POSTALES | CEMENTERIO DE LA RECOLETA | #175 JUN 2013
Tumbas de la gloria

En el Cementerio de la Recoleta conviven, desde el descanso eterno de la muerte, figuras y personajes de la Argentina. Fue declarado Museo Histórico Nacional en 1946. En la actualidad reposan en toda su extensión 350 mil almas que son visitadas por 700 mil personas al año.
Entre varios misterios, leyendas en antiguas lenguas y grabados sajones y vikingos, duerme Georgie -éste era su apodo familiar- en el cementerio de Plain Palais, en Ginebra, Suiza. “Convencidos de caducidad por tantas nobles certidumbres del polvo, nos demoramos y bajamos la voz entre las lentas filas de panteones, cuya retórica de sombra y de mármol promete o prefigura la deseable dignidad de haber muerto… Estas cosas pensé en la Recoleta, en el lugar de mi ceniza”, afirmó, sin embargo, Jorge Luis Borges en su poema La Recoleta, escrito en 1923, para dejar en claro dónde deseaba que fueran depositados sus restos. “Consideramos que el cementerio de la Recoleta es el espacio histórico artístico más relevante de nuestro país y estamos orgullosos de mostrarlo a los miles de turistas que lo visitan”, asegura Marta Salas, presidenta de la Asociación de Amigos del Cementerio de la Recoleta, que junto con la Subsecretaría de Patrimonio y la Dirección General de Cementerios porteña intervienen en la gestión y el mantenimiento del lugar.
Es que en el Cementerio de la Recoleta conviven, desde el descanso eterno de la muerte, figuras y personajes de la Argentina que materializaron en vida y después de su fallecimiento todas las contradicciones políticas, culturales, filosóficas y hasta religiosas que expuso y de las que formó parte a través de su obra el autor de El Aleph.
Los federales Juan Manuel de Rosas, Facundo Quiroga y Manuel Dorrego, ya sin guerra con el unitario que mandara a asesinar a este último, Juan Lavalle. Hipólito Yrigoyen con quien terminó ilegalmente con su gobierno, José Félix Uriburu. Juan Bautista Alberdi y sus Cartas Quillotanas en polémico debate con Las ciento y una de Domingo Faustino Sarmiento. El nacionalismo de Raúl Scalabrini Ortíz y José María Rosa, y el europeísmo de las hermanas Victoria y Silvina Ocampo. María Eva Duarte de Perón, “Evita”, en el mismo espacio que Eduardo Lonardi y Pedro Eugenio Aramburu, quienes derribaron con un golpe de Estado al gobierno de su esposo, Juan Domingo Perón. En vida lucharon por distintos motivos, en diversas circunstancias, en las más disímiles áreas. Pero la muerte, como una paradoja del destino, los depositó en un mismo lugar, el cementerio de la Recoleta.

