SEPTIEMBRE 2006 | Año 08 | Número 94
Roberto Carnaghi

Lisandro Donoso tiene la mirada tensa, el cigarrillo adherido a los labios y un bolso que lo acompaña a todos lados. Le pesa su pasado y lo frustra su presente. Da vueltas por la habitación y maldice por el trabajo que le dio su jefe, Alberto Lombardo, un empleo que lo sumerge en su época más oscura cuando era parte de los grupos de tareas de la última dictadura militar. Sus días como padre de familia también parecen haber sucumbido y en la actualidad paga los costos de su irracional violencia con la soledad. La escena culmina y Roberto Carnaghi suelta el bolso y apaga el cigarrillo para dejar en el set de grabación al siniestro personaje de Montecristo. Camina por uno de los pasillos de Telefe, pide un café con leche y un sándwich de jamón y queso, e inicia una entrevista exclusiva con Metro. En esta nota el actor habla del desafío que significó interpretar a Lisandro, asegura que puso “toda su sapiencia de actor en crear este monstruo”, analiza el éxito de Montecristo y recorre su vida como actor, oficio que profesa desde hace 40 años.

- La historia de Montecristo está enmarcada en lo Años de Plomo. Además del amor, hace hincapié en la identidad y en la memoria. ¿Qué sintió cuando le propusieron hacer un personaje clave como el de Lisandro?
- Creo que no me di cuenta inmediatamente de cómo íbamos a desarrollar este personaje. No me di cuenta de la trascendencia que tuvo. Lo tomé como a un personaje que me interesaba hacer. Se trata de un malo, un personaje que yo en televisión casi no había hecho. Tenía otras ofertas, incluso de este canal, pero yo elegí hacer esto porque quería trabajar con Pablo Echarri, trabajar en Montecristo y hacer de Lisandro porque me gustaba el personaje. Cuando nos reunimos con los autores, lo primero que les dije es que no quería que fuera un malo a ultranza, sino mostrar que tipos como Lisandro son también seres humanos y que todavía siguen caminando por la calle, que inconscientemente quizá nos relacionamos con ellos. Era mostrar la otra vida, esa que seguramente tuvo también esta clase de tipos. Creí que era más interesante mostrarlo desde ese lado.

- ¿En qué se basó para componer a Lisandro?
- En nada en particular. Fue crear un personaje, sin hacer tanto hincapié en como era él, sino en como ocultaba su vida anterior. Cuando el personaje aparece en la historia, a excepción de la del parto, no se lo ve en escenas transcurridas durante la dictadura. Se lo muestra en la época actual donde él es un padre de familia. Uno de los objetivos, entonces, era mostrar de qué manera se esfuerza por ocultar su pasado. Me esforcé por mostrar cómo sería un tipo de esas características y con ese tipo de trabajo durante la dictadura, que hoy estuviera desocupado, y que encima quería hacer una tarea diferente a la de su etapa con los milicos.

- Lisandro en la actualidad es un frustrado...
- Claro, había que mostrar la frustración de un tipo así, de la peor calaña, que llega a determinada edad y lo patean... le dicen que en este contexto ya no lo necesitan. El tema es que el tipo quiere trabajar de algo, pero no de lo mismo. No quiere hacer el trabajo anterior, pero no puede despegar de su pasado. Incluso cuando va a pedirle trabajo a Alberto Lombardo al restaurante, le pregunta: ‘¿tengo que aprender de vinos?’, pero lo ponen de seguridad. Entonces llegó un momento en el que volvió a tener la misma violencia de aquellos años, todo se le fue al carajo. Encima los fantasmas del pasado lo acosan. Puse toda mi sapiencia de actor en crear este monstruo.

- Lisandro es un personaje muy marcado por la violencia. Golpea a su mujer, que interpreta Virginia Lagos.
- Sí, y ese tipo de violencia que ejerce es peor, porque está más oculta. Lisandro significó todo un desafío porque creo que es el primer malo que hago en televisión. Además, yo venía de hacer un personaje cómico en La Niñera, donde trabajé junto a Florencia Peña. Siempre estuve muy marcado por el humor en la tele, trabando con Antonio (Gasalla) obtuve el Premio Martín Fierro como Mejor actor cómico. Era también ver qué le podía pasar a la gente viéndome en ese papel. Afortunadamente la gente lo aceptó muy bien y les resulta muy creíble el personaje. Yo no estaba muy seguro si la gente lo iba a aceptar, por eso me ocupé de que fuera bien distinto, que tuviera otra cara, marcarlo con gestos, con el cigarrillo, con el vino. Creo que el desafío está ganado.

