PERSONAJES | MAXIMILIANO GUERRA | #208 MAR 2016
Maximiliano Guerra

Es uno de los mejores bailarines clásicos de la Argentina. En esta oportunidad, Maximiliano Guerra recuerda sus primeros pasos en el escenario, detalla cómo fue su regreso al Teatro Colón y analiza la posición de la danza argentina a nivel mundial.

Durante las primeras horas de la tarde, Maximiliano Guerra recibe al equipo de Metro en la sede de la Fundación que lleva su nombre, ubicada en el barrio porteño de Almagro. El eximio bailarín llega acompañado por su esposa, Patricia, y sus dos hijas menores, Azul y Zoe. Su tono pausado y su buen sentido del humor marcan el ritmo de la charla.

-¿Cómo te iniciaste en el mundo de la danza?
-Yo empecé a bailar casi por casualidad. Como era un chico muy inquieto, en un momento mi vieja decidió llevarme a hacer todo lo que fuese físico para que me cansara y quedase rendido a la noche. Entonces, hacía yudo, natación y también iba al club de River donde practicaba todos los deportes y hacía fútbol como principal. Jugué al fútbol desde los 5 hasta los 13 años. En el entretiempo, a los 10 años, fui con mi vieja a buscar a mi hermana a una clase de danza. Yo ni sabía lo que era, pero me quedé fascinado. Tenía mucho físico, mucha cosa corporal, muscular, saltos, giros y transpiración. Pero también tenían una cosita más, un plus, que era el piano. Prácticamente, yo me crié debajo de un piano, porque mi viejo es pianista. Esta conjunción me encantó, me fascinó. Entonces, le pregunté a mi vieja si podía probar eso también. A partir de los diez años empecé estudiar danza. Y seguí haciendo todo lo otro. Mi vieja estaba chocha, porque yo realmente llegaba a casa y me dormía (risas).

-¿Cómo fue tu ingreso al Teatro Colón?
-Había una audición para ingresar al Instituto Superior de Arte del Teatro Colón. Mi hermana se iba a presentar y me preguntaron si yo también quería. Nos presentamos y entramos. Así empezamos la escuela los dos juntos.

-¿Tuviste que dejar de hacer otras actividades?
-Dejé fútbol a los 13 años, cuando me convocaron a la novena, porque ya los entrenamientos eran tres veces por semana e implicaba jugar los sábados y, a veces, los martes también. Era momento de empezar a dejar algo y yo quería bailar. Además, tuve suerte, porque a los 10 años empecé a bailar, a los once ya había entrado al Teatro Colón y me convocan para hacer Espartaco, que en esa versión tenía un hijo y ese hijo era yo. Cuando salí al escenario, a ese lugar gigante, con toda la magia que tiene el escenario, la orquesta sonando y el teatro lleno, evidentemente, algo pasó dentro de mí que definió que yo quería hacer eso. A los 12 años salía de gira con el ballet del Instituto y a los 13 años ya estaba de refuerzo en el cuerpo de baile del Ballet. Me fueron pasando cosas, como que todo me tiraba hacia ahí. La única decisión que tuve que tomar fue no entrar a la novena, no iniciar la carrera del fútbol paralelamente a la de danza.

-¿Qué aspectos considerás claves en su formación?
-Mucha disciplina, pero con mucha libertad. Creo que nada de lo que uno hace tiene que ser nunca un sacrificio. Todo tiene que ser hecho con placer, con ganas. Te tiene que gustar y te tiene que gustar dedicarle ese tiempo, ese esfuerzo, ese cansancio, ese dolor... También creo que la determinación de ir cumpliendo pequeños sueños es algo muy importante, la convicción de decir: "Yo puedo". La convicción y la determinación son importantísimas, porque todo tiene que ir de la mano. El laburo que uno tiene que hacer es mucho, son muchas horas de entrenamiento, muchos días que estás con dolores. Entonces, creo que los bailarines tenemos que tener muy claro que de todo eso que tenemos que pasar, que si lo ves desde un lugar es complicado, doloroso y, quizás, podría ser sacrificado, tiene que estar de la mano con algo que te de mucha felicidad y esa felicidad te la da la libertad de poder hacer lo que te gusta. No es poco, es un universo de posibilidades. Nada mejor que hacer lo que te gusta y, encima, poder vivir de eso.

-¿Alguna vez pensaste en dejar de bailar?
-En ningún momento de mi vida pensé en dejar de bailar, ni en los peores. Cuando me corté el tendón de Aquiles dije: "Yo voy a dejar de bailar cuando yo quiera, no por un accidente. Yo me voy a recuperar, voy a volver al escenario, voy a bailar y voy a seguir al mismo nivel". Me puse todas las pilas y ahí fui.

-¿Que significó volver, luego de diez años, como director del Ballet Estable del Teatro Colón?
-Por varios años no había pisado el Colón, por un problema de diferentes ideologías. La última vez que estuve en el teatro fue en 2005. Por lo tanto, volver a entrar era, primero, un desafío grande por lo que simboliza y significa ser el director. Hay que tomar decisiones concretas y claras para ver qué camino darle a la compañía, estudiar qué es lo que estuvo bien hecho para mantenerlo y qué es lo que estuvo mal hecho para corregirlo. Eso en la parte estratégica y laboral. Ahora, desde lo más profundo, de ese niñito que entró aquella vez con diez y se subió al escenario con once, es mucha emoción y mucha responsabilidad moral de que mi casa tenga un orden que yo siempre creí que debe que tener. Es muy emotivo, porque yo a esas paredes las conozco mucho, conozco los recovecos, todas las luces, todos los pasillos, conozco donde está todo. Ahora, a todo esto que está hay que ponerle la firma de alguien que se crió ahí adentro y que tiene como esencia eso mismo. Es un volver a casa con todo lo que eso conlleva. Tiene mucha emoción, mucha responsabilidad y mucho orgullo.