Historia y arquitectura

En Junín 1760 abre las puertas libres y gratuitas del cementerio de la Recoleta un majestuoso pórtico de entrada con columnas de orden dórico griego sin base, terminado durante una de sus grandes reformas ordenada en 1881 por el entonces intendente de la Municipalidad, Torcuato de Alvear. En el frente, desde el interior y el exterior el lugar recibe y despide con distintos mensajes. Del lado de afuera la frase es de los vivos a los muertos: “Requiescant in pace”, que significa “Descansen en Paz”. El comunicado interior es de quienes reposan el sueño eterno a quienes están con vida: “Expectamus Dominum”, es decir, “Esperamos al Señor”.
En el friso, sobre las columnas, se inscriben los primeros símbolos de la vida y de la muerte, representados en trece alegorías, como por ejemplo el huso y las tijeras, que expresan el hilo de la vida que se puede cortar en cualquier momento, y el reloj de agua o Clepsidra, que simboliza el transcurrir del tiempo o el paso de la vida.
En el hall, como guerreros guardianes de la memoria, esperan guías e historiadores la llegada de visitantes. A la derecha, aguarda como depositaria de la fe una capilla dedicada a la religión católica, en cuyo altar se observa un Cristo realizado por el escultor italiano Giulio Monteverde -maestro de Lola Mora- en mármol de Carrara blanco de una sola pieza. “Ego sum resurrectio et vita”, es decir, “Yo soy la resurrección y la vida”, se lee debajo, en un altar realizado en granito. En el peristilo, frente a la capilla, se halla un púlpito utilizado para ceremonias practicadas por otros cultos.
Luego aflora, en un silencio interrumpido por el susurro de voces, un gran pasillo central del que nacen callecitas y diagonales angostas, transitadas y engalanadas por los lenguajes foráneos y los flashes de modernas cámaras de turistas extranjeros, pero también por una numerosa banda de misteriosos gatos.
No obstante, este Museo Histórico Nacional -desde 1946- de actualmente cinco manzanas y media, que cuenta con alrededor de 6 mil sepulcros a perpetuidad, más de 70 bóvedas que fueron declaradas Monumento Histórico Nacional, alrededor de 350 mil almas entre las que se destacan 25 presidentes constitucionales, cuatro mandatarios de facto, 200 héroes de la Independencia y 100 gobernadores provinciales, tiene casi dos siglos de vida siendo residencia de la muerte.
Antiguamente, en el lugar donde hoy se emplaza el cementerio se encontraba el huerto de los monjes recoletos que, desde principios del siglo XVIII, habían llegado al lugar y construido un convento y una iglesia . Los muertos eran inhumados en los llamados “camposanto”, en la parte posterior de las iglesias y las personalidades importantes en el interior de las mismas.
Luego de la disolución de la orden, el 17 de noviembre de 1922, durante el gobierno de Martín Rodríguez y su ministro, Bernardino Rivadavia, fueron expropiados los terrenos ocupados por la mencionada Congregación Franciscana, para ser destinados a la construcción del primer cementerio público en la ciudad de Buenos Aires: el Cementerio del Norte.
Diseñado por el ingeniero Próspero Catelín y en principio sólo destinado a católicos, los dos primeros moradores fueron el niño negro liberto Juan Benito y la joven María Dolores Maciel. Más tarde, en 1863, el presidente Bartolomé Mitre firmó un decreto que permitía que fuesen enterrados los practicantes de otras religiones.
El cementerio del Norte llegó a estar casi en estado de abandono hasta que en 1881, el primer Intendente de la ciudad de Buenos Aires, Torcuato de Alvear, encomendó al arquitecto Juan Antonio Buschiazzo su remodelación.
Se pavimentaron sus calles, se rodeó con un muro de ladrillos y se embelleció con el pórtico de entrada con doble hilera de columnas de fuste acanalado de orden dórico que se observa hoy por hoy.
Una cruda epidemia de fiebre amarilla asoló la ciudad durante la década de 1870, lo que llevó a que muchos porteños de clase alta abandonaran los barrios de San Telmo y Montserrat y se mudaran a la parte norte de la ciudad, a Recoleta. De esta manera, el barrio se pobló de habitantes de clase alta y, así, el cementerio se convirtió en el último reposo de las familias de mayor prestigio y poder de Buenos Aires.
Al ingresar al peristilo se observan en el piso tres fechas: 1822 -año de creación del cementerio-,1881 -fecha de su primera remodelación - y 2003 -tercera remodelación-.
Todos los días del año –pues está abierto de lunes a domingos-, el cementerio recibe dos mil personas. Este número es equivalente a hablar de 700 mil visitantes al año. Setecientas mil almas encendidas al año que desean conocer las historias que guardan otras 350 mil almas apagadas desde el silencio de la muerte. Silencio que sonoramente es inviolable, pero se vuelve audible cuando detrás de cada tumba, desde la más costosa y opulenta hasta la más barata y humilde, caminan distintos relatos –famosos y anónimos- que se juntan en un mismo desenlace: el filoso guadañazo de lo verdaderamente inevitable.

