DIARIO DE VIAJE | MARRAKECH | #225 AGO 2017

Rock the Casbah

Tierra de vientos calientes que soplan desde el Sahara, alfombras mágicas y encantadores
de serpientes, Marrakech es una ciudad encantada para disfrutar con todos los sentidos.


El viajero se dirige hacia Marrakech, una de las cuatro Ciudades Imperiales de Marruecos, junto con Meknes, Fez y Rabat. Durante el trayecto, se detiene en la antigua ciudad de Meknes, situada en el corazón del Medio Atlas, en el centro norte del país. Además de recorrer sus murallas, que superan los 40 kilómetros de largo, admira la emblemática puerta Bab Al Mansour. Construida en 1732, es la más hermosa de Marruecos y el monumento más emblemático de la localidad. Tras una fugaz visita en la ciudad que fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1996, retoma su camino hacia el sur, rumbo a Marrakech. En su mente evoca imágenes de una ciudad exótica, de vientos calientes soplando desde el Sahara, de alfombras mágicas y encantadores de serpientes, y de caravanas de camellos.
Fundada en 1062 por los almorávides, Marrakech se nutrió del intercambio cultural. Llegó a ser la capital y el centro económico, político y cultural de Marruecos, pero luego entró en decadencia. En la actualidad, se divide entre el centro con la gran Medina o ciudad vieja, rodeada de espectaculares bastiones de tierra roja, y, fuera de las murallas, la villenouvelle o ciudad nueva, construida por los franceses en los años del dominio colonial. La ciudad vieja y la nueva se diferencian hasta en su administración, pero hay una regla que las une: el color. El exterior de los edificios tiene que ser rojo-ocre, el color natural de la tierra local, usada tradicionalmente como material de construcción. De ahí que se la conozca como "ciudad roja".
Una vez dentro de los muros rosados de la medina, el viajero descubre un laberinto de callejuelas que desembocan en exuberantes jardines y oscuros pasajes que conducen a bulliciosos zocos. El corazón de la ciudad es la plaza Jemaa-el-Fna, un extraordinario lugar de reunión y centro social por excelencia. A partir de la hora del almuerzo, la plaza comienza a llenarse de artistas que comparten el espacio con los vendedores, aunque es realmente al anochecer cuando el lugar cobra vida.
Alrededor de Jemaa-el-Fna se extienden los oscuros callejones que conforman el zoco, un enorme mercado en el que se venden hierbas, pócimas, alfombras, velas, joyería, especias, carnes y artículos de metal. Su paso por las laberínticas calles del zoco activan todos sus sentidos.
Marrakech no es una ciudad para visitar con prisas. Al día siguiente, el viajero se dirige a la mezquita Koutoubia, el principal lugar de oración de la ciudad. Como la entrada está prohibida a los no musulmanes, aprecia su arquitectura desde los jardines. El edificio es el más alto de la ciudad y un recordatorio de la importancia del Islam en las vidas de sus habitantes.
Por la tarde, visita el antiguo Palacio El Badi, cuyo nombre significa "el incomparable". Construido por el monarca saadí Ahmed Al Mansour en 1578, llegó a ser uno de los palacios más bellos del mundo, con 360 habitaciones suntuosamente decoradas con mármoles, oro, marfil, ónice, madera de cedro y piedras semipreciosas. Además, contaba con un enorme patio central con estanques, fuentes y jardines a distintos niveles. En 1696, el sultán alauí Moulay Ismael trasladó la capital del país a Meknes y despojó al palacio de todos los materiales valiosos que lo decoraban, dejando sólo los muros de adobe, por lo que poco queda de su glorioso pasado.
Al tercer día, el viajero se adentra en las Tumbas Saudíes, uno de los lugares más visitados del país. Un pequeño pasillo lo conduce hacia un jardín cerrado, donde dos mausoleos se apoderan de la escena. La estructura principal de las tumbas, que datan del siglo XVI, fue encargada por el sultán Ahmed El Mansour para sí mismo y para su familia. En el jardín también se ubican otras cien tumbas decoradas con mosaicos, donde descansan los restos de los sirvientes y guerreros de la dinastía saadí.
El viajero parte de Marrakech con la sensación de que se trata de una ciudad única y completamente diferente al resto. El color, sabor y olor de sus calles lo acompañarán por siempre. ©



TXT & FOTOS: Grupo Editorial Metro

 

MAS FOTOS