La Candelaria
Un castillo normando en pleno campo argentino

En las cercanías de la ciudad de Lobos se encuentra La Candelaria, un exquisito castillo francés que en el siglo pasado fue casco de estancia y hoy se explota con fines turísticos.

Techos de pizarra azulados, torrecillas en punta, una gran puerta neogótica, un parque con especies exóticas, un antiguo molino que ya ha perdido sus aspas… hasta aquí parece la descripción de un castillo normando que bien podría levantarse en medio de la campiña francesa. Sin embargo, nos encontramos muy lejos de aquellas tierras galas. Estamos a más de 100 kilómetros de la Capital Federal, en la localidad de Lobos, en medio de grandes extensiones de tierra destinadas, en su mayoría, a actividades agrícologanaderas. Hasta este paraje llegó, en 1840, un famacéutico llamado Orestes Piñeiro, para comprar una fracción de tierra para criar ganado ovino. Al campo lo llamó La Candelaria, en honor a su esposa, Doña Candelaria del Mármol. Por ese entonces, Lobos era el confín de la civilización, y por sus pagos se levantaban en armas Rosas, Lavalle, Dorrego y Lamadrid. Treinta años más tarde, cuando llegó el primer tren al pueblo, La Candelaria ya era una estancia hecha y derecha, con una hacienda mejorada con el aporte de las mejores cabañas europeas. El matrimonio Piñeiro no tuvo hijos propios, pero adoptaron una niña, a la que llamaron Rebeca, quien años más tarde se casaría con Manuel Fraga, un conocido vont vivant de la aristocracia porteña. A principios del siglo XX, tras el fallecimiento de Don Orestes y su esposa, el campo quedó efectivamente en manos de su hija Rebeca y su yerno, que le darían a La Candelaria su fisonomía definitiva. Manuel Fraga resolvió modernizar el establecimiento y mejorar aún más la selección y mestizaje de los productos. En el plan de consolidar el prestigio de la Candelaria, Fraga se propuso construir un casco que estuviera a la altura de los productos que desarrollaba. Fascinado por el gusto europeo, conocedor de la estética urbanística y rural, planeó un castillo francés, muy de moda en aquella “belle epóque”. La leyenda cuenta que es la réplica de un castillo que había fascinado a Fraga en un viaje por Francia y decidió construir uno igual para su mujer. Cierto o no, lo concreto es que el proyecto de La Candelaria corresponde al arquitecto francés Albert Favre, y fue construido en Lobos por un constructor de apellido Moliére. Como muchas otras estancias de la Argentina, ésta fue levantada íntegramente con materiales traídos especialmente de Europa, pieza por pieza. Durante largos doce años, llegaron los muebles de Francia e Inglaterra, las arañas de cristal de Murano, los divanes, las armaduras, e incluso el portal gótico de madera. El lujo interior se completa con pisos de roble de Eslavonia, cielorrasos de marquetería (algunos de ellos con repujados dorados), paredes revestidas con gobelinos flamencos, escaleras con barandas de roble y grandes ventanales con vitreaux. Para darle el marco adecuado a semejante castillo que se levantaba en la planicie pampeana, Fraga encargó el diseño paisajístico al reconocido Carlos Thays, quien diseñó un parque cuyas especies fueron traídas de su respectivo lugar de origen: pinos, araucarias, casuarinas, eucaliptos, nogales, olivos, palmeras… Manuel Fraga falleció en 1935 y el campo quedó en manos de su esposa, quien lo administró con la ayuda de su cuñado, Roberto Fraga. Cinco años más tarde, tras el fallecimiento de Doña Rebeca, La Candelaria pasó a ser propiedad de Roberto Fraga. Casado con Pura Isella Calvo, Roberto Fraga tuvo cuatro hijos (Rebeca, Rosendo, Roberto y Marcelo). Al enviudar se casó nuevamente con Ema Frías, teniendo dos hijos más (Enrique y Carlos). Los Fraga administraron el establecimiento durante muchos años, hasta que por cuestiones sucesorias la propiedad fue dividiéndose y poco a poco cada uno vendió su parte. ©

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