INFORME | VACACIONES | #182 ENE 2014
El verano siempre está de moda

Llegan las vacaciones y con ellas los viajes a uno de los destinos turísticos predilectos: la playa.
Las bikinis, los deportes acuáticos, las fiestas electrónicas a la orilla del mar se convierten en la postal del verano. Aunque no siempre la temporada estival fue así.

Si hablamos de playa, el símbolo argentino es “la perla del Atlántico”. Mar del Plata mutó su perfil desde pueblo rural a playa popular, pasando por ser el balneario de las elites.
Efectivamente, los comienzos de este pueblo estuvieron marcados por las actividades rurales y marítimas. Sus visitantes eran los tripulantes de paso que llevaban lo que se comercializaba entre Brasil, Uruguay y nuestro país.
La llegada de veraneantes tuvo que esperar. De hecho los argentinos del siglo XIX pasaban sus vacaciones en las estancias que poseían en el centro de la provincia, en la zona de llanuras o viajaban a Montevideo.
“A partir del siglo XIX, las clases altas se lanzan a vacacionar. En un comienzo viajan a Uruguay. Ahí surge la idea de formar un balneario en nuestro país. El lugar será Mar del Plata, pueblo que ya existía en la línea de expansión de la frontera agropecuaria sur. En su origen no es balneario, pero rápidamente toma ese curso, que le da una identidad propia”, explica Elisa Pastoriza en su libro “La conquista de las vacaciones”.
“Hubo varios modelos. Los ingleses son los inventores del balneario. Surge en Gran Bretaña y luego se extiende al resto de Europa, y del mundo. En la Argentina se toma ese modelo, el balneario inglés. El de la costa normanda. Biarritz en Francia será otro ejemplo importante. Si se compara Mar del Plata con Biarritz hay muchas similitudes, sobre todo con lo que fue Mar del Plata al comienzo”, señala la autora.
La llegada de la aristocracia porteña, motivó la construcción de más comodidades para hospedarlos. Hacia mediados de 1883 se construyeron hoteles ostentosos, con grandes salones de baile y una arquitectura inspirada en las modas europeas. A su inauguración concurrieron entre otras personalidades, el vicepresidente de la Nación, Carlos Pellegrini y su esposa y el último zar de Rusia, Nicolás II.
Este hotel estaba destinado a recibir a las más exclusivas familias porteñas. Ciertamente, no muchos se podían costear la estadía allí. El Hotel Bristol cobraba $ 15 por día y por persona, hecho que significó la exclusión del grueso de la población puesto que por entonces, por ejemplo, un peón de policía percibía un salario mensual de $ 55.- y un peón rural $ 30.- mensuales.
Desde entonces, a Mar del Plata llegaron presidentes, vicepresidentes, ministros, diputados de la Nación y grandes intelectuales de la época, como Juárez Celman, Carlos Pellegrini, Lucio V. Mansilla, Roque Sáenz Peña y Paul Groussac.
Mucho tuvo que ver en el crecimiento de este punto turístico la llegada del ferrocarril. Hasta la década del ‘30 el grueso de los veraneantes llegaba desde la ciudad de Buenos Aires por el Ferrocarril del Sud. Este impulso ferroviario motivó la construcción del Hotel Bristol en la temporada 1887-1888, ubicado en Entre Ríos y Av. Luro.
Éste fue el puntapié inicial para la aparición de los hoteles sobre la costa, como así también los chalets y mansiones de la élite veraneante, que fueron poblando la loma recostada sobre el mar entre la Playa Bristol y el Torreón del Monje.
El pueblo que albergaba viajantes en sus inicios pronto se convirtió en una ciudad signada por la estratificación social. En el Grand Hotel se hospedaban las familias acomodadas provincianas, de vida más simple y sin etiqueta.
Además, algunos hoteles tenían diferentes sectores según la clase social a la que pertenecía. Fue el caso de un hotel bicolor, pintado la mitad de color rosado y se llamaba Hotel Victoria, que estaba destinado a gente distinguida. La otra mitad, de color blanco, se llamaba Hotel Progreso y se alojaba la gente menos pudiente. La clase media acomodada se ubicaba en el Hotel Confortable o en el Hotel Royal. En cambio, los viajantes de comercio se instalaban en el Hotel de los Vascos, frente a la Estación Vieja de trenes.
Ya entrado el siglo XX, nuevos cambios impactaron en Mar del Plata. La aristocracia era un grupo cada vez más reducido, a la vez que la clase media pudiente, pero no de familia distinguida, aumentaba al ritmo de los cambios en la economía.
Con este panorama, los alojamientos destinados a recibir a esta nueva capa social superaron a los lujosos hoteles de primera. Para el año 1938, se contaba en Mar del Plata con 5 hoteles de primera, 13 de segunda, 35 de tercera, 35 de cuarta, 69 de quinta, 146 de sexta categoría y más de 38 casas de pensión.
Ya para la década de 1950, impactarían en la ciudad los cambios que trajo el gobierno de Juan Domingo Perón. Las clases trabajadoras fueron beneficiadas durante su presidencia con las vacaciones, el aguinaldo y el impulso a los hoteles sindicales.
Así lo explica Pastoriza en su libro: “Perón va a ampliar el alcance a los trabajadores del país. Su impulsor es el ministro de Obras Públicas Juan Pistarini. Tal fue la devoción por ese proyecto que pidió que sus restos estuvieran en un centro de vacaciones. Están en Río Tercero. El decreto de expropiación de 600 hectáreas de la estancia Santa Isabel de los Martínez de Hoz para hacer «la ciudad balnearia de Chapadmalal» lo firman Perón y Pistarini”.
Más de cien años pasaron. Y Mar del Plata supo ver tanto veladas distinguidas en la casa de Victoria Ocampo, como recitales populares en la Playa Bristol.



