Puente de la mujer

Las ciudades, por norma general, no tienen género, aunque siempre haya algún costado femenino o masculino en algún rincón de ellas. Como una más de las contradicciones de nuestra extraña Buenos Aires, lo que alguna vez fue un sector portuario, territorio de hombres rudos, hoy está dominado por ellas. Basta mirar los nombres de sus calles y uno sabrá que está entrando a Puerto Madero, el único lugar de la ciudad que parece estar dedicado al universo femenino. Tanto de un lado como del otro del canal que divide los antiguos dockes, hoy transformados en restaurantes, hoteles y oficinas comerciales, todas las arterias nos recuerdan a esas mujeres que, de una manera u otra, trabajaron por hacer grande a este país. Y quizás sea por eso que el puente cuya grácil silueta une ambos lados, haya sido bautizado como “Puente de la Mujer”. La obra tiene ni más ni menos que firma del genial arquitecto e ingeniero Santiago de Calatrava. El puente fue encargado y costeado por el grupo González (dueño de algunos desarrollos de los terrenos del lado este del dique 3) a Calatrava en el año 2000. Con un costo de aproximadamente ocho millones de dólares, toda su estructura fue realizada en un obrador de la ciudad Vasca de Victoria, en España y trasladado luego hasta Puerto Madero en 18 semiremolques. Fue inaugurado aquel 20 de Diciembre del 2001, en un acto que pasó sin pena ni gloria ante lo que se vendría después, y la importancia del puente pasó desapercibida. Sin embrago, ostenta el orgulloso título de ser la única obra de Santiago de Calatrava en Latinoamérica y de ser el primer puente giratorio entre los tantos que proyectó éste arquitecto. Hoy, el puente despliega toda su gracia en medio de la clásica arquitectura portuaria de Puerto Madero, como si siempre hubiera estado allí. Esta pasarela peatonal está moldeada en acero y sostenida por decenas de cables, en un diseño que parece desafiar la gravedad. El Puente de la Mujer flota sobre el canal, sostenido por solo tres bases, en una perfecta combinación entre el diseño y la técnica. Porque esa especie de arpa gigante y blanca de 160 metros de largo no es una estructura estática, sino que tiene un tramo central giratorio que se abre cada hora para permitir el paso de las embarcaciones que circulan por el dique. Se trata de un puente “atirantado”, cuyos tirantes son cables de acero galvanizado de alta resistencia, con un diámetro de 28 mm. La columna inclinada que sostiene la parte peatonal tiene 34 metros de alto y nos remite inmediatamente a ese otro puente que Calatrava construyó para la Expo de Sevilla, que cruza el Guadalquivir. Aquel lo dobla en tamaño y el mástil está invertido, pero sus formas curvas y su diseño son muy similares. En ambos puentes, Calatrava encontró mediante el diseño, la manera de evitar los clásicos puentes colgantes con grandes columnas rectas. Este mástil, llamado pílono, tiene una forma asimétrica y una inclinación de 38.81º. Santiago de Calatrava nació en Valencia, España, hace cincuenta años. Estudiante de bellas artes, más tarde se entusiasmó con la arquitectura, recibiéndose de arquitecto en 1974. Se perfeccionó en Suiza, dónde se recibió más tarde de ingeniero civil. Desde entonces, se especializó en el diseño y construcción de puentes y edificios de formas naturales. Su nombre circuló por todo el mundo a partir del famoso puente del Alamillo, de Sevilla ´92. Para él, las líneas curvas expresan más sentimiento que las rectas y el diseño es un permanente estudiar y repetir las formas de la naturaleza, para convertirlas en obras donde la estética se funda con lo funcional.

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