-¿Con qué te encontraste?
-Después de vivir tantos años en Europa, trabajar con otras compañías, que funcionan de un modo distinto, y tener mi propia compañía privada, lo más difícil para mí fue volver a entender toda la parte gremial y sindical que tiene el Estado y la burocracia. Eso es lo que más me cuesta y es algo con lo que yo me pelaba desde chiquito. No es que ahora, porque soy director, creo que… ¡No! Cuando era chico me peleaba con los delegados, les decía que no estaba bien lo que hacían, que los paros no iban, porque teníamos que entrenar, y que si nosotros teníamos que hacer un reclamo había que hacerlo en la calle, después del horario de trabajo. Cuando te volvés a encontrar con estas cosas, que son las mismas con las que te pelabas cuando eras chico, decís: "Ah, y esto todavía no cambió".

-¿Cuál es tu impronta para el Ballet Estable?
-Este año va a empezar mi impronta, porque la temporada de 2015 venía programada desde otra dirección, la cual yo tenía que manejar y balancear. Esta temporada viene con clásicos y contemporáneos. Gracias a Dios, en mi carrera dejé sembradas muy buenas relaciones y tengo la oportunidad, entre este año y el año que viene, de traer coreógrafos que nunca vinieron a la Argentina. Volvemos a recolectar cosas de primerísimo nivel, donde se había complicado en los últimos años. El Teatro Colón tiene que volver a dar confianza. Yo levanto el teléfono y me dicen: "¿Vos estás de director? Entonces vamos". Hoy se está armando un plan para volver a poner al Colón en un lugar confiable.

-¿Cómo ves a la danza argentina en cuanto a su desarrollo y posición en el mundo?
- Es difícil. La danza argentina está un poquito como está el país, está con una gran confusión. Nosotros tenemos hoy en día muchísimas escuelas de danza, donde están siguiendo una línea de enseñanza anticuada, que no está lo suficientemente ayornada ni controlada. La otra parte es que tenemos muchísimo talento. Nosotros tenemos unas condiciones para la danza y el deporte tremendas. Fisicaamente, por nuestra alimentación, nuestra mezcla de razas y demás, tenemos una gran variedad de posibilidades físicas. Esta mala escuela, o escuela perdida, compensa con el talento físico que hay. Pero nosotros durante muchisios años fuimos líderes en producción de bailarines para el mundo. Argentina y Cuba fuimos líderes durante muchísimos años y ahora ese liderazgo lo perdimos. Quedan Cuba y Brasil, que nos pasó por arriba, porque su metodología empezó a tener más influencia europea y de Estados Unidos, más actualizaciones. También está el tema de la cantidad, en Brasil tenés millones y acá tenés miles. Pero es otra consciencia, porque allá no puede enseñar cualquiera, no le dan permiso para abrir una escuela a cualquiera y no se puede hacer en cualquier lugar. Está más acotado y resguardado.

-¿Cómo es tu vínculo con los admiradores? ¿Se modificó luego de tu paso por Talento Argentino y Bailando por un sueño?
-La televisión acerca más a la persona. Eso me pasó y lo noté apenas empecé a ser jurado de Talento Argentino en 2008. La gente se comenzó a acercar, me empezó a ver más humano, porque yo siempre fui igual, siempre recibí al que quería la foto, el autógrafo o al que se acercaba en el restaurant. A mi me encanta. Siento que para ser artista tenés que tener una generosidad especial, porque tenés que saber darlo todo en todo momento. Y ese todo momento tiene que ver con la calle, con lo cotidiano, porque ellos no están haciendo más que devolviéndote todo lo que vos les diste. La televisión rompe esa barrera del bailarín clásico que está en el Teatro Colón, siempre lejos. Las personas vienen con mucho respeto y mucho agradecimiento. La mayoría suele decirme: "Es un orgullo tener una persona como vos que nos representa tan bien en el mundo". Eso es un mimo. ©


TXT: Grupo Editorial Metro






Maximiliano Guerra  nació el 5 de mayo de 1962 en la Ciudad de Buenos Aires. A los 10 años comenzó a estudiar danza y al año siguiente ingresó al Instituto Superior de Arte del Teatro Colón. Con sólo 11 años se subió por primera vez al escenario del emblemático teatro porteño para interpretar al hijo de Espartaco en el ballet homónimo.
Desde 1985 fue miembro del Ballet Estable del Teatro Colón. También bailó en el Teatro Argentino de La Plata. En 1988 integró la compañía Los Ángeles Ballet Company. A lo largo de su carrera se lució en los escenarios prestigiosos de todo el mundo. Bailó en el London Festival Ballet (de Londres), la Deustche Opera (de Berlín), el Teatro Alla Scala (de Milán), el Ballet Kirov, el Boloshoi (de Moscú), el Wielki (de Varsovia) y el Teatro San Carlo (de Nápoles).
En 2006 creó la Fundación Maximiliano Guerra. Seis años después asumió como director, coreógrafo y primer bailarín de la compañía de danzas Ballet del Mercosur, que hoy dirige su esposa, Patricia Baca Urquiza. En 2015 fue nombrado director del Ballet Estable del Teatro Colón.
A lo largo de su carrera recibió numerosos premios, entre los que se destacan el Grand Prix en el Festival Internacional de Ballet de Trujillo (Perú); la Medalla de Oro en la Competencia Internacional de Varna, Bulgaria; y el Premio Konex de Platino como el bailarín más destacado de la última década en Argentina, compartido con Julio Bocca.