- El programa brinda mucha información sobre el trabajo que realizan las Abuelas de Plaza de Mayo en cuanto a la búsqueda de los hijos de desaparecidos, y también sobre organizaciones encargadas de contener a mujeres golpeadas. ¿Cree que en este punto reside el éxito del programa?
- Se trabaja mucho con Abuelas y también con asociaciones que tratan la violencia familiar. Creo que esto influye en un determinado público, hombres fundamentalmente que se engancharon con la temática de los desaparecidos que es algo innovador para el género. Igualmente creo que lo primero que funcionó fue la ficción, la historia de amor. Montecristo está marcado por la venganza y por la justicia, porque hay algo de eso en todos nosotros, uno se revela frente a las injusticias. Pero tiene que funcionar la historia de amor, si funciona bien eso podés contar las historias paralelas y que tengan importancia. Creo que eso es lo que hace interesante a la historia y que permitió que se ampliara el público.

- ¿Cómo cree que debería terminar Lisandro?
- Lisandro tiene que terminar en manos de la justicia como pasó con el Turco Julián (ex policía, condenado a 25 años de prisión por violaciones a los derechos humanos durante la última dictadura militar), tiene que terminar pudriéndose en la cárcel. La otra alternativa se la dejo para Alberto Lombardo (Oscar Ferreiro), que es un final como el de (Augusto) Pinochet, pero de verdad, es decir en una silla de ruedas, con un cierto grado de lucidez y maltratado por los que lo deben cuidar, que le digan “pelotudo, te measte encima” y que le pegue un sopapo. A diferencia del caso del Turco Julián, a mi me gustaría que si mi personaje va a prisión, que también vayan los otros personajes, es decir los cerebros, que no estén detenidos en casas lujosas, sino en la cárcel.

Una carrera marcada por el éxito

- Hablemos un poco de usted. Estudió en el conservatorio y lleva 40 años en la actuación. ¿Por qué decidió dedicarse a esto?
- Yo empecé en el año ’66 en un teatro independiente de San Isidro, pero cuando comencé mi idea no era ser actor. Yo no me sentía conforme con mi vida. Tenía un buen empleo, ganaba muy bien, salía a bailar porque me gustaba la milonga, jugaba al fútbol. Pero era inquieto y tenía la necesidad de hacer una cosa distinta, entonces me anoté en el conservatorio y empecé a leer teatro. Un director que teníamos en un grupo de teatro, Camilo Dapasano, me dijo que tenía condiciones para la actuación. En el conservatorio me decidí a vivir de esto.

- En el ’79 empezó a trabajar con Tato Bores.
- Sí, pero no debuté en televisión con Tato como se cree. Hacía mucho tiempo que estaba trabajando. Con él ingresé a la fama, hacía el personaje del interventor del canal. Ya había trabajado con otros grandes como (Alberto) Olmedo y (Jorge) Porcel. No sabía si iba a seguir porque Tato no era de repetir elencos, pero al año siguiente continué con él, ya como el interventor del canal que, de ese cargo, lo habían mandado a limpiar los pasillos del canal. También hice el papel de un tipo que quería ocupar el lugar de Tato, ocupar su lugar y serrucharle el piso. Después, en el ’83, llegó el corte. Volvimos en el ’88 de la mano de Sebastián y Alejandro Borenstein, los hijos de Tato, allí hacía del político corrupto.

- A lo largo de su carrera usted demostró que es un actor polifacético. ¿Tenía miedo a quedar encasillado con un estilo de personaje?
- Creo que se fue dando naturalmente el hecho de acceder a la interpretación de personajes de características diferentes. En el teatro yo hacía drama y en televisión, casi siempre me vinculé con la comedia, era difícil que hiciera drama allí. Quizá en ese punto resida el hecho de aceptar la propuesta de interpretar a Lisandro, en lugar de hacer un personaje en una sitcom.

- En la actualidad, además de Montecristo, trabaja en la obra de teatro Rey Lear. ¿Cómo lleva el trabajo?
- A las corridas y con un poco de cansancio porque ya no tengo 20 años... ni 40 (risas). Hay días que siento el cansancio. Lo que trato de hacer es aprovechar la facilidad que tengo para poder dormirme en cualquier lado. Duermo media hora y soy otra persona. A veces uno desearía hacer sólo una cosa y no andar a las corridas, pero muchas veces no hay posibilidades de hacer esa elección. Afortunadamente la energía te la da también el público porque la novela es muy vista y tiene buenos comentarios y porque en el teatro la sala siempre está llena.

- Con una carrera tan amplia ¿Cuál es su cuenta pendiente?
- No sé. Me preguntaron varias veces si me gustaría hacer el papel principal en alguna novela y yo siempre contesto que sí, pero debería estar adaptada para mí. Hoy las historias principales son de gente joven. Mientras tanto, lo que me interesa es seguir laburando en cosas interesantes como Montecristo.

Roberto Carnaghi termina su café con leche, saluda amablemente y sale de la oficina en que se desarrolla la entrevista. Camina por los pasillos de Telefe e ingresa al estudio donde se encuentra toda la escenografía de Lombardía, el restaurante que es propiedad de Alberto Lombardo (Osacar Ferreiro). Toma sus libros y se acomoda en la cocina del lugar. Busca su inseparable bolso, su cigarrillo y vuelve a meterse en la piel de Lisandro Donoso, aquel torturador de los Años de Plomo al que lo persiguen los fantasmas del pasado para ajusticiarlo.©