DIARIO DE VIAJE | ÁFRICA | #175 JUN 2013
Namibia

El viajero llega hasta el continente africano para recorrer la nación que alcanzó su independencia en 1990.
El recorrido a través de un país libre, que se desarrolla entre los vestigios del apartheid, propone el contacto con la cultura nativa con huellas coloniales. Las bellezas naturales que ofrece el lugar auguran un viaje inolvidable.

La fiebre amarilla es una enfermedad vírica aguda, hemorrágica, transmitida por mosquitos infectados. El término “amarilla” alude a la ictericia -coloración amarillenta de la piel y mucosas debido a un aumento de la bilirrubina- que presentan algunos pacientes. Según estadísticas de la Organización Mundial de la Salud, cada año se producen en el mundo 200 mil casos de fiebre amarilla que causan unas 30 mil muertes.
El virus es endémico en las zonas tropicales de África y América Latina. El número de casos aumentó en los dos últimos decenios debido a la disminución de la inmunidad, la deforestación, la urbanización, los movimientos de población y el cambio climático.
La vacunación es la medida preventiva más importante. La vacuna es segura, ofrece una inmunidad efectiva en el plazo de una semana en el 95% de las personas que se la aplican. El primer acercamiento del viajero a Namibia es con dolor.
La independencia y soberanía del país son jóvenes. Luego de ser colonia alemana, y posteriormente un territorio anexado a Sudáfrica, en noviembre de 1989 se celebró la elección de los miembros de la primera Asamblea Constituyente. En los comicios, supervisados por Naciones Unidas, participaron diez partidos políticos. La SWAPO ganó con el 60% del electorado, lo que significó el control y el nombramiento del sexagenario líder de la organización, Sam Nujoma, como primer presidente de Namibia. La independencia fue proclamada el 21 de marzo de 1990.

Windhoek y la herencia colonial

El viajero llega hasta la Windhoek, capital de Namibia y ciudad cosmopolita con vestigios del apartheid. La población está dividida entre ovambos, hereros e himbas, todos pueblos nativos que conviven con alemanes y franceses, descendientes de los colonizadores blancos. En el aeropuerto lo espera Evelyn Sessay, una profesora de francés y alemán que visitó Argentina y ahora oficia de anfitriona y guía. Evelyn es hija de padre africano, nativo de Sierra Leona, y madre alemana nacida en Berlín.
Luego de una ducha y un breve aperitivo, se inicia el recorrido por la ciudad que es conocida por sus aguas termales y por ser, con una población que alcanza los 300.000 habitantes, el centro de la actividad política y económica de esa nación del continente africano.
El primer destino a visitar es Alte Feste y recuerda –como tantas marcas del lugar- la ocupación germana. Se trata de una vieja fortaleza que en la actualidad funciona como museo. Evelyn le cuenta al viajero que el edificio fue diseñado por el capitán Curt Von François para servir como sede de la schutztruppe imperial, la fuerza militar que imperó durante la colonización alemana en África del Sudoeste. Sin embargo, la construcción nunca estuvo implicada en ninguna acción militar. Después de la Primera Guerra Mundial, cuando se produjo la rendición alemana, Windhoek fue ocupada por el ejército de Sudáfrica. Alte Feste sirvió entonces como cuartel general de las tropas de la Unión de Sudáfrica. El recorrido continúa por la iglesia neorománica de estilo evangélica luterana construida en 1910, y el Palacio de la Tinta, sede histórica del gobierno de Namibia, un impresionante edificio de estilo decimonónico y aire germánico.
La calle Fidel Castro no pasa desapercibida a los ojos de un latinoamericano y decide recorrerla. Apenas camina unos metros cuando se topa con numerosos puestos callejeros atendidos por himbas, hereros y otras tribus que invitan a detenerse para comprar estatuillas de elefantes, cebras y jirafas de madera, huevos de avestruz, pieles, pequeñas esculturas y máscaras de cerámica de colores y tamaños variados. La anfitriona advierte que “el regateo es fundamental antes de efectuar la compra”. Se inicia una disputa entre comprador y vendedores por el precio de cada objeto elegido. Un himba le ofrece al viajero una calculadora para que éste escriba el precio que quiere pagar. La “batalla comercial” se mantiene hasta llegar a un acuerdo. Windhoek se presenta como una ciudad africana con organización y estética alemanas, y una puntualidad inglesa.
La noche llega con apetito. Evelyn invita a cenar en un restaurant de comidas típicas y recomienda carne de kudu, un antílope africano de gran cornamenta, acompañada de huevos de avestruz al verdeo. El viajero se sorprende porque el lugar posee dos banderas junto a la de Namibia: las de Argentina y Cuba. Evelyn ríe, pero no ofrece ninguna explicación. El cansancio ya es dueño de la escena.


