POSTALES | MUSEO NACIONAL FERROVIARIO | DIC2012
Trenes con historia

Hubo una época en que los ferrocarriles unieron las grandes distancias del territorio argentino, llevando el progreso y el crecimiento social y económico.
El museo ferroviario Raúl Scalabrini Ortiz intenta ser un guardián de aquellos años de gloria.
La historia popular vincula el origen de los ferrocarriles en nuestro país con la inversión de capitales extranjeros, sobre todo británicos. Sin embargo, pocos saben que la primera empresa ferroviaria nacional fue producto de la iniciativa de un grupo de argentinos.
En septiembre de 1853, Jaime Lavallol, Mariano Miró, Manuel J. De Guerrico, Bernardo Larroudé, Norberto de la Riestra, Adolfo Van Praet, Daniel Gowland, Vicente y Rubert Basavilvaso y Esteban Rams, conformaron la “Sociedad del Camino de Fierro de Buenos Aires al Oeste integrada”, y solicitaron al gobernador de Buenos Aires una concesión para construir un ferrocarril que uniera la ciudad de Buenos Aires con los Pagos de San José de Flores.
El 29 de Agosto de 1857, la primera formación arrastrada por La Porteña salió de la actual Plaza Lavalle, pasó por las estaciones Almagro, Caballito y Flores, para terminar su recorrido en Floresta, llevando a personalidades de la talla de Valentín Alsina, Bartolomé Mitre y Domingo Sarmiento. A éstos primeros diez kilometros de vías, le siguieron otras empresas ferroviarias con capitales mixtos, nacionales, ingleses o franceses, que en la segunda mitad del 1800 fueron una herramienta fundamental en el crecimiento económico y demográfico del país. Las estaciones se convirtieron en pueblos y los pueblos en ciudades, y el tren fue llevando mercaderías y uniendo gente. En ese entonces, la red ferroviaria argentina se conformó de acuerdo al modelo agroexportador, uniendo a la ciudad de Buenos Aires con el interior del territorio, en forma radial. Entre 1870 y 1914, los ferrocarriles metropolitanos junto a las líneas del interior, llegaron a formar la red más grande de Sudamérica, con una extensión de 47.000 kilómetros de vías, de cuatro trochas diferentes, cuyos recorridos abarcaban los cuatro puntos cardinales.
Ciento cincuenta años después, los ferrocarriles fueron sucesivamente estatizados y privatizados, víctimas de una mala política de transporte que terminó por sumir al sistema ferroviario en la decadencia. Fueron nacionalizados por Perón después de la Segunda Guerra, siguiendo una tendencia mundial y las diversas partes del sistema ferroviario fueron reagrupados en las grandes seis líneas que conocemos hasta hoy: Mitre, Roca, Urquiza, San Martín, Sarmiento y Belgrano.
En la década del sesenta una política de transporte a favor de las redes camineras llevó a la paulatina clausura de servicios que desencadenó el levantamiento de más de doce mil kilómetros de vías en 1980. Los ferrocarriles se volvieron a privatizar en los noventa en medio de la ola de privatizaciones de la década menemista. En 1993, La Nación pasó los ferrocarriles nacionales bajo la órbita provincial, y la mayoría de estas discontinuaron los servicios. En los últimos años, el estado canceló las concesiones alegando falta de mantenimiento e incumplimiento de normas y contratos, pero lejos de mejorar, la situación parece ir de mal en peor. Lejos estamos de aquellas épocas doradas, en las que el tren era sinónimo de progreso, en las cuales la “familia ferroviaria” se jactaba de formar parte de una de las industrias más pujantes del país.

Con la intención de mostrar esa historia y ser el resguardo de aquellos momentos de gloria, nació el Museo Nacional Ferroviario Raúl Scalabrini Ortiz, bautizado así en honor a quién pugnó por la nacionalización de los ferrocarriles extranjeros.

La sede del museo, que forma parte de la Administración de Infraestructuras Ferroviarias Sociedad de Estado (ADIFSE), se encuentra en Libertador al 400, en pleno barrio de Retiro. Ocupa unos viejos galpones que se encontraban abandonados, y fueron reacondicionados para albergar un siglo y medio de historia ferroviaria. Allí están, por ejemplo, el vagón presidencial que transportó a Arturo Illia en 1965, una antigua locomotora de trocha súper angosta Orenstein & Koppel, y hasta el ferrobarco Carmen Avellaneda. Pero quizás el verdadero tesoro de este museo se encuentre en su interior, donde se exhiben piezas de diferentes orígenes, usos y materiales que atestiguan el pasado glorioso de la industria ferroviaria: desde boleteras, relojes, campanas, horarios, hasta losas sanitaria y mobiliario de fabricación propia de cada ferrocarril.
Entre las cosas más curiosas se pueden encontrar una boletera de 1913, perteneciente a la primera línea de subterráneos de Buenos Aires, un coche de doble comando de trocha angosta de 1922, una colección de teléfonos de magneto, con un facsímil del primer aparato instalado en la ciudad en 1822, una serie de relojes de péndulo, aparatos de telegrafía morse y faroles ferroviarios.
También se guardan elementos únicos como una colcha del coche dormitorio utilizada por Juan Pablo II en 1982, la maqueta original de la estación Once, platería del coche comedor del tren presidencial, y la verja de hierro que cercaba la estación Parque Ferrocarril Oeste (que se encontraba donde hoy está el Teatro Colón).
Recorrer el Museo, observar las fotos (lamentablemente algunas se han perdido en un incendio ocurrido hace unos años), leer los viejos carteles de las estaciones, ver las antiguas zorras y las maquetas de los trenes históricos, es hacer un recorrido imaginario al pasado de nuestro país. Un pasado que los admimistradores del Museo se empeñan en rescatar enseñándole a las futuras generaciones que los trenes fueron una pieza estratégica en el desarrollo social, económico y político de este país... y porque no, sembrar la semilla de un futuro en el cual nuestro sistema ferroviario vuelva a ser uno de los diez mejores del mundo. ©
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