Villa Ortiz Basualdo

Hubo una época en que Mar del Plata fue la ciudad balnearia por excelencia, reducto veraniego de la alta sociedad argentina de principios del siglo. Eran aquellos tiempos dorados en los que las vacaciones comenzaban en noviembre y terminaban después de Semana Santa, cuando los grandes estancieros traían junto a su familia, todo un séquito de mucamos, cocineros y cocheros. Fue en esa época cuando doña Ana Elía de Ortiz Basualdo, una de las figuras más destacadas de la élite porteña, decidió tener su casona de verano en Mar del Plata. Para ello, la viuda de Ortiz Basualdo no reparó en gastos: eligió uno de los solares más altos de la Loma y encargó el proyecto de un palacete francés inspirado en los castillos del Loire, a los arquitectos Lois Dubois y Paul Pater. La construcción comenzó en 1909, a cargo del italiano Leandro Bianchini. En 1918, el arquitecto Camus proyectó una remodelación que transformó el aspecto original francés otorgándole características normandas, cuya construcción le correspondió al ingeniero italiano Alula Baldassarini. El resultado final remite a la típica arquitectura pintoresquista de principios del siglo, con techos de pizzarra de zinc y fachadas con carpintería “a la inglesa”. Su imponte fachada sobresalía aún más por la altura de su ubicación sobre la colina, sobre todo cuando sólo la rodeaban el edificio del Agua, la basílica de la Stella Maris y la Villa Normandie, (hoy sede del consulado de Italia). El chalet tenía cuatro pisos articulados en torno a tres vestíbulos superpuestos unidos por una imponte escalera. El piso inferior, por debajo del nivel del suelo, destinado a cocheras y servicio. La planta principal contenía la recepción y tres dormitorios y los dos pisos superiores albergaban otras diez habitaciones distribuidas de forma asimétrica. Las fachadas son diferentes en cada nivel. Las de la planta baja son de piedra y revoque. Las del primer piso son de ladrillo visto y revoque en bandas horizonales y las fachadas de los pisos superiores presentan un falso pan de bois, característico de la construcción nórdica. Pero sin desmerecer su imponente apariencia exterior, la verdadera importancia de la Villa Ortiz Basualdo, quizás se encuentre en su interior. El diseño interior de la casona era (y es) una verdadera maravilla art-nouveau, uno de los últimos exponentes del trabajo del belga Gustave Serrurier-Bovy. Es muy difícil encontrar, en el mundo, un conjunto original completo de un mismo diseñador art nouveau, sobre todo de la talla de Serrurier. La mayoría de los edificios europeos fueron destruidos durante la guerra y los muebles se han ido dispersando entre diferentes personas. En la Villa Ortiz Basualdo, en cambio, se conserva casi todo el mobiliario original de comedor, dormitorios, y la sala de música, además de los exquisitos vitreaux de los muros y las aberturas. La Villa Ortiz Basualdo se mantuvo como la residencia veranie- ga de la familia hasta 1980, cuando fue adquirida por la Municipalidad de General Pueyrredón. “Todo pasa en la vida. Llegó un momento en que la casa se vació. Los recuerdos u secretos de sus ochenta años de historia descansan ahora en sus paredes”, dijo ese día una de las nietas de Doña Ana, despidiéndose del símbolo de un estilo de vida que marcó una época. Desde entonces, el edificio alberga la sede del Museo de arte de la ciudad, que lleva el nombre de “Juan Carlos Castagni- no”, en honor al maestro nacido en Mar del Plata. Las paredes del primer y tercer piso muestran obras de Pridiliano Pueyrredón, Berni, Soldi, Basaldúa, Seoane, Raquel Corner, Presas, Alonso y una importante colección de 138 obras del propio Castagnino. ©

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