SALUD | SOLEDAD | #251
Cuando el que sufre se aisla

Cada persona enfrenta sus crisis con los recursos que dispone, pero esto no solo depende de las capacidades y fortalezas de la persona afectada sino del grupo familiar y social para sostenerlo. En general, el aislamiento empeora las cosas.

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A lo largo de mi experiencia profesional, he observado que en general, los padecimientos propios de las distintas crisis vitales, como también aquellos padecimientos producto de situaciones traumáticas especificas (accidentes, enfermedades, perdidas, etc) son sobrellevados según los recursos de cada persona y del grupo de soporte familiar del que dispone.
Esto quiere decir que sea cual fuera la experiencia que a la persona le toca vivir (pérdida de un ser querido, cambio abrupto en la condición económica del grupo familiar, crisis de crecimiento, enfermedad física, separación de los padres, u otras) siempre se hará el proceso de elaboración de los cambios según la disponibilidad de herramientas emocionales, ejercicio de reflexión, posibilidad de abrir el espacio para la expresión de aquellos que sufren, posibilidad de soportar el dolor propio y ajeno.
No solo depende de las capacidades y fortalezas de la persona afectada sino del grupo familiar y de la red social de su entorno para sostener y facilitar, o no, el proceso de elaboración del que sufre.
En general, el aislamiento empeora las cosas. La situación de padecimiento se hace más pesada, más dañina cuando por alguna razón, el que sufre calla, oculta o disimula su situación de padecimiento. El encierro en uno mismo, suele potenciar el malestar, al no expresarnos, no hay descarga energética de lo angustiante, y disminuyen las posibilidades de elaborar con ideas nuevas aquello que nos agobia.
Las razones de callar el sufrimiento son múltiples, según la situación y la personalidad del que padece. Algunas de ellas pueden ser: vergüenza, temor al que dirán, prejuicios, temor a causar dolor en el entono familiar, temor a no ser entendido, desconocimiento real del origen del malestar.
Tampoco es sencillo animarse a mostrar y expresar las causas del sufrimiento. El entorno debe ser receptivo al dolor ajeno, y no es fácil entender y acompañar.
En el caso de las crisis vitales propias de la adolescencia e inicio de la juventud, ante el crecimiento personal y ante los cambios que se imponen, por ejemplo terminar o no el secundario, enfrentar el mundo diferente del que estudia una carrera o trabaja por primera vez, se presentan elementos nuevos y desconcertantes.
El adolescente que avanza hacia la finalización del secundario, que crece físicamente, que entiende y por eso sufre emocionalmente por temas que antes no comprendía, suele ser una incógnita para sus padres, como para el mismo. En estos casos, es frecuente que se instale el aislamiento.
Recuerdo como ejemplo el caso de un muchacho de 17 años, al que llamaremos Juan, (aunque no es su verdadero nombre para preservar su intimidad), que comenzó psicoterapia obligado por su entorno, dado que no lo veían bien, estaba siempre desganado y enojado, peleaba mucho en su casa y no sabían que le estaba pasando porque el no quería hablar con nadie. También se accidentaba con frecuencia, generándose lesiones inquietantes e injustificadas. Afortunadamente, a la madre se le ocurrió dejar de insistir para que Juan hablara con ella, dado que terminaban siempre peleándose, hasta la violencia de los insultos. Es ahí que Juan, muy a desgano y enojado, inicia psicoterapia (es valioso destacar la perseverancia de los padres que insistieron en que hiciera psicoterapia). Con el pasar de algunas sesiones, donde no era fácil la comunicación (sinceramente pensé que iba a dejar de venir), Juan encuentra la manera de ir expresándose en el espacio de la terapia, y halla la forma de ir armando en su cabeza para luego verbalizar, temas cruciales que lo atormentan.
Aquellas situaciones que el expresaba con el enojo, la violencia y el encierro, empiezan a circular en las palabras. Una vez que logra esto, se genera un importante cambio de actitud, se alivia el enojo, ya no pelea en su casa. Puede entenderse a si mismo, y comenzar a buscar nuevas alternativas. Comienza un período de reflexión, de autoconocimiento, de elaboración de situaciones traumáticas que se habían congestionado sin posibilidad de circular con la palabra, hacia la comprensión y elaboración. Cesan los accidentes, comienza la inclusión de temas de alto impacto en el universo más amplio de sus ideas (la muerte, la frustración, el miedo al fracaso, el desamor y otros, pueblan sus sesiones terapéuticas hoy en día).
Evidentemente, saber acompañar es un don, ya que no se trata solo de estar, sino de acercar los recursos con paciencia, hasta que el que sufre pueda tomarlos. ©

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