Plaza Dorrego

En las primeras horas de la manaña, el sol apenas puede calentar los baldosones de la plaza desierta. El barrio de San Telmo se está despertando y la Plaza Dorrego parece ser ese hueco desierto al sur de la ciudad que fue en la época de la colonia.

Después de la Plaza de Mayo, el solar de San Telmo fue la segunda plaza de la incipiente ciudad. Se trataba de un predio de 2.500 metros cuadrados reservado para estacionamiento de las carretas que, desde muy temprano, traían sus frutos con destino al puerto. Por ese entonces, el hueco era un descampado de tierra al que el Cabildo reservaba de toda edificación. Todavía el barrio no tenía nombre y se lo conocía como "el barrio del puerto", aunque desde el 1600, sus habitantes eran devotos de San Pedro González Telmo, patrono del Convento de Santo Domingo. En 1734 los Jesuitas comenzaron a construir la Iglesia de Nuestra Señora de Belén, conocidas como "la residencia" y de allí que la plaza cercana fuera conocida por los habitantes del barrio como Plaza de la Residencia. Así se llamaba esta misma plaza desolada una mañana de 1816 cuando el pueblo de Buenos Aires reconoció, luego de un acto político, la declaración de la independencia. Y si de nombres hablamos, la iglesia de San Pedro Telmo, que le da su nombre al barrio, es en realidad esa antigua Iglesia de Nuestra señora de Belén. Como una anécdota de la historia, en 1806 se decidió que mientras se construía su iglesia, los devotos de San Telmo tendrían su sede parroquial en la Iglesia que habían comenzado a levantar los jesuitas. Como la Iglesia de San Pedro Telmo nunca se construyó, los vecinos comenzaron a nombrar a la de Nuestra Señora de belén con ese nombre, hecho que continúa hasta hoy. A medida que pasan las horas, las plaza se vuelve luminosa, y los edificios que la rodean comienzan a cobrar vida. Muchos de esos edificios reconocidos por el Gobierno de la ciudad como patrimonio histórico datan del XIX, otros son de las primeras décadas del siglo XX, cuando el barrio de San Telmo era un reducto de alcurnia, habitado por familias adineradas. Ese carácter patricio tendría su contracara en la gran cantidad de población negra que servía en esas enormes casonas, y que con el tiempo le darían al barrio el ritmo inconfundible del candombe. Desde cualquiera de los bancos de la Plaza, uno puede ver como van abriéndose postigones y ventanas, como se van poblando los balcones, a medida que los habitantes van saliendo del letargo. A media mañana, la plaza comienza a vivir. Estudiantes, oficinistas, hombres de negocios y muchos turistas la atraviesan y recorren como antaño lo habrán hecho los sirvientes o sus distinguidos patrones. Porque a mediados del 1800, la plaza fue rebautizada como Plaza de Comercio, y haciendo honor a su nombre, allí se construyó el Mercado de Comercio de Buenos Aires. Durante muchos años, el mercado tuvo una especie de monopolio en la venta de carnes, frutos y verduras que volvió populoso al barrio. Cuando comenzaron a construirse mercados en los diferentes barrios de Buenos Aires, también se construyó el Mercado de San Telmo (que aún existe), marcando el fin del tradicional Mercado de Comercio y transformando la plaza en un paseo público. Para fines de siglo, la epidemia de fiebre amarilla produjo la emigración masiva de las familias pudientes, que abandonaron sus casonas de San Telmo y se mudaron al norte de la ciudad. Los edificios que rodean la plaza volvieron a cobrar vida con las oleadas de inmigrantes, que transformaron esas enormes residencias en los míticos conventillos, habitados por muchas familias de diversas nacionalidades. Mientras tanto, la plaza seguía siendo un polígono descuidado al sur de la ciudad. Durante un tiempo albergó la escultura del "canto al Trabajo", pero su tamaño excesivamente grande con respecto a la superficie de la plaza hizo que el gobierno la trasladara a su sitio actual, frente a la Facultad de Ingeniería. Otra vez, la plaza era un baldío. Hasta que la Compañía Argentina de Electricidad que tenía su sede frente a la misma, decidió hacerse cargo de su embaldosado. Para ese entonces, ya se llamaba Plaza Dorrego, quizás como un recordatorio de que el Coronel Manuel Dorrego había vivido en una de esas residencias frente a la plaza. Después del mediodía, la Plaza Dorrego vuelve a cambiar casi tanto como fue cambiando el Barrio durante su historia. Los cafecitos y bares levantan las cortinas y las veredas angostas se llenan de mesitas y sillas que parecen caerse de las aceras. El contorno de la Plaza cambia de colores, aromas y sonidos. Vuelven a escucharse, como hace 100 años, voces de todos idiomas, pero esta vez no son los inmigrantes, sino los turistas los que caminan y disfrutan de uno de los rincones más representativos de Buenos Aires. Durante la semana, esta manzana está habitada por artistas, bohemios y visitantes que a partir de la tarde se dejan seducir por el ambiente típico que la embarga. Los domingos, en cambio, es el territorio de los anticuarios. La Feria de San Pedro Telmo es una de las más importantes ferias de antigüedades del mundo. Surgió en los años setenta, como una sala al aire libre del Museo de la Ciudad. Pronto se transformó en un punto de visita obligado de habitantes y turistas, dándole al barrio de San Telmo un nuevo cariz a su ya multifascética identidad. La feria ocupa la plaza pero su influencia se extiende a las calles aledañas, colmadas de comercios de antigüedades y locales gastronómicos. Hoy, San Telmo es un mundo aparte dentro de la ciudad. Reserva histórica de la arquitectura, barrio de tangueros, reducto de artistas, pequeños teatros, bares clásicos y modernos restó, anticuarios y nuevos habitantes en un ámbito en el cual lo nuevo y lo viejo se funden sin que uno se de cuenta. Casi como no nos damos cuenta de que cayó la tarde y nos sorprendió la noche en esas calles empedradas que ahora se llenan con luces de velas y copas de buenos vinos, invitando a quedarnos y reencontrarnos con esa Buenos Aires que muchas veces olvidamos. ©

MAS FOTOS