INFORME | AMIA | #224 JUL 2017

Renacer en el mismo lugar

La dirección Pasteur 633 quedó grabada en la memoria de todos los argentinos, después del atentado a la Asociación Mutual Israelita Argentina del 18 de julio de 1994.
A casi 23 años del ataque, repasamos la historia y el resurgimiento de la AMIA.


"No me fue fácil volver a cruzar el umbral de Pasteur 633", asegura la sobreviviente del atentado a la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA) Ana Weinstein, más conocida como Anita. La mañana del 18 de julio de 1994 una bomba destruyó el frente de la institución central de la comunidad judía argentina. Una fuerte explosión, seguida por un gigantesco hongo de humo y polvo, destruyó 85 vidas, 85 historias, 85 familias, y dejó más de 300 heridos. En cuestión de segundos, arrasó con el edificio y todo lo que estaba a su alrededor.

NO DEJARME MATAR

El lunes 18 de julio de 1994 Weinstein, entonces miembro del Centro de Documentación e Información sobre Judaísmo Argentino Marc Turkow, se encontraba abocada a los preparativos del centenario de la AMIA. "Mi lugar de trabajo era en otro edificio que AMIA tenía en la calle Ayacucho, también ubicado entre Tucumán y Viamonte. Pero en 1993, con motivo la celebración por los cien años de la AMIA, pasé a tener también una oficina en el edificio de Pasteur. Ahí empecé a dividir mis horas de trabajo entre ambas sedes. El día del atentado, siguiendo esta rutina, llegué al edificio de Ayacucho, subí a ver las cosas que teníamos que arreglar con mi secretaria, Mirta Strier.
Algunos minutos antes de las diez, salimos de Ayacucho y entramos en Pasteur", recuerda Weinstein en diálogo con Metro. Las dos mujeres entraron y saludaron a Marisa, la jovencita que con su dulce sonrisa daba la bienvenida a la gente que entraba al edificio; también estaban Dorita, atendiendo el teléfono, y los muchachos de seguridad: Carlos, Gregorio y Ricardo. En el camino, alcanzaron a ver a Buby, el mozo, y con un gesto le dieron a entender que querían el café que solía llevarles todas la mañanas.
Tan sólo unos minutos después, Weinstein se levantó de su escritorio para ir la parte trasera de su oficina, ubicada en el segundo piso. Unos segundos más tarde, a las 9.53 se escuchó un terrible estruendo, el piso se movió, las paredes comenzaron a desmoronarse y el aire se llenó de gritos y polvo. "Los primeros instantes estuvieron llenos de estupor. No sabíamos qué había pasado. En esos momentos uno no tiene mucha conciencia de lo que hace. Hay un estar y un no estar", detalla la sobreviviente.
En medio de la confusión, alguien gritó que se tiraran al piso pero eso fue peor, porque no podían respirar. Weinstein se incorporó y comenzó a avanzar hacia el corte del edificio pero alguien la sujetó para que no avanzara. "Nadie sabía bien cómo moverse, porque ese piso había sido refaccionado. Finalmente, lograron abrir una puerta que daba a un puentecito metálico y pudimos respirar un poco mejor. Cuando salimos a una terraza del edificio lindero, alguien gritó: 'Una bomba, una bomba otra vez', porque el 17 de marzo de 1992 había estallado la Embajada de Israel. Inmediatamente pensé en Mirta, que se había quedado en la oficina que nos habían dado una semana antes, al frente del edificio", explica Weinstein con la voz cargada de emoción. El encargado del edificio que daba a la calle Uriburu les ofreció un teléfono, con el que pudo llamar a su marido y avisarle que estaba viva, y un vaso de agua.
Pasado el mediodía, Weinstein se dirigió al edificio de Ayacucho, donde se constituyó la sede provisoria de AMIA. "Me fui para allá y me metí a hacer cosas. No me podía ir, yo quería ayudar. Entonces, se empezaron a armar bases de datos y a recibir a los familiares. Me fui a mi casa a las diez de la noche. No podía dejar de mirar la tele y sorprenderme por haber sobrevivido", sostiene Weinstein. Y agrega: "A las 9 de la mañana del día siguiente ya estaba ahí. En ese momento el trabajo era recibir a los familiares, colaborar en todo lo que hubiese para hacer. Simbólicamente, era muy importante el hacer cosas, no bajar los brazos y, como decía yo, no dejarme matar. Yo soy hija de sobrevivientes del Holocausto y siempre escuché las terribles historias de mi mamá y de mi papá, pero también entendí que ellos se habían sobrepuesto".
El edificio de AMIA y otros edificios vecinos estaban devastados. Buenos Aires era una ciudad bombardeada. El atentado había teniendo como destinatarios directos a los judíos, pero golpeaba a toda la sociedad. Se estaba matando al niño de 5 años que con su madre iba al hospital y casualmente pasaba por la puerta de AMIA; al adolescente que vivía enfrente y se levantaba para ir a estudiar; a los tres primos y un amigo que habían ido a arreglar el entierro del abuelo; y a las personas que habían concurrido a buscar un trabajo o a recibir ayuda solidaria, y también a quienes los estaban atendiendo. La bomba devastó familias enteras, les arrancó sus seres queridos, les produjo un daño irreparable.

