Palacio Barolo

Afuera, el día está tan soleado como suelen estarlo los primeros días de la primavera. Pero en el interior del pasaje, la luz se vuelve diáfana, creando esa atmósfera particular de los grandes palacios. Queremos tomar una foto de la cúpula, tomada exactamente desde el punto central de la circunsferencia. Y en eso estamos, cuando la lente nos devuelve la imagen de un hombre jóven y delgado que se asoma sobre la cámara y nos pregunta, amablemente, qué estamos haciendo.
Miqueas Tärigen es, desde ese momento, el guía que nos llevará a conocer los secretos del lugar. Lo cuenta todo con la pasión de los que aman lo que muestran y nos descubre un mundo en el que se mezcla la arquitectura con la literatura, la historia y la masonería. Nos remonta a historias de tiempos lejanos… mucho antes que Luis Barolo, un imigrante italiano que se había enriquecido en el país con la industria textil, encargara la construcción del palacio que hoy lleva su nombre.
“Hómines quam màxime hómines” está escrito en una de las bóvedas de la planta baja. Es una de las catorce frases en latin que el arquitecto dejó impresas en sus muros. Es sólo el principio, ya que el Palacio Barolo fue concebido como una especie de templo laico que promueve las artes liberales, inspirada en la obra del Dante.
Luis Barolo había llegado a la Argentina en 1890 y desde entonces se había dedicado a la producción agropecuaria y textil. Fue él quién importó la primera máquina para hilar algodón, instaló las primeras hilanderías de lana peinada e hizo una fortuna fabricando cashimires. A principios de siglo, conoció al arquitecto Mario Palanti y le encargó la construcción de un edificio que destinaria a rentas. Por esa época, Barolo creía que Europa sufriría sucesivas guerras que la destruirían y vivía obsesionado por la idea de que las cenizas de Dante Alighieri pudieran perderse (ideas compartidas por muchos europeos en esa época). Tanto Barolo como Palanti pertenecían a la masonería y eran fieles admiradores de la obra del padre de la lengua italiana. Por esa razón, decidieron que el edificio se inspirara en la Divina Comedia. El resultado es una obra exhuberante y ecléctica, llena de simbolismos y referencias que Miqueas va ennumerando casi de memoria, a medida que nos acompaña a recorrer el que alguna vez fuera el edificio más alto de la cuidad.
El edificio, desde la planta baja hacia el piso más alto, está desarrollado en tres partes, como el poema: Infierno, Purgatorio y Cielo. En el famoso pasaje de la planta baja, que une la Avenida de Mayo con la calle Hipólito Yrigoyen, pueden verse nueve bóvedas que representan los pasos de iniciación, en referencia a las nueve jerarquías infernales. Sobre los muros, pueden verse farolas de hierro y bronce colgantes, sostenidas por dos dragones, cuatro cóndores y serpientes en las esquinas de las columnas. Los dragones, nos cuenta nuestro guía, representan los principios alquímicos, el mercurio y el azufre.
El tratamiento del piso del pasaje sigue un cuidadoso diseño. Las rosetas de bronce y mármol representan círculos de fuego y a medida que nos acercamos al centro del pasaje, bajo la cúpula, los mármoles rojos, blancos y verdes forman figuras rectangulares aparentemente decorativas. No será sinó hasta que lleguemos al cuarto piso y nos asomemos por la baranda del hueco central de la cúpula, cuando nos demos cuenta que, vistos desde arriba, las figuras forman una especie de altar. Ese era el lugar reservado por Palanti para disponer las cenizas del Dante. En centro debería encontrarse la escultura de un cóndor con la figura del poeta elevándose al paraíso, realizada por el mismo arquitecto, que nunca se colocó y cuyo rastro se ha perdido…
A los lados de este pasaje (que supo ser comercial y hoy se encuentra en reformas), están los ascensores y las magníficas escaleras de mármol por las que se accede a los pisos superiores. Los siete ascensores públicos son antiguos, de esos con puertas tijera e interior de marquetería de madera. Nos cuentan que también existen también dos ascensores privados, ocultos dentro de los mármoles de los muros, que Barolo se hizo construir para sus oficinas particulares, de manera de no cruzarse con sus inquilinos.
Los números de la Divina Comedia aparecen por todos lados: cien cantos tiene el poema y cien metros de altura tiene el pasaje. Los cantos tienen once o veintidos estrofas y el edificio tiene veintidos pisos, divididos en once módulos por frente.
Los pisos superiores y la cúpula simbolizan los siete niveles del purgatorio.
Seguimos subiendo hasta que los espacios se achican. Pasamos del ascensor señorial a uno más pequeño, y de ese a una mínima escalerita que parece de un convento, llegamos a un mirador desde cuyos balconcitos tenemos una de las mejores vistas de Buenos Aires hacia los cuatro puntos cardinales. Miqueas asegura que los días sin smog, se puede ver hasta Colonia… y nos invita a seguirlo por una escalera aún más angosta y con el techo tan bajo que, a pesar de las indicaciones, termina golpeándonos en la cabeza. Y finalmente llegamos al faro de 300.000 bujías que se encuentra en el punto más alto de la torre.
Mario Palanti tuvo el sueño de iluminar los lados del Río de la Plata, como bienvenida para los barcos que llegaban a los puertos. Para eso, construyó en Montevideo un edificio gemelo, el Palacio Salvo, que también tenía sobre su cúpula un faro igual al del Barolo. Además, los faros tendrían la posibilidad de dar mensajes a la población mediante luces de colores. Cuenta la historia que el faro del Barolo avisó, en 1923, el resultado de la histórica pelea entre Firpo y Dempsey, que se realizó en el Madison Square Garden. Hoy, el faro se enciende sólo en ocasiones especiales.
Comenzamos a bajar por la escalerita circular los primeros 100 metros de altura. El Barolo fue uno de los primeros rascacielos porteños, construido gracias a un permiso especial del gobierno, ya que superaba cuatro veces la altura permitida para esa zona. Pero además de la altura, el palacio de Palanti fue el primer edificio argentino construido integramente en hormigón armado. El tratamiento de la fachada incorpora algunos elementos novedosos para la época en los edificios para oficinas, como los bow-windows, la mansarda de tres pisos, y la extravagante cúpula inspirada en el templo Rajarani Bhubaneshvar, que representa el amor tántrico entre Dante y su amada Beatrice.
Es casi imposible ver su cúpula completa desde cualquiera de las dos aceras de la Avenida de Mayo… el magnífico edificio se encuentra hoy rodeado por otros casi tan altos como él. Pero si nos alejamos, aún podemos imaginarnos como se veía a principios de siglo, este palacio italiano en la avenida más española de todas.©

 

 

 

 

 

MAS FOTOS