SALUD | TECNOLOGIA | #231 FEB 2018
Mirame a los ojos

Cuando los objetos tecnológicos ya no son una buena opción

Textos: Lic. Marian Renoulin . Contacto: 15-5975-5527

Escena 1

Mesa de restaurant al aire libre, un hombre, una mujer y una bebe. Ambos de la pareja charlan sentados a la mesa, mientras comparten un almuerzo y una bebida. Próximo a la mesa hay un carrito de bebe, donde está sentada una niñita de aproximadamente un año o un poquito más, que ya camina. Se mantiene quieta, cosa extraña en un niño, mientras sus padres alargan la sobremesa. En el patio del restaurant hay árboles, plantas, juegos para niños y hasta un perro pequeño que pasea por ahí, con interés evidente de jugar con ella. Todos estos serían supuestos elementos interesantes para un nene pequeño, que no llaman la atención en este caso a la pequeña que está en el carrito. Pero cuando se levantan para irse del lugar, se revela el misterio, ya que puedo ver a la niña cargando una enorme Tablet que, evidentemente, sabe manipular y la mantuvo aislada, quieta y silenciosa tanto rato.

Escena 2

Esta vez se trata de un niño menor de dos años, sentado en una silla alta de comer, en la mesa de un restaurant donde ofrecen comida mexicana. Es de noche y el lugar está bastante oscuro, hay música y la mayoría de los clientes son adultos. En la mesa, el niño está con la que parece ser su mamá, su papá y otras personas mayores que posiblemente sean sus abuelos. Los adultos charlan entre ellos, eligen los platos que van a pedir, brindan y están un rato largo en estos quehaceres. ¿Por que el niño, en este ambiente tan poco favorable para él, se mantiene quieto en su silla, sin tomar los cubiertos ni los vasos que están a su alcance? ¿Por qué está absorto con un celular grande en sus pequeñas manos que, para aumentar la demanda, tiene auriculares que lleva puestos? Y, aunque su cuerpo está en esa silla, quieto, sin molestar, él esta en otro mundo, completamente ajeno. Se pierde ese momento en familia que tanto entusiasma a los adultos que lo rodean.

Escena 3

Veo a través de la ventanilla de un auto, en una sillita de viaje, a una niña de aproximadamente 4 o 5 años, que mira una pantallita que cuelga del asiento delantero y que queda frente a ella. No sé si se trata de un viaje muy largo, dado que me cruzo unos pocos momentos con ella en la ruta. La nena mira fijamente lo que se proyecta en el reproductor, no mira por la ventana, queda ajena al mundo de autos, camiones y motos que nos rodean, de múltiples colores, en un hermoso día soleado, por una ruta de parques, con árboles y plantas florecidas, de colores brillantes y diferentes sonidos.


Y podría continuar con una extensa lista de situaciones donde los niños están quietos y aislados, sin interactuar con el mundo real que los rodea, sumidos en un mundo bidimensional, plano y prefabricado, predecible que lo hipnotiza desde una pantalla de celular o de tableta, que el adulto pone a su alcance, para entretenerlo o aquietarlo, quizá en ambientes o situaciones que no están pensadas para la presencia de un niño sano, ya que el lugar que elige el adulto exige silencio y quietud.
En los casos que cuento como ejemplo, un restaurant al aire libre, el interior de un auto y otro restaurant, son todos momentos que se pueden compartir con un niño. Seguramente, sin la distracción de la Tablet o del celular, se crea un ambiente distinto, más inquieto, donde el niño quiere levantarse y hay que acompañarlo, toca cosas que están sobre la mesa, si se aburre va a querer ir a recorrer el lugar, hablar con otras personas que están comiendo. Todas estas actitudes son propias del niño sano: la curiosidad, el querer tocar cosas que no conoce y aburrirse en un ambiente muy estricto de adultos.
Saltar, correr, gritar y jugar con los objetos que lo rodean son acciones positivas y propias de niños pequeños. Privarlos seguido de esta oportunidad de aprender a conocer el mundo que lo rodea y, en esta acción, también su propio cuerpo trae aparejados presentes y futuros trastornos. Si el lugar a donde van los adultos con el niño es muy rígido o peligroso, directamente no deberían llevar al niño. Siempre que haya un niño en el grupo, debemos como adultos tener la flexibilidad de tolerar lo que es propio de un niño y adaptar nuestras expectativas de disfrute a la situación real. Si incluimos un niño en el grupo, cambian los tiempos y los espacios.
Es en estos tiempos compartidos donde debemos hablarle y escucharlo, enseñarle a estar en grupo, a elegir cosas, a respetar otras. Mostrarle con qué y cómo puede jugar, y con qué cosas no. Contarle anécdotas, escuchar sus propias experiencias. Mirarlo a los ojos cuando hablamos y que sus ojos lean también nuestras expresiones, para aprender cosas tan delicadas como los gestos corporales que son importantes para que el niño vaya construyendo sus ideas y sus intuiciones, y se conecte empáticamente con su entorno.
Mirando en un viaje por la ventana del auto, los niños pueden aburrirse o cantar canciones, contar cuentos, aprender otros nuevos, palabras nuevas y preguntar cosas motivado por lo que ven del paisaje exterior.
La pantallita del celular o la Tablet distrae al niño, lo deja quieto, lo hace menos niño, menos vital, menos activo. En muchos casos hace que sepa de dragones y de objetos que no pertenecen a la realidad, antes de haber aprendido sobre los objetos más cotidianos y elementales que lo rodean. Inhiben el aprendizaje concreto necesario para la constitución de la autopercepción psíquica y corporal.
La presencia amorosa y paciente de los adultos que lo rodean, que le ofrecen un espacio real y posible, es el ambiente necesario para el crecimiento favorable del niño. ©



Textos: Lic. Marian Renoulin . Contacto: 15-5975-5527