Historias mayúsculas e historias mínimas

“Aquí descansan quienes nos preceden en el camino de la vida. Es un lugar respetable, que debe ser respetado”, reza el mapa gigante que se encuentra en el hall de entrada del cementerio de la Recoleta para indicar la ubicación de cada tumba. Historias respetables –y no tanto- piden respeto desde la entrada misma a su lugar de descanso eterno.
Antes del cristianismo, a los muertos se los enterraba en “necrópolis” (ciudad de los muertos, en español). La palabra cementerio viene del griego “koimeterion” y significa “dormitorio”. Fue introducida por los cristianos, con la esperanza que esta religión sostiene en la resurrección. De ahí viene la expresión popular de que los muertos están “descansando en paz”. Se podría interpretar que se trata de la esperanza de resucitar en sus relatos.
Luis Leoz, guía y especialista en el cementerio de la Recoleta, asegura que se trata de “un lugar de atractivo para cualquiera que busca un paseo porque no es un cementerio más, sino uno de los tres más importantes del mundo. Se puede disfrutar de una exquisita arquitectura y obras de arte, y si se tomara a la totalidad como una gran unidad sería una de las colecciones más grandes del mundo. Además, cuando uno conoce un lugar y quiere acceder a su historia, lo que debe hacer es visitar su cementerio, y en la Recoleta tenemos a la mayoría de los próceres y personajes que hicieron a la historia nacional”.
Desde el sepulcro más antiguo del cementerio desde su remodelación de 1821 -el de Remedios de Escalada de San Martín, que data de 1823-; pasando por el más moderno/extraño por su forma similar a un cajero automático -la bóveda de la familia Herrera Noble, dueños del diario Clarín-; hasta la bóveda más costosa -la de la familia Leloir, donde descansa el premio Nobel en Química del año 1970, Federico Leloir-, las curiosidades e historias que alberga la Recoleta en su camposanto son infinitas.
Presidentes y reconocidos personajes de la política y la cultura nacional, como Bartolomé Mitre, Domingo Sarmiento, Carlos Pellegrini, Julio Roca, Hipólito Yrigoyen, “Evita” (el sepulcro más visitado del cementerio) y Raúl Alfonsín; héroes de la Patria, como Guillermo Brown, Juan Manuel de Rosas, Manuel Dorrego, Facundo Quiroga y Juan Lavalle; escritores de la talla de José Hernández, Miguel Cané, Victoria Ocampo, Raúl Scalabrini Ortíz, Adolfo Bioy Casares y Oliverio Girondo; y hasta famosos y deportistas como Zully Moreno, Armando Bó y Luis Ángel Firpo cuentan desde sus restos y sus sepulcros la narración que desearon que perviva.
Algunas de las historias de estos populares hacedores de la Argentina encierran llamativos hechos. En 2004, luego de una investigación arqueológica, se descubrieron los restos de Quiroga en el cementerio de la Recoleta. Oculto en una pared hueca en la bóveda de la familia Demarchi –descendientes directos- encontraron el féretro de bronce, parado, del caudillo riojano. De acuerdo al testimonio de la familia, fue escondido para preservar el cuerpo de los enemigos de Rosas. Pero no fue una excentricidad –como dice el mito- del “Tigre de los Llanos” el ser enterrado de pie para hacer frente al juicio de la historia, sino que no cabía detrás del mencionado muro de otra manera que no sea en forma vertical.
También el amor, que nos hace sentir vivos, sufrir, puede llevar a la muerte o simbolizarse en ella. Rufina Cambaceres y su morada final esconden una pena de amor que seguramente terminó con su vida a corta edad. Muchas historias se cuentan sobre la vida de la joven: que murió de catalepsia y que es la razón del mito de la dama de blanco. Sin embargo, lo que parece más cercano a lo verídico y verosímil es que el día en que Rufina cumplía 19 años su amiga íntima le reveló un secreto que tuvo guardado durante mucho tiempo: el novio de la niña era también el amante de su madre. La confesión de su amiga le ocasionó un ataque al corazón y murió. Para completar lo curioso del relato, sólo resta saber quién fue el Casanova: el único presidente soltero que tuvo la Argentina, es decir, Hipólito Yrigoyen, que luego tuvo un hijo con la viuda de Cambaceres.
A otros los unía una manifestación muy particular del amor. El mausoleo de Tiburcia Domínguez y su marido, Salvador María del Carril -uno de los promotores del fusilamiento de Dorrego, gobernador de San Juan y compañero de fórmula del General Urquiza- es una evocación para que se recuerden sus problemas maritales. Una discusión del matrimonio hizo enojar tanto a Tiburcia que a partir de ese día nunca más le dirigió la palabra. Fueron 30 años de silencio que se materializan en las esculturas de su bóveda, donde se los ve dándose la espalda. Un amor devenido en odio que trascendió a la muerte.
También las clases y los escalones sociales de cada época mellaron el cuerpo del cementerio. Con la notable huella del paso del tiempo como insignia, la bóveda de la familia Sáenz Valiente contiene la contradicción de una época en la que amos y sirvientes mantenían la distancia que sus diferencias de clases imponían. Como premio a “la fidelidad y la honradez” –se lee en su epitafio- de quien fuera su sirvienta, Catalina Dogan, se le concedió la deferencia de reposar en el mismo lugar de sus amos, pero fuera de la bóveda, en una simple sepultura y manteniendo la misma distancia. La admiración a su lugar de trabajo o el deseo de ascender socialmente está cristalizado en la bóveda de David Alleno, un joven cuidador del cementerio entre 1881 y 1910 que cumplió su anhelo de descansar en la Recoleta, cementerio al que sólo podían acceder las personas de la alta sociedad. ¿Cómo lo logró? Alleno se suicidó para estrenar su propia bóveda. Según el guía Leoz, luego de que su hermano ganase mucho dinero en la lotería, viajó a Italia y encomendó a un artista genovés la construcción de una escultura en mármol - imitando la idea que tuvo la “Nocciolina”, una vendedora de nueces, sepultada en Staglieno- que representa a un cuidador de este cementerio con su ropa de trabajo, regadera, escoba y un enorme candado con llaves.
La dinámica de la vida actual lleva a mirar sin ver. Se desconoce que tanto los personajes más famosos e importantes de la historia nacional, como los más ignotos y anónimos, tenían una vida cotidiana, eran de carne y hueso, sentían, igual que cualquiera, amores y odios.
El cementerio de la Recoleta en sí es una obra de arte que alberga varios mausoleos de mármol, decorados con estatuas, en una amplia variedad de estilos arquitectónicos, hermosos vitrales y puertas con trabajos de herrería artística, y nombres de artistas del prestigio de Lola Mora, José Fioravanti, Alberto Lagos, Troyano Troiani, Edoardo Rubino, Giulio Monteverse y tantos otros que trabajaron allí. Pero es también, fundamentalmente, un museo al aire libre en el que, a través de todas esas manifestaciones repletas de simbología cultural y religiosa, descansa gran parte del patrimonio nacional y de la identidad propia.
Como escribió Eduardo Galeano en El libro de los abrazos, “la identidad no es una pieza de museo, quitecita en la vitrina, sino la siempre asombrosa síntesis de las contradicciones nuestras de cada día”. ©




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Muchas historias se cuentan sobre Rufina Cambaceres,
la Dama de Blanco, la joven que se dice, murió de catalepsia.

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