar y reacondicionar computadores con el objetivo de volver a ponerlas en funcionamiento en escuelas y fundaciones. Para algunos muy poco, para otros todo un símbolo, pero lo que queda claro es que es un tema que preocupa.
Por otro lado, desde el pueblo, hace años que numerosas organizaciones vienen trabajando y esforzándose por detener o por lo menos disminuir los efectos nocivos de la contaminación 2.0. Por mencionar sólo algunas, Scrap y Rezagos S.R.L. (CABA), que recicla teclados, monitores, audio y video, equipos de impresión, y de telefonía; Que Reciclo, una organización que recicla y reutiliza el 100% de los materiales; Compañía La Toma del Sur (Avellaneda) que se ocupa del reciclado de los plásticos de equipos eléctricos y electrónicos; Equidad Fundación Compañía Social (CABA), encargada principalmente de reducir la brecha digital en Argentina con acciones como por ejemplo la recolección, reciclado y donación de computadoras; Silkers (Quilmes), que se enfoca en la telefonía celular.
También se ve la mano del Estado en aportes económicos de municipalidades, como la de Bahía Blanca, que apoya al Programa de Recolección, Recuperación y Reacondicionamiento de Residuos de Aparatos Eléctricos y Electrónicos (RAEE’s) coordinado por la Asociación Civil Unión 20 de Agosto. O en proyectos dentro de universidad nacionales, como el de E-Basura, un equipo integrado por un grupo de docentes y estudiantes de la Facultad de Informática de la UNLP y del Laboratorio de Investigaciones en Nuevas Tecnologías Informáticas (LINTI) que, según explican en su página web, intentan “educar y concientizar acerca de la problemática que ocasionan los RAEE -residuos de aparatos eléctricos y electrónicos- al ser desechados en el medio ambiente”.

Lo viejo es Basura

Si bien existen muchos esfuerzos desde el Estado y desde organizaciones civiles, la basura electrónica es un fenómeno moderno que no sólo llegó para quedarse, sino que muta a medida que los avances tecnológicos aumentan exponencialmente. El valor del consumo de estos aparatos está instalado con fuerza en la generación nativa digital, aquellos que nacieron con un celular al lado del sonajero. Pero también está ya fuertemente arraigado en los inmigrantes digitales, quienes debieron -y deben- adaptarse a las nuevas tecnologías de la información y la comunicación. Esto es porque no se percibe como “consumo” de bienes de placer y ocio, sino como una “necesidad” para estar conectado, en la era de la interconectividad. Necesidad de estar en contacto con todos y a toda hora, de estar informado o por lo menos de sentirse informado.
El problema es que falta conciencia de que las facilidades y placeres que brindan los avances deberían ir de la mano con responsabilidades de consumo. Todos los usuarios deberían saber que lo que están comprando es potencialmente contaminante, y que cuando expire su uso por rotura o vencimiento tecnológico, ese aparato va a terminar en algún lugar ocupando espacio y afectando al medio ambiente.
“Cambié mi viejo Nokia 1100 por un Samsung Smartphone”, confiesa con orgullo Sandra Leguizamón. Como muchos, ella no sabe qué hacer con el viejo ladrillo, con la botonera gastada y cinta para que no se salga la batería. Como a otros artefactos, lo compara con los nuevos y automáticamente lo clasifica: Basura. El destino será el mismo, el archivo y posterior desecho. Sandra no sabe que lo que tiene en sus manos, ese celular que en algún otro tiempo la hizo feliz por hacerla sentir “con la última tecnología”, puede contener entre quinientos y mil compuestos diferentes: algunos metales pesados y, eventualmente, peligrosos como cadmio, mercurio y litio. No tiene por qué saberlo, nadie se lo explicó. Nadie le dijo que hasta podría poseer metales valiosos que podrían ser recuperados como el oro, plata, platino o cobre. Como la mayoría, Sandra sólo fue entrenada para saber que lo que ya no funciona, o simplemente lo que ya no forma parte de la “la última tecnología”, no sirve. Sandra sabe que todo lo viejo es basura. ©





TXT: Grupo Editorial Metro


Campaña de la firma Lenovo, para concientizar sobre la basura electrónica y sus problemas.
En 2012, según Greenpeace Argentina se desecharon en nuestro país 120.000 toneladas de Residuos de Aparatos Eléctricos y Electrónicos (RAEE). Y una proyección para el 2020 anuncia que contando sólo los desechos de computadoras, la cifra se elevará a 220.000 toneladas.