DICIEMBRE 2006 | Año 09 | Número 97
Juan Carlos Pallarols

“Qué es lo que creen que van a encontrar conmigo”, pregunta Juan Carlos Pallarols. “Por qué me hacen tantas notas... yo no lo entiendo. No me la creí ni cuando me dieron el título de Ciudadano Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires. Yo creo que los maestros de escuela, los tipos que están en la frontera, los médicos, las enfermeras, esos tipos merecen más reconocimiento que yo. Lo que puedo decir es que hago lo que me gusta”. La humildad que esboza este hombre de 64 años, nacido en Banfield y miembro de una familia de orfebres; no impide, sin embargo, que salga a la luz su figura, una de las más importantes de nuestra cultura. Entre otras cosas, Pallarols creó los bastones de mando de todos los presidentes de Argentina desde el regreso de la democracia, elaboró piezas para personalidades como Lady Di, la princesa Máxima de Holanda, los príncipes herederos de la corona de España y confeccionó un cáliz y viajó a Roma para entregárselo personalmente a Benedicto XVI. En esta entrevista con Metro, Pallarols recorre su carrera para demostrar inconscientemente porqué es un personaje tan reconocido.

- ¿Quedan muchos orfebres?
- No, muchos no. Orfebres, lo que se dice orfebres los podés contar con los dedos de una mano.

- ¿Por qué cree que es tan reconocido?
- Sinceramente no lo sé. Lo que te puedo decir es que para todo pongo el mismo esfuerzo, desde una alianza hasta una mesa de plata. A mí me enseñaron de chiquitito que todos los días hay que competir para el campeonato del mundo. Las cosas hay que hacerlas bien o directamente no hacerlas.

- Usted viene de una familia de orfebres. Su abuelo y su padre realizaban este arte. ¿Cómo se fue metiendo en este mundo de los metales?
- Bueno, yo tengo siete hermanos. Lamentablemente mi hermano, el que trabajaba conmigo, falleció hace unos años, pero él no era tan apasionado como yo.

- ¿Y de quién mamó esa pasión?
- De mi abuelo José. Mis hermanos y mis primos me decían que yo era el mimado del Abi (abuelo en catalán). En todas las fotos que tengo estoy agarrado de su mano. Me llevaba a todos lados, me enseñó a hablar el catalán y me enseñó el oficio jugando. Mi papá era apasionado, pero de otra manera. Él era más solitario, se encerraba en el taller, no quería tener contacto con el exterior. Yo soy un poco la fusión de los dos. Tengo la pasión y la entrega por el oficio que ponía papá, y la alegría y la vida social de mi abuelo. Pero creo que mi secreto está en que no sé si dejé de jugar y algún día empecé a trabajar. Creo que mi locura me ayudó.

- Usted no es tradicionalista.
- Algunos tradicionalistas me dicen que no lo soy, no todos. Pero, ¿Qué es la tradición?, ¿Lo estático?, ¿Lo que en el tiempo no cambia?. Por ejemplo ahora hice boleadoras con cadenas de plata, en lugar de que los tiros fuesen de cuero, las hice todas de plata. Pero yo creo que eso es lo que hace que mi trabajo llame la atención. Andy Cherniavsky, por ejemplo, me dice que quiere mis piezas para hacer una serie de fotos y me escribe: “esas tan diferentes que vos hacés”.

- En su carrera evidentemente existió un quiebre y es el momento en el que pasó de ser un orfebre más a ser un artista reconocido. ¿Cuándo se produce ese cambio?
- En el año ’62 me invitan a participar de una exposición en el Museo José Hernández y entonces yo dije que, además, de llevar piezas de platería, quería llevar las herramientas. La directora me dice: “No, eso a quién le importa” y yo le respondí: “A mí me importa”. Finalmente hablé con el secretario de Cultura y me autorizó. A los 15 días me llamaron para felicitarme. A la gente le había llamado mucho la atención ver todo eso. Es cierto lo que dice Erik From que “es imposible amar lo que no se conoce”. Yo empecé a ver que la gente reparaba en el “cómo” se hacía.

- Siempre le gustó darle participación a la gente.
- Sí. No es una novedad. En el Cáliz del Papa trabajaron 212 mil personas y en el bastón que recibió (el presidente Néstor) Kirchner trabajaron más de 30 mil. En el primero, en el de (Raúl) Alfonsín trabajaron como 500. Porque yo, más que en el arte y en la orfebrería, creo en la persona. Lo único de valor absoluto somos los de carne y hueso que respiramos... sobre todo los que respiramos y sentimos.

- ¿Cómo surgió la idea de hacer el primer bastón presidencial?
- Yo había trabajado en un bastón que nunca recibió (Arturo) Illia... porque en esa época los hacía casi por obligación Luis Ricciardi. Pero bueno, en el ’82 me llamaron, yo creo que para tener una cotización más del bastón. Lo que no se pensaban era que yo les iba a hacer tanto despelote. Cuando me mandaron el boceto yo no lo veía para este país, no tenía nada de argentino. Es más, tenía borlas que es un símbolo monárquico o religioso. Entonces les dije que yo quería participar, pero les propuse hacer otro bastón de madera de urunday, de plata en lugar de oro, el escudo que fuera de oro y plata para que sea el símbolo del hombre de la mujer para quienes el presidente debe gobernar... me mandaron al carajo, pero yo seguí con la pelea. Hasta que Alfonsín me dijo: “Pallarols quiero su bastón”.