Reglamento de baño dictado por el Municipio de Mar del Plata en 1888
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● Artículo 1: Es prohibido bañarse desnudo.

● Artículo 2: El traje de baño admitido en este reglamento es todo aquel que cubra desde el cuello hasta la rodilla.

● Artículo 3: No podrán bañarse los hombres mezclados con las señoras, a no ser que tuvieran familia o lo hicieran acompañados de ellas.

● Artículo 4: Es prohibido a los hombres solos aproximarse durante el baño a las señoras que estuviesen en él, debiendo mantenerse por lo menos a una distancia de 30 metros.

● Artículo 5: Se prohíbe en las horas del baño el uso de anteojos de teatro u otro instrumento de larga vista, así como situarse en la orilla del agua cuando se bañen las señoras.

● Artículo 6: Es prohibido bañar animales en las playas destinadas para el baño de las familias.

● Artículo 7: Es igualmente prohibido el uso de palabras y acciones deshonestas o contrarias al decoro.

● Artículo 8: Los infractores a las disposiciones que preceden incurrirán en multa de dos a cinco pesos moneda nacional o arresto de 24 a 48 horas y de cinco a diez pesos o arresto de 48 a 96 horas en caso de reincidencia, debiendo de ser expulsado de la playa durante un mes en caso de incurrir por tercera vez en las mismas faltas a este reglamento.

● Artículo 9: Los que presten servicios de bañistas u otro de carácter análogo necesitan de permiso de la autoridad local, el que será expedido gratis y por escrito a toda persona que lo solicite, siempre que fuera de buena conducta.

La revolución del bikini

Desde los calurosos bañadores que cubrían todo el cuerpo hasta los diminutos trajes de baño de dos piezas, pasaron años y mujeres valientes.
Fue en 1840 cuando surgieron los primeros bañadores para hombres. Charles Goodyear diseñó en 1844 un modelo de una sola pieza, que cubría de pies a hombros. Con el paso de los años los hombres pasaron a utilizar pantalones y hasta pudieron descubrir sus torsos.
La historia para las mujeres fue diferente. Lejos de disfrutar del sol y la brisa del mar, las doncellas debían cubrir todo su cuerpo, con vestidos o camisones realizados en telas pesadas y calurosas.
“El traje de baño admitido en este reglamento es todo aquel que cubra desde el cuello hasta la rodilla”, indicaba el artículo 2 del Código de baños de la municipalidad de Mar del Plata en 1888.
Aunque las damas no dejaban ver ni un centímetro extra de su piel, las normas del decoro indicaban que no debían bañarse con los hombres, quienes tampoco podían acercarse a la orilla mientras las mujeres se refrescaban en el agua con tres kilos de ropa mojada encima.
El reglamento de 1888 también se expedía al respecto: “No podrán bañarse los hombres mezclados con las señoras, a no ser que tuvieran familia o lo hicieran acompañados de ellas” y en el artículo siguiente señalaba: “Es prohibido a los hombres solos aproximarse durante el baño a las señoras que estuviesen en él, debiendo mantenerse por lo menos a una distancia de 30 metros”.
Quienes rememoran el surgimiento de estas reglas cuentan que esta ordenanza fue motivada por un gran escándalo ocurrido en la playa Bristol cuando un mediodía, en momentos en que la vieja confitería Bristol en la Rambla se hallaba a pleno, se presentaron dos jovencitas enfundadas en trajes de baño “impúdicos”, dejando los brazos y la mitad de las piernas descubiertas, además de un pronunciado escote. El hecho provocó el rápido éxodo de la playa, que en pocos minutos quedó vacía y se despertaron fuertes críticas.
Pasaron más de 50 años para que la mujer comenzara a liberarse. Si bien el traje de baño de dos piezas fue diseñado en 1946, fue en los revolucionarios ´60 que la moda se impuso.
En 1946, Louis Réard creó el traje de baño de dos piezas. La prenda causó un escándalo y ninguna modelo quiso lucirla. Su creador contrató entonces a Michelle Bernardine, una bailarina que solía aparecer desnuda en los clubes de París. La osada chica pronunció la frase que le daría nombre a nuestras mayas: “Su bañador va a ser más explosivo que la bomba de Bikini”, en alusión a las pruebas nucleares realizadas en el Pacífico en una isla del mismo nombre.
La Iglesia se opuso firmemente a que se usara este novedoso diseño, aún cuando las mallas ceñidas al cuerpo ya eran una realidad. En los balnearios de Europa y Estados Unidos estaban prohibidas, lo mismo que en nuestro país.
Hacia 1960 algunas jovencitas se animaron a desafiar esta prohibición animadas por el glamour que las estrellas del cine le imprimían a las primeras apariciones en bikini. En 1957 en las playas de Saint Tropez Brigitte Bardot posó en bikini y se animó a utilizarlo en la película “Y Dios creó a la mujer”.
La aceptación de la sociedad se fue dando en forma paulatina. Una de las primeras “chicas Bond”, Ursula Andress, legitimó su uso en el film “007 contra el Doctor No”. La escena de la rubia saliendo del agua con una bikini blanca es todo un símbolo.
La revolución sexual del hippismo también hizo lo suyo. Las luchas feministas, la pastilla anticonceptiva, todo un cóctel para que la mujer comenzara a hacer con su cuerpo lo que deseaba, y el deseo era mostrarlo.
De ahí en más, los diseños y las innovaciones nunca pararon. Diferentes telas, modelos, tamaños. Y por supuesto, los varones ya pueden nadar al lado de las damas.

