SALUD | SOCIEDAD | #219 FEB 2017

Juicios y prejuicios

¿De qué modo esta red de creencias influye en nuestro bienestar?

Cada uno de nosotros vive la vida cotidiana según una red de creencias que hacen más rápida y fácil, y a veces no, la toma de decisiones y el entendimiento de lo que nos sucede. Tenemos información de muy distinto origen, que va desde nuestra crianza infantil con lo trasmitido por nuestro entorno familiar, la experiencia de nuestros padres y abuelos, hasta lo aprendido en instituciones escolares y demás centros de información (en el caso de los más jóvenes también debemos contar la influencia de las redes virtuales y globales de comunicación, que agregan diversidad al tema).  Al conocimiento académico formal, sumamos la propia experiencia y la experiencia de familiares. Estamos condicionados por el tiempo histórico y también por historias familiares que muchas veces generan una tendencia particular de bienestar o malestar que marcan nuestro destino sin que, muchas veces, entendamos la razón.
¿Por qué es importante revisar nuestras creencias y prejuicios?  Primero, porque suelen ser automáticos o naturalizados, es decir, aparecen en nuestras decisiones sin poder, muchas veces, controlar su influencia y, como tales, no se ajustan necesariamente a lo que es oportuno o apropiado a nuestra individualidad. Segundo, es probable que sean equivocados, ajenos y hasta de otro tiempo pero, al constituir la herencia inconsciente, aparecen en nuestra mente como propias, aunque son producto de otras situaciones totalmente anacrónicas. Por ejemplo: que un abuelo haya sido desconfiado y muy rígido, probablemente tenga  origen en su propia historia de desamparo y desprotección en un contexto generado por la Segunda Guerra Mundial, pero si se transmite en la corriente de anécdotas familiares esta forma de ser, se construye un modelo que podría condicionar a miembros jóvenes de la familia a tener como objetivo parecerse a él. Seguramente para el abuelo esta forma de ser, desconfiada y desafectiva, tuvo sus razones, pero son obsoletas e inútiles para sus nietos. Sin embargo, en la transmisión de valores familiares, este estilo puede ser valorado y, de alguna manera, constituir una presión u obligación para miembros más jóvenes de la familia.
Esta herencia de juicios y prejuicios atraviesa el discurso de todos nosotros, nos da sentimiento de pertenencia, idea del bien y del mal, recursos para entender el mundo, la posibilidad de crear la idea de felicidad, siguiendo ciertos parámetros y mandatos.  Entonces, ¿cuál sería el problema?   El problema es que muchos prejuicios son equivocados o corresponden al pasado y al deber ser (feliz) de otra época antigua, con otras costumbres y razones.  Como se heredan los refranes, que son evidentemente de tiempos muy remotos, también los prejuicios, que tenían una validez para esos tiempos y hoy no tienen. ¨En casa de herrero, cuchillo de palo¨; ¨Porque te quiero, te aporreo¨; y ¨Tanto va el cántaro a la fuente que al final se rompe¨, son algunos dichos que se escuchan el día de hoy y, por las palabras mismas, podemos sospechar que son de tiempos y tierras lejanas, donde probablemente eran frecuentes otras costumbres, hoy ya obsoletas, como  deberían ser obsoletas la discriminación al género femenino, a la homosexualidad, a grupos culturales diferentes, a la discapacidad o debilidad en cualquiera de sus formas y demás, pero no es así. Estos dichos y refranes nos remontan a un tiempo en donde se heredaba obligatoriamente la  profesión u ocupación del padre, la mujer estaba sometida al varón, los africanos y esclavos eran considerados una subespecie sin alma y de menor inteligencia, y la homosexualidad era vista como un pecado, entre otros mandatos.
La creencia-prejuicio de que la mujer es mala compañera en los grupos de trabajo se escucha como verdad en muchas personas. En el espacio de terapia, puestas a pensar  en su propia experiencia personal, han tenido y tienen grandes amigas fruto de relaciones laborales, como también experiencias de traiciones producto de acciones de compañeros varones, pero no han modificado sus prejuicios con los datos reales que le ha provisto su vida personal.
Otra creencia que se escucha es que la hija mujer es más apegada por naturaleza al padre que a la madre y que el hijo varón tiene mayor proximidad con su mamá. Esto es relativo y no tiene la obligación de cumplirse, ya que depende el temperamento y afinidades que cada uno despliega. A esto hay que sumarle que los seres evolucionamos y la personalidad es dinámica y se modifica. ¿Qué tiene de peligrosa esta creencia? Que algún padre o madre desampare de su atención a un hijo por creer que la responsabilidad es de la otra figura parental.
Si miramos el mundo con un juicio o prejuicio muy fuerte e inflexible, también nos cerramos a que la realidad nos sorprenda, pues negamos la verdad que proviene del mundo y violentamos con nuestro prejuicio al que es diferente, sino poder ampliar nuestro registro para incluirlo. Esto es serio cuando se trata de personas que esperan ser reconocidas por nosotros, como nuestros propios hijos. Estos prejuicios también inhiben nuestra propia necesidad de crecer, cuando funcionan como freno de nuestro impulso de cambio. Muchas veces tomamos como verdades generales algunas malas experiencias  que hacen que nos creamos incapaces, excluidos, poco inteligentes o inconstantes.
Conclusión: es necesario desconfiar de generalizaciones que dejan afuera diferencias propias de la singularidad humana. Tenemos que construir nuestro propio camino. ©


Textos Lic. Marian Renoulin . mrenoulin@yahoo.com.ar