- Ahí se inició como el artesano de los bastones presidenciales.
- Ahí ya empezamos, el segundo fue más grande y el último... vos fijate que en el año 2001, en medio del ‘Que se vayan todos’, a mí me llamaron de las Galerías Pacífico y me proponen ir a trabajar allí, en una muestra. Yo les dije que me venía bien porque quería hacer el bastón para el Presidente en la galería. Me dijeron que no por el descrédito que tenían los políticos. Yo, entonces, les dije que hacía el bastón o no hacía nada... 30 mil personas fueron a participar.

- El bastón simboliza muchas de las cualidades que debe tener un presidente. ¿Se sentía defraudado cuando descubría que muchos no las tenían o no respetaban esos principios de mandatario?
- Sí, alguien alguna vez me preguntó si yo no sentía culpa, pero culpa no siento porque yo hago algo para alguien que es elegido por el pueblo. Creo que alguna vez los presidentes que tuvieron el bastón en sus manos se habrán preguntado si estaban siendo firmes como esa madera o si estarían brillando por sus obras... creo que de algo debe servir.

- ¿No pensó en alterar algo de la simbología del bastón?
- No. El bastón es algo que debemos preservar como todos los símbolos. Todo eso hace a nuestra cultura.

- El orfebre debe saber mucho de cultura , de simbología, pero también de las personas.
- Sí. Yo nunca hago un trabajo por simple que sea... hace poco hice un par de alianzas para una pareja. Estuvimos hablando en el taller, comimos juntos. Eran sus alianzas, algo que se hace para toda la vida.

- ¿Alguna vez se negó a hacer alguna obra que le pidieron?
- Una sola vez, me habían pedido un cinturón de castidad. Fue una historia muy cómica. Vino una señora muy bien vestida y me lo pidió. Al principio pensé que se trataba de un adorno, pero después me dijo que era para una nieta. Le pedí que me lo dejara pensar. Vino a los tres días con su nieta y la chica me dijo que estaba dispuesta a usarlo. Entonces le dije que no lo iba a hacer y que, en la actualidad, no servía de nada.

- ¿Sus hijos trabajan con usted?
- Mis hijos trabajan por su cuenta. Solos. El último se fue el año pasado. Mi tarea ahora es educar a mis nietos que son madera más tierna y a mis alumnos. Mis hijos son la séptima generación de orfebres. Mi nieta tiene diez años(muestra la foto de una nena en pleno trabajo, en el taller) y ya tiene una habilidad que no es normal porque trabaja desde los 3 años. Esto, si te gusta, es una maravilla.

- Usted es una persona muy reconocida en el exterior.
- En algunos lugares sí.

- ¿Cómo fue la propuesta de hacer la rosa para la princesa Máxima?
- Me llamó la madre y me dijo que estaban Máxima y el Príncipe Guillermo de Holanda acá en Argentina. Que querían hablar conmigo para pedirme que hiciera una rosa. Ella se tomó el tiempo de dibujarme los monogramas. Esa rosa yo la diseñé diferente a la de Lady Di. Máxima es una mujer muy simpática, por eso hice una rosa tan glamorosa y tan grande. La de Lady Di era un pimpollo oscuro, un poco mustia porque era el símbolo de alguien que se había muerto. Máxima también me llamó junto a la reina Beatriz y me encargó los regalos para los príncipes de Luxemburgo que cumplían 25 años de casados.

- ¿A qué aduce que tantas personalidades importantes requieran de sus obras?
- Yo no los llamo, ellos vienen solos. Creo que tiene que ver con que saben que todo lo hago con mucha dedicación. Cuando le hice las alianzas de casamiento a Lautaro Murúa me abrazó y se emocionó mucho. El otro día le hice una lapicera a (Jorge) Guinzburg con la cara de él, la de Tato, la de Olmedo, Groucho Marx y otros tipos que él admira como humorista. Cuando la vio se puso a llorar. Él tiene como mil lapiceras porque las colecciona, pero me dijo: “No te la presto ni para la foto”.

- ¿Qué obra le gustaría hacer y que hasta ahora no pudo?
- No sé. Ahora estoy empeñado en algo difícil, pero que está bastante encaminado. Yo tengo en el museo la mascarilla original de Eva Perón. La hizo mi papá y está tomada del cuerpo de Eva. Yo no soy peronista por esas cosas de la vida, pero a mí me duele mucho lo que pasó en la quinta de San Vicente durante el traslado de los restos de Juan Domingo Perón. Creo que nunca vamos a poder ser un país si no nos juntamos en la historia, sino tratamos de aceptar las diferencias, no vamos a crecer. Con lo de Eva Perón, quiero que me ayude a hacerla todo el mundo, empezando por los gorilas. Tenemos que demostrar que podemos hacer algo juntos, por lo menos desde el arte.©