El atardecer y sus cambios

Las vacaciones también se tratan de relax y de esparcimiento al atardecer. Los primeros veraneantes de nuestras costas caminaban por la Rambla y pasaban un momento agradable en alguna de las confiterías más distinguidas.
Cuando las clases populares comenzaron a adueñarse de la playa, la diversión gratuita era la que predominaba: deportes familiares en la arena y mate con los clásicos churros un poco enarenados.
Cuando se abandonaba la playa, los paseos por las peatonales y ferias de artesanos también fueron todo un símbolo del descanso.
Entrados los ´60 y ´70, la moda de los fogones entre la juventud fue un reflejo de un rock nacional que comenzaba a gestarse. Guitarra en mano, algún muchacho de pelo largo entonaba las estrofas que las jovencitas seguían admiradas y, tal vez, un poco enamoradas.
Llegarían los ´80 y con ellos la invasión de los locales de “video juegos”. Fichas por 25 centavos para que los chicos, y no tan chicos, pasaran tardes y noches enteras jugando al pac man.
Después de este recorrido la actualidad nos muestra una postal bastante diferente. Los locales de “jueguitos” se convirtieron en negocios varios, la rambla es un lugar de paso y otras actividades desplazaron al tejo y la pelota paleta.
Aún sobreviven focos de nostálgicos con la guitarra en la espalda, pero las fiestas al atardecer ahora tienen como estrellas centrales a los DJ´s.
Las actividades lúdicas son ofrecidas directamente por los balnearios. De hecho, muchas empresas tienen sus propios paradores donde se puede tomar algo, asistir a clases de yoga o fitness e incluso escuchar algunos sets de los DJ´s más conocidos del momento.
Esta novedad es todo un rasgo de época. Hay oferta para todos los gustos: recitales en la playa, actividades deportivas, maratones, juegos, propuestas artísticas. Todo signado por la tendencia de las empresas: el marketing de playa.
Horacio Fraccione, CEO de Mediamax, una empresa dedicada a esta actividad, contaba en una nota periodística que “los gerentes de marketing hacen cuentas y notan que alquilar un parador les cuesta lo mismo que un `cuadrado’ en un shopping de los más grandes, y allí se factura mucho más”. “En la Costa veranean 10 millones de personas, las secciones de `vidriera’ de las revistas de actualidad llegan, en el mejor de los casos, sumadas, a 140.000 lectores que ven las fotos de un panelista de TV; no tiene mucho sentido”, opinaba.
Las marcas invierten más de 30 millones de pesos en acciones para promocionar sus productos y servicios, y de esta manera las costumbres playeras se fueron modificando.
Las playas elegidas para montar su balneario o parador son Mar del Plata, Villa Gesell, Pinamar y la nueva estrella, Las Grutas.
Allí los veraneantes pueden hacer yoga, tomar clases de cocina gourmet, pintar sus propios graffitis, jugar al fútbol tenis, aprender a surfear o escuchar un set de música electrónica.
Las costumbres, los paisajes, los destinos, la vestimenta, todo cambió desde aquellos primeros turistas que comenzaron a dar forma a la costa argentina. Las propuestas se multiplican, por lo que sólo queda disfrutar. ©

 




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