Hacia el mar y el desierto más antiguo

Una voz hasta ahora desconocida en la casa donde se hospeda, despierta al viajero. Violet es una nativa de Namibia que pertenece a la tribu damara. La mujer avisa que está el desayuno y le regala una sonrisa de dientes blancos que contrastan con el color de su piel. La primera comida del día está compuesta por huevos, jamón de pavo, quesillo, mermelada de marula de la región húmeda de Caprivi, donde se encuentra el delta de Okabango, y jugos de frutas naturales. El roof tent -vehículo 4 x 4 con carpas sobre el techo- lo espera en la puerta para iniciar un viaje por suelos arenosos y arcillosos. Próximos destinos: Swakopmund y Walvis Bay.
Swakopmund fue el único puerto Alemán en 1800 ya que Walvis Bay (Bahía Ballena), que se ubica a 33 kilómetros, estaba bajo dominio inglés. En la actualidad, la primera es la ciudad balnearia más famosa de Namibia. Al igual que en Windhoek, el estilo alemán se impone entre las construcciones del lugar, que está rodeado de altas dunas de arena. Un guía local lleva al viajero hasta la prisión Altes Gefäengnis, diseñada por Heinrich Baus y considerada como uno de los “imperdibles” del city tour. Le siguen el Museo de Transporte, el acuario marítimo nacional y una galería de cristal. La tarde lo encuentra en Langstrand, un paraíso de arena frente al mar y uno de los destinos más caros y exclusivos de Namibia. Allí, Brad Pitt y Angelina Jolie compraron una casa para descansar junto a su hija adoptiva, Shiloh. Nuevamente la cultura germana se hace presente desde lo nominal ya que Langstrand significa Playa Grande en alemán. El viaje sigue con una breve excursión al desierto.
La presencia de la corriente fría de Benguela, que cumple el papel de barrera al impedir que pasen los vientos provenientes del Océano Atlántico, es el argumento que justifica la aridez del clima y la presencia del desierto de Namibia, uno de los más antiguos del planeta. El ecosistema muestra una fauna diversa, en la que se destaca la black manba, una serpiente cuyo veneno es mortal. Su guía le cuenta que el reptil reposa en las sombras de las hojas de las welwitschias. El viajero trata de pisar con precaución y también de protegerse con lentes de los finos granos de arena que vuelan con el viento seco. El calor es extremo, el termómetro marca los 43 grados. Es hora de buscar agua. Luego de hidratarse, sube al roof tent y decide que los próximos destinos están en el norte.


