Catedral de San Isidro

Todos los 15 de mayo, una procesión sale de la Catedral de San Isidro por la calle 9 de Julio. Continúa por Acassuso hasta Martín y Omar, para retornar por Libertador hasta la Plaza Mitre. Una enorme cantidad de fieles (y otro igual número de curiosos), asisten a la fiesta patronal de San Isidro Labrador y su esposa, Santa María de la Cabeza, en una tradición que se repite desde hace un siglo. La historia comenzó hace mil años, muy cerca de Madrid. En las tierras de Iván de Bargas, trabajaba un labriego muy devoto, que alternaba su trabajo con rezos en el campo y misas en la Almudena, en Atocha o en San Andrés. Isidro había nacido en el año 1095, y estaba casado con Maria Toribia de Uceda. Cuentan que su vida estuvo llena virtudes, oraciones, trabajo honrado y pequeños milagros. Murió en 1170 y su cuerpo incorrupto se conserva aún en la Iglesia de San Andrés. En 1622, el Papa Gregorio XV canonizó, junto a Ignacio de Loyola, Teresa de Jesús y Francisco Javier, a este humilde campesino que la historia conocería como San Isidro Labrador. La historia continúa un siglo más tarde en el Nuevo Mundo, cuando llega al Puerto de Buenos Aires un soldado de la milicia nacido en el pueblo de Zalla, cerca de Valmaceda, en España. Domingo de Acassusso pronto abandonó la milicia para dedicarse a los negocios y llegó a ser un acaudalado comerciante de cuanta cosa tuviese valor, incluido el tráfico de esclavos. Acassusso también ocupó puestos en la administración pública de la Indias y llegó a tener una buena posición social. Su fortuna le permitió establecer en 1706, una capellanía en los Pagos del Monte Grande, también llamados Pagos de la Costa, y levantó allí un templo románico que puso bajo la advocación del santo protector de su familia en Zalla, San Isidro Labrador. Por ese entonces eran tierras descampadas, sólo habitadas por algunas chacras, pero con esta capilla estaba puesta la piedra fundamental del futuro partido de San Isidro. La historia sigue a fines del siglo XIX, cuando la ciudad ya se extendía hacia el norte y San Isidro se perfilaba como un reducto de veraneo o residencia de la clase acomodada porteña. La antigua capilla quedaba chica y se encargó entonces la construcción de un nuevo templo que iba a convertirse en catedral. Los autores del proyecto del templo neogótico de la Catedral de San Isidro fueron los arquitectos suizos Dunant y Paquin. Con sesenta metros de largo, diecinueve de ancho y una torre de sesenta y nueve metros de alto, el templo se inauguró, orgulloso, en 1898. Los fieles conocieron un templo de tres naves, con siete altares, más de cien imágenes e imponentes vitrales. El exterior de ladrillo rasado y cemento, con ornamentos y molduras, resaltaba bajo el techo de pizarra oscura. Pasaron los años, y la historia siguió su curso. En los años sesenta, después del Concilio Vaticano, un aura de austeridad se apropió de la catedral. Sus altares fueron desarmados, y reemplazados por la escueta mesada de piedra blanca que presidió las misas desde entonces. Desaparecieron imágenes y ornamentos dorados, y el interior fue completamente revestido en un salpicré grisáceo y uniforme. Por fuera, el clima y la falta de mantenimiento hacían mella en los muros, dándole un aspecto tan gris como el del interior. Los relojes de la torre dejaron de funcionar, y los claveles de aire parecían haber encontrado en los ladrillos ahora oscuros un buen lugar donde alojarse. El deterioro visual era igual al estructural. Cien años después de su inauguración, la catedral sufría tenía vicios defectos edilicios que reclamaban a gritos una urgente reparación. Y así la historia llega hasta nuestros días. Monseñor Cassareto, Obispo de San Isidro, firmó un decreto en el año 2000 por el cual autorizaba una comisión a evaluar el estado del edificio, y daba el puntapié inicial de una restauración integral que terminará a fines del 2007. Los responsables (ad-honoren) de la tarea fueron los arquitectos Francisco Santa Coloma y Jorge Valera, y el ingeniero Juan José Briozzo, junto al Padre Pedro Oeyen, párroco de San Isidro. Una vez evaluados los costos, comenzó la titánica tarea de conseguir los fondos, ya que no saldrían aportes de la curia ni del Estado Nacional, ya que la catedral no está catalogada como edificio patrimonial. Corralito de por medio, el inicio de las obras se retrasó hasta mediados del 2002, con aportes de la Municipalidad de San Isidro, numerosas empresas del sector privado, algunas instituciones y muchos fieles y vecinos. Primero se solucionaron los problemas estructurales y se remozaron los vitrales. El exterior se remozó totalmente, dándole a las paredes el color ladrillo y arena originales mediante minuciosos trabajos de hidrolavado y reemplazo de piezas dañadas. También se restauraron los techos con cubiertas metálicas negras (las viejas pizarra habían sido reemplazadas hace años, debido a recurrentes filtraciones) Trescientos cincuenta ornamentos y ciento cuarenta metros de balaustradas fueron restauradas o vueltas a crear según modelos existentes. Lo mismo ocurrió con las crochettes, (figuras con relieve que ornamentaban los marcos de las puertas), que serán repuestas. Con un trabajo casi artesanal, los pisos, techos y muros del interior volverán a lucir como antaño, con detalles en dorado a la hoja, revestimientos símil mármol en los zócalos y paredes color beige claro. Las imágenes de San Isidro labrados y su esposa, Santa María de la Cabeza serán restauradas, junto con la imagen de la Virgen María y la gran cruz de madera del centro. Pasó mucho tiempo desde que Domingo de Acassusso construyera la primera capilla en un paraje casi rural. Y el pueblo de veraneo de la alta sociedad porteña que vió construir al templo neogótico se ha transformado en una de las ciudades más pujantes del Gran Buenos Aires. El año que viene, como todos los 15 de mayo, la ciudad festejará el santo de su Patrono con la tradicional procesión que antecede a la misa. Pero esta vez, la catedral estará impecable y orgullosa, esperando a los fieles para escribir muchos años más de historia… ©

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