DIARIO DE VIAJE | TIERRA DE DIOSES | #180 NOV 2013
Nepal

El viajero llega hasta las lejanas tierras de oriente dominadas por deidades como Vishnu, Brahma, Shiva y Ganesha. Una de las zonas más pobres del mundo
y una de las culturas más ricas.   

El hinduismo es en la actualidad uno de los ejemplos más claros de una religión politeísta. Vishnu es una de las tres grandes deidades que forman parte de ese culto.  Es considerado como el Dios omnipresente, encarna dentro de sus atributos teológicos valores como la bondad, y es por ello que es el más venerado. La máxima triada sagrada se completa con Brahma, responsable de la creación total y la protección, y Shiva que representa la destrucción y el caos. No son los únicos. Otro de los símbolos de los creyentes es Ganesha, el  que tiene una cabeza de elefante, uno de los más populares. Todos los acontecimientos auspiciosos comienzan con una invocación a él.
Las imágenes de Vishnu, Brahma, Shiva o Ganesha se repiten en diferentes formas y tamaños en todo Nepal, donde el 90 por ciento de los habitantes son hinduistas. Hasta esas lejanas tierras llega el viajero luego de un largo viaje con varios trasbordos y con enormes deseos de conocer uno de los países más emblemáticos y pobres de Oriente. Una nación continental -sin salida al mar-, que  posee fértiles valles drenados por ríos como el Bagmati y ostenta la gran cordillera del Himalaya.
Un frío informe impreso le avisa al viajero que se trata de un país netamente rural, donde el 85 por ciento de la población vive en el campo y el 90 % de las personas que trabajan lo hacen en la agricultura. Los guarismos sostienen, además, que más del 60% de los habitantes viven por debajo de la línea de pobreza y el 60% del presupuesto anual del país depende de la ayuda financiera internacional. Los gélidos datos quedan detrás de los deseos por descubrir una nación poseedora de una cultura milenaria.


Vida y muerte en Kathmandú

Por sus casi 2000 años de historia, por su patrimonio cultural, por ser el centro neurálgico de la economía del país, Kathmandú es la puerta de entrada del turismo. Namasté le dice al viajero una mujer con cara alegre y dentadura casi ausente. Namasté es el saludo de los nepalíes. Nepal tiene una población de algo más de 23 millones de habitantes, de los cuales un millón de personas vive en el Valle de Kathmandú y la mitad de ellas en la propia capital.
El calor agobia. Al llegar al Hotel Shaambaling, le avisan que un guía local pasará a buscarlo en unas horas. El recorrido propone la visita a uno de los lugares “imperdibles”: Pashupatinath, considerado sagrado por el hinduismo.
Pashupatinath, la morada de Shiva, es una zona en la que se encuentra emplazado un recinto sagrado que es impenetrable para aquellas personas que no sean hinduistas. El viajero se asombra por la cantidad de gente que se encuentra en las afueras del lugar. Las imágenes varían desde lo enternecedor hasta lo escalofriante, de la misma manera que las ofrendas van desde flores y velas hasta sacrificios de animales.
La zona está bañada por el río Bagmati, un espacio donde la vida entra a diario en comunión con la muerte y viceversa. El viajero camina unos metros hasta donde se encuentran los ghats -pequeños muelles donde velan y creman a los muertos- y la sucesión de imágenes lo impacta. Las cremaciones se realizan de forma simultánea, mientras, a pocos metros, cientos de personas se bañan en las aguas contaminadas, para purificar sus almas.
Para los nepalíes que profesan el hinduismo la experiencia es natural y cotidiana, es una trama de significaciones que ellos mismos construyen y que al mismo tiempo los constituye. Para el visitante que hace un paneo con ojos inaugurales y despojados de simbolismos, la realidad provoca escalofríos.
El viajero se aleja de las orillas del Bagmati en silencio. A la mirada occidental, Kathmandú la sorprende en cada esquina. Camina entre monos, vacas sagradas, cabras y pollos mientras observa las variadas figuras esculturales que protegen, desde su amenazante inmovilidad, cada templo.
Se topa con un grupo de sadhus o santones nepalíes. Se trata de monjes mendicantes –hombres sagrados que son respetados y temidos-  que deben vivir al margen de la sociedad. Cortan todos los lazos familiares, no tienen posesiones y  reducen sus necesidades al mínimo para concentrarse en alcanzar una realidad más elevada. No pueden trabajar por lo que dependen de la caridad de la gente para subsistir. Las donaciones que se les hacen son consideradas como ofrendas a los dioses. Se dibujan el rostro con símbolos shiavistas -del Dios destructor Shiva-, no se cortan el cabello y utilizan un cetro. El viajero logra sacarse una foto con ellos.


Las bellezas de Patan y Bhaktapur

El guía, de habla hispana, le sugiere continuar con destino a las ciudades de PatanBhaktapur. La primera también es llamada Manigal y conocida por su rico patrimonio cultural, en particular, por su tradición en las artes y la artesanía. Es una de las ciudades más populares junto con Kathmandú. Recorre la Plaza Durbar, Patan Dhoka -entrada histórica a la ciudad-, y los templos Mahabouddha y Kumbleshwor.
Apenas tienen minutos para almorzar algunas frutas en la calle mientras reflexiona sobre las horas que los nepalíes le dedican a los cultos y rituales hinduistas. Pero el tiempo también es tirano en Nepal y debe seguir hacia Bhaktapur, una ciudad que se encuentra alejada del Valle de Kahtmandu. Literalmente se trata de un gran museo al aire libre, un verdadero paraíso para los amantes de la fotografía. Fundada en el año 889 por el rey Ananda Malla, sus edificios públicos tienen bien ganado el título de Patrimonio de la Humanidad otorgado en 1979.



Los arrozales de Bungamati

Nepal al igual que India se caracteriza por la producción de arroz y maíz. El primero es uno de los alimentos más consumidos en el continente asiático. El viajero decide alejarse de la ruidosa ciudad de Kathmandú y adentrarse en Khokana y Bungamati, tierras bañadas por los arrozales verdes.
Recorre una zona que se mantiene impermeable a la globalización y el avance feroz de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación. Visita un antiguo molino donde se produce aceite de mostaza. El lugar mantiene su estilo tradicional. Le llama la atención que, a simple vista, sean las mujeres las que se visibilicen realizando diferentes tareas. Se las ve fabricando collares o pastoreando cabras. Sin embargo, el trabajo más simbólico es el de las “pickers”, quienes trabajan en la recolección del arroz. La jornada culmina en un restaurant. Pide shaweana, un  caldo de batata con brotes de bambú y curry. Satisfecho por el almuerzo y el viaje, se despide de las tierras nepalíes en busca de nuevas aventuras. ©





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