Los himbas

Atraviesa poblados rústicos, pequeñas localidades y escenarios legendarios como la Costa Esqueleto, una zona donde es muy difícil amarrar los navíos por los fuertes vientos que azotan al lugar, condición climática que causaba los hundimientos. Fue declarada parque nacional y es muy conocida por los documentales de National Geographic. En uno de los episodios se cuenta que los buscadores de diamantes encontraron monedas de oro y plata de una vieja embarcación. El tiempo no alcanza, lo espera Epupa falls (aguas que caen), localizadas en el Río Kunene, límite natural entre Angola y Namibia. El paisaje deslumbra y luego de tanta aridez los remansos invitan al chapuzón, pero un cartel que advierte la presencia de cocodrilos posterga el contacto con el agua.
Apenas a unos 50 kilómetros de las cataratas, el viajero se topa con los himbas, una de las pocas tribus africanas que conservan su vida originaria. Las mujeres se dedican a la crianza y el cuidado de los niños y de los animales. Viven en chozas de barro que se mantienen rígidas por el excremento de su ganado.
Como una muestra más de que los estereotipos de belleza tienen múltiples variables, las damas preparan una mezcla de manteca de vaca y polvo de piedra rojiza, y se la untan en el rostro, el cabello y el cuerpo con fines estéticos. El ungüento también es útil para repeler insectos. Evelyn explica que los himbas producen un perfume ya que, al vivir en una zona árida donde el agua debe cuidarse, rara vez se bañan.
Los chicos de la tribu juegan y corren alrededor del viajero y le piden que los fotografíe. Las alternativas lúdicas son escazas para los nenes, pero logran hacerse de todas las herramientas que les ofrece el entorno, esa alianza con la naturaleza la deberán mantener durante toda su vida. Antes de la despedida, una mujer de la tribu le vende sus artesanías; esta vez no hay regateo.

África mía

El Parque Nacional Etosha, es uno de los más grandes del mundo, tiene una extensión de 22 mil kilómetros cuadrados y es uno de los más intrigantes santuarios de fauna salvaje en África. El viajero lo recorre con su roof tent. En un mapa lleva señalizados los sitios de hospedaje. La primera de las paradas es Namutoni, un lugar mágico donde las visitas de elefantes, jirafas y rinocerontes a los waterhole (pozos naturales de agua) son habituales. Por la tarde decide sentarse a beber una cerveza mientras contempla la gran diversidad faunística.
La noche lo descubre con insomnio. Su bungalow está demasiado próximo a los bebederos y la variedad de sonidos desconocidos le anulan el sueño. Decide aproximarse al agua hasta que divisa a un grupo de chacales que beben intranquilos por la presencia de dos rinocerontes. Escucha una hiena, pero no alcanza a verla.
Las primeras luces lo invitan a concretar el principal objetivo de su visita: divisar a los grandes mamíferos. Es una obligación realizar el recorrido por el parque en vehículo. Los carteles advierten sobre los ataques de leones y hienas. Isaka, uno de los guardaparques, narra la historia de una familia que fue atacada por las hienas. “Sólo sobrevivió el hijo menor”, cuenta. A partir de aquella tragedia se prohibió dormir en carpas que estuvieran en el suelo. El viajero se alojará durante todo el trayecto en bungalows o en las carpas ubicadas en el techo de su vehículo.
El bioma de la sabana pinta cualquier postal de amarillo, los pastizales secos son una constante en el paisaje, apenas quebrantado por algún árbol aislado. La mañana se presenta sin sobresaltos hasta que Evelyn grita:
¡Cuidado! Un grupo de elefantes atraviesa el ripio. “Son muy peligrosos ya que en ciertas ocasiones se muestran violentos persiguiendo a los vehículos”, explica. Durante ese recorrido también cruzarán a un trío de leonas, que se alejan sin sobresaltos del sendero.
El siguiente descanso pone al viajero frente a las jirafas, cebras, búfalos, jabalíes verrugosos, hienas, oryx y springboks. La tarde cae y la multiplicidad de imágenes que regala es captada por la cámara. Lamentablemente, debido a las reglas de seguridad, debe seguir rumbo y llegar al campamento antes que baje el sol, salvo que posea un permiso especial como el que obtienen los documentalistas.
El viaje por Namibia comienza a escribir sus últimas líneas. El final encuentra al viajero en una de las áreas protegidas más salvajes del mundo. Del continente africano se llevará sus colores, el contacto con la cultura nativa y los esfuerzos de un país que vive una independencia joven y lucha por su identidad como nación. ©





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...los pastizales secos
son una constante en el paisaje,
apenas quebrantado
por algún árbol aislado.
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