DIARIO DE VIAJE | IBERA | #221 ABR 2017

Esteros del Iberá

Hogar de más de 4 mil especies de animales y plantas, Esteros del Iberá, ubicado en el corazón de Corrientes, es el segundo humedal más grande del mundo. El viajero llega allí para tomar contacto con la naturaleza en un paraíso natural aún poco explorado.

Intensa. Esa palabra resume a la perfección la estadía del viajero en los Esteros del Iberá, ubicados en el corazón de Corrientes. Allí, donde los días comienzan a la par de los primeros rayos de sol y se extienden hasta la hora en que el cielo se convierte en un manto de estrellas, la siesta es un ritual sagrado que sirve para escapar de las horas de calor más agobiantes.
Diversos paisajes componen el segundo humedal más grande del mundo. En las áreas más bajas, las lluvias alimentan los esteros y lagunas que caracterizan estos sectores, mientras que en las zonas más elevadas se observan pequeños remanentes de selvas paranaenses, palmares e interminables pastizales interrumpidos por algunas isletas de monte. Con una extensión de 12,000 kilómetros cuadrados, Iberá, que en guaraní significa "Agua que brilla", es el hogar de más de 4 mil especies de animales y plantas.

Proyecto de vida

Durante la primera mitad del siglo XX Iberá sufrió un sostenido proceso de degradación ambiental, que generó el desplazo de su fauna y sus bellos paisajes. La depredación del hombre llegó a su punto máximo en la década del setenta, cuando se extinguieron especies emblemáticas, como el tapir, el yaguareté y el venado de las pampas, debido a la caza indiscriminada. El oso hormiguero gigante, el pecarí de collar y el lobo gargantilla corrieron la misma suerte, pues no sólo desaparecieron de Iberá, sino de toda la provincia de Corrientes. Este terrible proceso comenzó a revertirse en 1983, con la creación de la Reserva Provincial Iberá, que trajo aparejada el ecoturismo. Los cazadores se convirtieron en  guardaparques y la fauna comenzó a recuperarse: ciervos, carpinchos y yacarés, que estaban al borde de la extinción, volvieron a verse.
Invitado por un conservacionista argentino, Douglas Tompkins conoció Iberá en los 90, casi por casualidad. Impactado por la amplitud de sus paisajes y la facilidad con la que se podían avistar grandes mamíferos, a través de la organización "The Conservation Land Trust"(CLT) compró las primeras tierras a distintos propietarios. En 1999 CLT inició sus trabajos de restauración ambiental, con el fin de devolverle sus actores al Iberá y su patrimonio a la comunidad.  Luego de varias visitas y la adquisición de otras tierras inaccesibles para la producción tradicional, pero llenas de animales silvestres, Tompkins comenzó a trabajar de modo firme en la conservación del Iberá. Así nació el Proyecto Esteros del Iberá.
En el marco de este proceso se inauguraron las primeras hosterías, se liberaron los primeros osos hormigueros y venados de las pampas para lograr su repoblación, y se abrieron diez portales turísticos de acceso a los Esteros para que cada pueblo de la cuenca tuviera su oportunidad de desarrollo  a través del ecoturismo. A lo largo de los años, la organización se comprometió en la restauración del paisaje: se borraron las trazas de la producción pecuaria, se priorizaron las plantas autóctonas y la vida silvestre volvió a encontrar su lugar.
En el interior de la Reserva Natural Iberá, que abarca unas 750 mil hectáreas y está constituida sobre tierras de propiedad privada, se ubica el Parque  Provincial homónimo de 482.000 hectáreas. En 2016 Estado Nacional recibió la donación de 23.700 hectáreas de CLT y Fundación Flora y Fauna, correspondientes al paraje Cambyretá. En los próximos años, el Gobierno recibirá las tierras restantes hasta completar la donación de 150 mil hectáreas que la viuda de Tompkins, Kristine McDivitt, cedió para la creación del Parque Nacional Iberá.

Paraíso natural en el corazón de Corrientes

Son cerca de las 7:30 cuando el viajero se encuentra con el guía de Iberá Lodge, Jorge, en Mercedes. Por delante los espera un viaje de 70 kilómetros en camioneta hasta llegar a su destino.  A los pocos minutos de pasar el santuario del Gauchito Gil, dejan atrás la Ruta Nacional 123 para tomar la ruta 29 y atravesar 60 kilómetros de ripio. A ambos lados del camino surgen chacras de pequeños productores locales, donde el ganado bovino y el ovino son los más comunes. En algunas propiedades se observan capillas y cementerios familiares, claros vestigios de la cultura guaraní.
El paisaje cambia de forma abrupta al llegar al sur de la Reserva Natural Iberá. Durante los dos últimos kilómetros del camino hasta la tranquera del Lodge, la camioneta se adentra en el monte. Leaslie y Verónica le dan la bienvenida al sur de los Esteros y lo introducen en la historia de Iberá. Luego del almuerzo, la piscina es el sitio ideal para disfrutar del día soleado. Por la tarde, cuando la intensidad del sol comienza a disminuir, un documental refuerza la charla de la mañana y prepara al viajero para su primera actividad. Jorge lo conduce hacia los Esteros en una caminata poco exigente, durante la cual descubre diversas especies vegetales. Una pequeña corsuela lo observa a la distancia, protegida por la vegetación, mientras aprecia el atardecer desde el canal que sale a los Esteros.
A las 6:30 del segundo día, el viajero y Jorge parten en la camioneta rumbo al muelle para embarcarse en una aventura que les permitirá tomar contacto con la fauna del lugar. A medio camino, dos pequeños zorros de monte seducen al viajero con su caminar sinuoso, antes de escabullirse entre la vegetación. Luego de atravesar el canal de 5 kilómetros, la lancha se abre camino entre los arroyos naturales, donde carpinchos, yaguaretés, aves y ciervos le ofrecen un espectáculo natural, enmarcado por el bello paisaje. El tiempo fluye como el agua y después de cuatro horas es momento de volver al Lodge.
Por la tarde, el viajero explora los alrededores del casco a caballo. La cabalgata se extiende por el monte, pasando por la pista de aterrizaje, hasta llegar a los esteros. "¿Quiere nadar?", le pregunta Jorge. Al viajero se le ilumina la mirada del entusiasmo. Acepta de inmediato. La experiencia de montar a pelo para nadar con caballos bajo el sol de Iberá le queda grabada en la piel.
La mañana del tercer día comienza con una caminata por el monte, seguida de una segunda excursión lacustre a los Esteros para la práctica de snorkel, una puerta a la riqueza subacuática de Iberá. Al mediodía los rayos de sol atraviesan la superficie del agua y permiten apreciar la flora y fauna. Tras un breve almuerzo en un refugio en medio de los Esteros, el viajero vuelve a sumergirse en los arroyos.
Por la tarde, vivencia el turismo rural de la mano de productores locales. Graciela le abre las puertas de su chacra y lo invita a apreciar la esquila con tijera. La noche lo encuentra junto al fogón del Lodge, donde Jorge prepara un cordero a la cruz a modo de despedida.  El viajero parte hacia un nuevo destino con la certeza de que Iberá es un destino con un gran potencial aún por descubrir, ideal para tomar contacto con la naturaleza durante todo el año. ©




TXT: Grupo Editorial Metro I FOTOS: Gabriela María Naso

 

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