SALUD | FAMILIA | #236 JUL 2018
Me duele esta soledad

Cuando el mandato familiar condiciona y limita

Textos: Lic. Marian Renoulin . Contacto: 15-5975-5527


Hoy me parece interesante reflexionar sobre dos situaciones de vida en las que encuentro en común experiencias de padecimiento, de sacrificio del deseo personal ante la obligación impuesta por el mandato familiar. En ambos casos, de una manera u otra, con mayor o menor conocimiento de la trama familiar que se impone, se viven experiencias de sometimiento y sacrificio, de aislamiento y soledad, de las que estas dos personas se logran zafar a partir de un arduo y comprometido trabajo de psicoterapia.
¿Pero por qué hablo de sacrificio? Porque en beneficio de intereses familiares se mutilan deseos o necesidades de algunos de los miembros de la familia, que callan y soportan situaciones de injusticia que no son corregidas ni reconocidas y que, posteriormente, dan origen a posicionamientos personales que implican limitaciones, temores, inseguridades e inhibiciones que si no son tratadas a tiempo cercenan y debilitan la personalidad, aparece la sensación de estar viviendo una vida prestada, sin vitalidad, sin motivación, con temor a sentir en primera persona cuestiones importantes .
El primer caso es el de Juan, un hombre joven con hijos, que inicia la consulta por estar confundido y dice sentirse perdido, sin un norte. Hace muchas cosas por obligación, es responsable, pero se siente ajeno y no sabe, según él, disfrutar de lo que ha conseguido. Comienza a trabajar en terapia. Al inicio superficialmente, se va de algunas sesiones dolido, enojado, pero es tenaz y sabe que es necesario profundizar en su autoconocimiento para lograr un cambio. Con el tiempo, se va revelando una trama familiar donde la negación y la ausencia son frecuentes. El ha cedido espacios con su pareja y con sus hijos, los ha dejado solos, y actualmente se arreglan sin él. A Juan en parte le duele, y aunque por un lado lo alivia de responsabilidades, le genera profunda soledad. Esta historia de negación y aislamiento es repetida ya que de niño y adolescente Juan quedó atrapado en un rol similar con su propio padre, violento y autoritario, que lo anulaba y lo sometía a vivencias de maltrato, especialmente cuando se alcoholizaba. La actitud de complicidad sufriente de la madre de Juan, que soportaba y naturalizaba estos comportamientos, colaboraron en fijar esta situación, y hacerla no visible como generadora de tanto dolor. Con los años Juan se fue de su hogar, pero sin elaborar esos sufrimientos, cargó con un profundo malestar y rechazo hacia su padre y a ciertos asuntos familiares, pero no pudo echar luz y definir concretamente el conflicto. Lo que le quedó muy marcado en la actualidad, es su actitud de inhibición y aislamiento ante los conflictos o situaciones donde se requiere participación.
En el caso de Juan, el mandato de su familia de origen sobre él, era soportar situaciones de violencia y de humillación sin resistencia, hasta que se calmara su padre, evidentemente alcohólico, pero que nunca nadie del entorno familiar puso en evidencia para luego tratar de frenarlo o de alguna manera impedir la violencia padecida por Juan y su grupo.
El otro caso es el de Silvia, a quién un mandato familiar genera sacrificio de la verdad del propio ser, con la consecuente mutilación de su riqueza y singularidad, y posterior depresión.
Silvia consulta por sentirse desanimada, deprimida, sin ganas de seguir. Se siente triste y aislada en su propia familia. Es muy trabajadora y ocupa con su trabajo muchas horas de su día. Ella siente que pasan cosas en su entorno que no le cuentan o que incluso le mienten.
En las sesiones de psicoterapia que siguieron, Silvia comienza a entender que efectivamente hay muchas pequeñas y grandes situaciones familiares de las que permanece no enterada, dado que ella logra aislarse, trabajando o permaneciendo conectada en un grado de superficialidad que le asegura no enterarse de esos asuntos que son angustiantes para ella. Revisando su entorno familiar de origen, ella repite ese modelo de comunicación superficial, donde su padre y su madre se relacionaban, aparentemente sin conflicto, pero que escondían con sutiles mentiras grandes infidelidades, traiciones económicas y deslealtades. Es recién muchos años después y a partir del trabajo de psicoterapia, que Silvia logra ponerle nombre a situaciones complejas y engañosas, para hacer una revisión más genuina de lo sucedido y ordenar sucesos desfigurados. No representan un nuevo dolor para ella ya que internamente siempre desconfió y sospechó de engaños entre sus padres, pero permanecían velados.
En este caso, el mandato familiar era sostener mentiras, no preguntar y aceptar verdades a medias.
Actualmente Silvia trabaja para tener una presencia más comprometida con la verdad de sus sentimientos en su núcleo familiar, con su pareja y sus hijos, para vivir experiencias más genuinas, soportar lo angustiante y disfrutar más una conexión empática, de amor con ellos. ©


Textos: Lic. Marian Renoulin . Contacto: 15-5975-5527