DIARIO DE VIAJE | ESTADOS UNIDOS | #174 MAY 2013

Arizona al rojo vivo

El recorrido por uno de los estados más poblados de EE.UU a través de las rutas del sudoeste
conduce a escenarios imponentes como Monument Valley y el Gran Cañón. El camino atraviesa
desde el hermoso y hostil desierto de Sonora, hasta escenarios cinematográficos históricos.

La ruta -carretera para la ocasión- se presenta como un corte de concreto que contrasta la calidez que le aportan al escenario el cielo y el suelo siempre amarillos, y las formaciones rocosas de tonos rojizos. Nada aparece en el horizonte hasta que la acción se inicia con uno de los dos protagonistas de la historia: el Coyote. La escena, que lo muestra sobrevolando el asfalto montado en un cohete de marca Acme, se congela para presentarlo “científicamente” como “Carnivorous Vulgaris”. Casi al alcance de sus manos está su presa, el Correcaminos o “Accelleratii Incrediblus”. Luego de las formalidades, la persecución recupera el vértigo y cuando el cazador está a punto de cumplir con su cometido el ave gira su cabeza, le arroja un bip-bip y acelera hasta desaparecer, dejando en su reemplazo una nube de polvo. Desconcertado, el Coyote pierde el control del “petardo” gigante y se estrella contra una de las paredes de las montañas que bordean partes del trayecto. La parodia, que enfrenta voracidad con velocidad, se repetirá mil veces. El escenario en el que transcurre la clásica serie animada de la Warners Brothers, creada en 1949 por el animador Chuck Jones, está inspirado en las rutas del sudoeste de los Estados Unidos, hasta donde el viajero llega para recorrer el estado de Arizona, uno de los más grandes del país del norte. La primera imagen que contempló lo llevó de regreso a la infancia.

Phoenix

El lugar es un territorio desértico con cordilleras montañosas y mesetas bañadas por el sol. Los 53 grados con los que la ciudad recibe al viajero no muestran demasiada hospitalidad, aunque las características del clima son una condición necesaria para las bellezas que ofrece el paisaje. Una de las teorías sobre la etimología del nombre Arizona afirma que deviene de una deformación de la frase: zona árida. Entonces la realidad no choca con las expectativas, aunque muchas veces las supera.
El viaje se inicia por Phoenix, la capital del estado y una gran metrópoli que se extiende por el valle del río Salt. Amy Wasserman, oriunda de Tempe, una localidad ubicada a unos pocos kilómetros de la ciudad cabecera, oficia de guía y anfitriona. “No se debe iniciar ningún viaje por el cordón del oeste con hambre”, sentencia la nativa y propone una visita a “5 & Diner”, una cafetería ambientada –tanto el mobiliario como la vestimenta del personal- en los 50’. Las malteadas y los batidos son sinónimo de elixir para enfrentar la hostilidad del sol de la siesta.
En el lugar se respira la diversidad cultural. En la cafetería la lengua española compite con el inglés. “Al ser un estado fronterizo con México muchos latinos viven y trabajan acá”, explica Amy. Phoenix es definitivamente una ciudad cosmopolita que está consolidada como centro político y económico. El lugar cuenta con una población aproximada de 1.5 millones de habitantes, aunque las mediciones son imprecisas dada la gran cantidad personas ilegales, marginadas de cualquier censo y beneficio. En el año 2010 se prohibió la inmigración ilegal y desde ese momento se incrementaron las deportaciones.
La estadía en la ciudad es corta, pero permite una visita al Museo Botánico del Desierto, que exhibe una excelente colección de plantas desérticas provenientes de diferentes puntos del planeta, y al famoso zoológico de Phoenix, que exhibe 1300 especies y cuenta con cuatro grandes áreas temáticas entre las que se destaca “La Ruta de Arizona” donde se concentran la flora y fauna autóctonas.

Sonora, el trayecto hacia el norte

El amanecer encuentra al viajero rumbo al norte del condado. Su siguiente destino es Sedona con una breve parada en Flagstaff. La ruta 17 atraviesa un paisaje que por desolador no deja de ser hermoso. En la actualidad muchas tribus conviven en ese ecosistema. Distintos pueblos amerindios habitaron esas tierras desde hace miles de años. Llegaron a la zona a través del Estrecho de Bering, que unía Asia con América y con el tiempo debieron adaptarse a otras culturas que arribaron con posterioridad: los españoles entre los siglos XV y XVII, y los angloamericanos en los siglos XIX y XX. Una de las tribus más reconocidas de Arizona se autodenomina Dine, que en su dialecto significa “gente”, pero los conquistadores ibéricos los rebautizaron “navajo”, nombre que se impuso en la cultura “blanca”.
El viajero contempla la puesta de sol en el Desierto de Sonora, los tonos cálidos del paisaje apenas se quebrantan por la irrupción de la fauna del lugar: chumberas y saguaros, dos tipos de cactus, el último una especie gigante. En plena ruta rumbo a Flagstaff una mujer con su bebe en brazos hace dedo. Se llama Emarda y es mexicana, va a vender artesanías. “Es muy difícil la vida del mexicano en Estados Unidos, somos muy discriminados”, explica.
Sonora es el hermoso y hostil obstáculo natural que los inmigrantes deben atravesar para ingresar a los EE.UU. Amy cuenta que hay mapas del desierto llenos de puntos de rojos. “Cada uno de ellos representa un muerto, alguien que se deja la vida tratando de llegar a destino”, explica. Más de 2 mil personas dejaron la vida en el desierto, en la última década.
Ya en Flagstaff el paisaje muta, atrás queda la tierra árida para ceder el espacio a las grandes praderas floridas y los lagos rodeados por los inmensos pinos de ponderosa. El sofocante trayecto en auto se contrarresta con una caminata improvisada por la ciudad. A simple vista, el lugar parece conjugar el sentido moderno de descubrimiento con un fuerte legado del oeste que evoca los días de los leñadores, constructores del ferrocarril y los rancheros pioneros de la región.
Un lugareño identifica al viajero como tal y le ofrece información sobre los sitios que considera “imperdibles”. Así llega hasta el Museo de Arizona del Norte, reconocido en todo el mundo tanto por sus vastos objetos de artesanías indígenas, como por exhibir la historia de los pioneros de Flagstaff y la historia geológica de la Meseta de Colorado, incluida la del Gran Cañón.
Al salir, el camino y las sugerencias de los locales orientan hacia la puerta del Observatorio Lowell. La historia cuenta que allí Clyde Tombaugh, descubrió el planeta Plutón en 1930. El recorrido llega a su fin con una foto junto al cartel de la Ruta 66, la “Carretera Madre de América”, que atraviesa la ciudad.
El siguiente destino es el “Red Rock State Park”, Sedona. Esta vez el viajero decide montar un globo aerostático. La luz del día aún sigue oculta cuando Michael, un septuagenario, se anuncia en la puerta del hotel para trasladarlo en jeep hacia su próxima aventura. El amanecer lo descubre en las alturas, observando el desierto en el parque de Sedona. Contemplar el cañón de piedra arenisca roja y sus ocho kilómetros de senderos se convierte en una experiencia intensa e inolvidable. El lugar es un centro de educación ambiental. La jornada continúa a caballo, y finaliza con donas y café con crema.