PASTEUR 633, CASA HISTORICA

La Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA) fue creada en 1894, aunque por aquel entonces se la denominaba Jevrá Kedushá. Desde sus inicios, las primeras actividades estuvieron destinadas a generar las condiciones necesarias para dar cumplimiento a la tradición judía, siendo una de sus primeras acciones la fundación de un cementerio comunitario. De este modo, se buscó legitimar la presencia judía como una minoría constitutiva de la sociedad argentina.
Con la llegada de los sucesivos contingentes migratorios, las actividades crecieron, se multiplicaron y diversificaron. A partir de la década del ´20, con el aumento de la población judía del país y su progresiva integración a la sociedad, la AMIA se convirtió en el espacio de articulación y participación de todos los judíos de la Argentina. La pujanza del desarrollo quedó reflejada en la inauguración del edificio ubicado en Pasteur 633, en el barrio porteño de Once, en 1945. Con el tiempo, el lugar pasaría a ser su casa histórica.
Conocida popularmente como la "institución madre" y centro de la vida comunitaria organizada, la Asociación fue la matriz generadora de importantes iniciativas como el Consejo Central de Educación Judía, la Federación de Comunidades Judías de la Argentina y la Fundación Tzedaká, entre otras.
En 1994 la AMIA organizó una serie de festejos para conmemorar el centenario de su creación, pero fueron interrumpidos el 18 de julio, cuando una bomba estalló en la emblemática sede de la Comunidad Judía Argentina. El atentado ocasionó la muerte de 85 personas y dejó 300 heridos.

RENACER DE LAS CENIZAS

La bomba obligó a concebir un nuevo tiempo. Sobre los escombros se instaló la fuerza creadora de una comunidad dispuesta a preservar el legado de una tradición cultural que honra la vida y prioriza la justicia. El 26 de mayo de 1999 se inauguró el nuevo edificio de la AMIA, ubicado en Pasteur 633. ¿A qué se debió la elección del mismo sitio? ¿Por qué en ese lugar? ¿Por qué construir en un sitio donde había sangre? ¿Por qué no un nuevo lugar?
Weinstein se remonta a esa época y asegura que "todos eran debates legítimos, desde diferentes perspectivas". La decisión de erguir la nueva sede sobre el pozo y las ruinas de la antigua construcción fue un modo de simbolizar el triunfo de la vida sobre la muerte. La AMIA quiso renacer en el mismo lugar que fue atacado para demostrar que se puede seguir adelante, a pesar de la tragedia vivida. "Había un mensaje muy importante de no dejarse vencer", remarca Weinstein, que en la actualidad es directora del Centro de Documentación e Información sobre Judaísmo Argentino Marc Turkow. Aunque nunca pudo entrar al edificio en la etapa de escombros ni durante la reconstrucción, apoyó la decisión por lo que ésta significaba: "Era un mensaje de que había que recomponerse y seguir adelante, denunciando el odio, el terrorismo y a aquellos que quieren y optan por la muerte del otro. Era un mensaje de que había que apostar a la vida".
Casi cinco años después del atentado, el edificio abrió sus puertas de forma oficial a las 9.53 -a la misma hora en que había ocurrido la explosión-, bajo el lema "Por la justicia y por la vida". Weinstein volvió a ingresar antes de la inauguración, para trabajar en una muestra que contase qué era el edificio ese, la AMIA y lo que allí sucedía. "Dando a conocer eso y honrando la Memoria, hicimos una exposición fotográfica con textos. El edificio que se había inaugurado en el '45 era muy simbólico, porque el '41 fue el año más terrible del Holocausto, cuando se decidió hacer la matanza masiva", indicó la directora del Centro de Documentación. En 1942 la AMIA decidió pasar de una sede pequeña, ubicada arriba del teatro Ombú, a un edificio de ocho pisos, con el objetivo de "seguir construyendo la vida judía", como respuesta a la masacre del pueblo judío y su cultura.
Hoy, el frente de la AMIA es una invitación a la Memoria. Sobre las planchas negras que cuelgan de la fachada de la sede figuran cada uno de los nombres de las 85 personas que perdieron la vida en el atentado.
Al ingresar al edificio, el monumento a las Víctimas de la AMIA, obra del israelí Yaacov Agam, ubicado en la Plaza Seca, se levanta como otra fuerte evocación. La escultura abierta y multifacética, con 9 columnas aisladas sobre una base, ofrece una multiplicidad de imágenes que están en permanente cambio. Al caminar por ella, los colores y las formas se transforman en imágenes cambiantes que dan vida a la obra. La escultura puede apreciarse desde siete posiciones diferentes. Cada una de ellas tiene un concepto: Destrucción, Janukiá, Estrella de David, Arcoiris, Candelabro, Maguén David de Colores y Símbolo de AMIA.
Distribuido en 8 pisos y 2 subsuelos, el edificio es sede de diversas instituciones judías. En su interior alberga un auditorio con 237 butacas, un centro de documentación, un espacio de arte, un bar y oficinas de todas las áreas y departamentos a través de las cuales la AMIA desarrolla su labor social y comunitaria. ©




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