SALUD | CARACTER | #245
Cuando se sufre de timidez


Dentro de los posibles rasgos de carácter que puede tener una personalidad,
es frecuente encontrar personas que tienen, entre otros, un estilo tímido.

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Las personas tímidas, ante diferentes situaciones, generalmente de exposición e intercambio grupal, se sienten inhibidas, anuladas, paralizadas. Sufren incomodidad y malestar (a veces se expresa físicamente con taquicardia, sudoración, rubor facial). Tienen miedo de equivocarse al hablar o al hacer algo ante la mirada de los otros. Sienten vergüenza, anticipándose a las propias acciones, y suponiendo en los otros actitudes de dura critica y minuciosa observación.
Es evidente que estas personas sufren.
La timidez se puede manifestar desde la infancia, y es en todas las edades que en mayor o menor medida tenemos que interactuar en diferentes grupos: de hermanos, de amigos, de compañeros de escuela o de deportes, con docentes, con compañeros de trabajo.
Mientras el niño o la niña va creciendo, asimila experiencias múltiples de interacciones con su entorno, es estimulado y alentado a adquirir nuevas habilidades. Va sumando saberes, producto de la experiencia física y acumulando información psíquica constantemente. En la medida en que va aprendiendo, desde la acción en su entorno y luego desde la reflexión, gana seguridad y se afirma satisfactoriamente para seguir su desarrollo cognitivo. Todos sabemos que las experiencias de interacción en los grupos no es siempre agradable o todo lo ajustada a lo que el niño deseaba. Van apareciendo frustraciones, que según la predisposición del niño, serán fuente de futuras inhibiciones ante la posibilidad de no lograr lo que se proponía.
Aparece el miedo a equivocarse, a ser burlado, o hacer mal las cosas, que refuerzan esa tendencia a la sensibilidad ante lo que el niño mismo juzga como errores.
Estas conductas de retracción inhibitorias, de sentir vergüenza y no querer incluirse en juegos y experiencias, a medida que se instalan van reforzando un círculo vicioso de mayor inhibición y sentimiento de miedo a exponerse. Aumenta la sensación poco placentera de inseguridad, porque si bien hay un sentimiento momentáneo y fugaz de alivio frente a haber evitado la situación que lo avergüenza, luego se instala la tristeza y la frustración de no haber podido realizar la actividad temida, sumándole quedar afuera del grupo, aislándose y alejándose.
Si bien hay personalidades más extrovertidas que otras, todos necesitamos animarnos en cierta medida a intercambiar en situaciones de nuestro entorno. Mostrar lo que podemos hacer, para ser alentados y corregidos nos enriquece, nos hace crecer, ampliar nuestra personalidad. Nos fortalece.
Si seguimos los impulsos de la timidez, quedamos aislados, inhibidos ante la acción, que siempre es una fuente de sensaciones enriquecedoras. Si no nos animamos a hacer, corremos el riesgo de pensar en exceso, de cargarnos con ideas de las múltiples posibilidades de fracasos, temidos pero nunca vividos. Y no olvidemos que las ideas desagradables vienen de la mano de la sensación de angustia y malestar.
Siempre que nuestro entorno sea medianamente positivo y tolerante, lo que hagamos será bien recibido por la mayoría, tendremos devoluciones amables de las interacciones.
En el caso del niño y el adolescente tímido, es el adulto el que lo puede ayudar a encontrar la manera de ir disminuyendo la timidez, con paciencia, para que se pueda sentir realizado y encuentre su propia forma de lograrlo.
Siempre la psicoterapia ayuda, en las distintas edades a destrabar las inhibiciones. ©




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