Escenario natural del cine norteamericano

La invasión cultural -alguna vez denunciada por Ariel Dorfman y Armand Matellart- que ejerce el cine norteamericano en nuestra sociedad es inocultable. Como si se tratase de un deja vu, el viajero experimenta la paradoja de sentir cercano un lugar que jamás pisó. Con esa sensación llega hasta Monument Valley. Luego de varias horas en auto, la ruta muestra un cartel que anuncia la llegada a Utah (el parque se encuentra en el límite de los dos estados), desde donde se accede al lugar, reservación de los navajos.
No hay un centímetro en el horizonte que no encandile por su belleza. Un camino de tierra propone recorrer Valley Drive, desde donde se puede apreciar casi la totalidad del parque. El trayecto se inicia en el centro de visitantes y va alrededor de altos arrecifes y mesetas que incluyen el Totem Pole, una torre de roca de 100 metros de alto, pero sólo unos cuantos metros de ancho, el accidente geográfico acapara las miradas y las fotografías de los visitantes.
Uno de los directores de cine que contribuyó a transformar a Monument Valley en una locación legendaria del séptimo arte fue John Ford (hoy una saliente del paisaje lleva su nombre). Su primer western, La diligencia (1939), protagonizado por el mítico John Wayne se filmó en esas tierras y se transformó en una de las películas más taquilleras del género. Alguna vez Wayne sentenció: “Monument Valley es donde Dios puso el Oeste”.
El viajero, también cinéfilo, no puede evitar, sin embargo, reproducir en su mente otras imágenes de films cuyos estrenos le son contemporáneos. Así aparece el preciso momento en que Forrest Gump, luego de atravesar su país, le dice a un atónito “rebaño” de trotamundos que está “muy cansado” y que “es hora de volver a casa”. También se hace presente la imagen de Michael Fox, tratando de controlar el volante del Delorean mientras escapa de los indios, en Volver al futuro III. Por último, la mirada desde las alturas sobre la ruta estatal 163 convoca a la escena final de Thelma y Louise, con ambas mujeres a bordo del auto descapotado de color celeste, tomadas de las manos y eligiendo el precipicio como alternativa al sometimiento.
El viajero decide dejar a un costado las producciones de Hollywood, se sienta sobre la tierra y contempla lo imponente de aquel escenario natural. El atardecer enrojece aún más el paisaje. La puesta de sol choca contra Las tres hermanas (The three sisters), uno de los sitios más representativos del Monument Valley. Algunos navajos se acercan y ofrecen sus artesanías (y hasta su imagen en una fotografía), una forma de subsistir muy diferente a la de sus ancestros, perseguidos y dominados. El auto espera, ya es hora de partir.
El diario de viaje llega al capítulo final de Arizona con la visita a uno de los sitios más emblemáticos del oeste norteamericano: El Gran Cañón. Esta vez la comodidad del hotel es desechada para tener un contacto más intenso con la naturaleza. North Rim Campground ofrece buenas tiendas, donde en un primer momento las chipmunk, un tipo de ardilla, son la atracción. Edgard, vecino de ocasión, se acerca al fuego, y ofrece malvaviscos y charla.
Al día siguiente el viajero explora los contrastes que regala la parte norte del Gran Cañón. Cada estrato corresponde a un periodo geológico diferente. Hace cuatro millones de años el río Colorado (sumado a otros agentes erosivos) comenzó a excavar la meseta Kaibab. De esa forma, la naturaleza se encargó de esculpir el hermoso escenario.
Cada curva del recorrido por los senderos abre la ventana a una maravilla diferente. Los sonidos, los colores y los aromas acompañan la travesía por un escenario que en 1979 fue declarado por Unesco Patrimonio de la Humanidad. Es inevitable perderse en el silencio que regala la inmensidad.
Con la decisión de continuar viaje ya tomada, la melancolía prematura se torna inevitable. Luego de la travesía por Arizona, las rutas del sudoeste ofrecen nuevos destinos al viajero, pero esa es otra historia. ©







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