Centro Cultural
Recoleta


Cuando Juan de Garay repartió las tierras, hubo seis “suertes” que se encontraban en el territorio que hoy ocupa el barrio de la Recoleta. La zona central se la otorgó a Don Rodrigo Ortiz de Zárate, quién instaló allí una chacra llamada “De Los Ombúes”.

A comienzos del siglo XVIII, las tierras pertenecían al Capitán Fernando de Valdés Inclán y su esposa, Doña Gregoria de Herrera y Hurtado, quienes donaron en 1717 un predio de generosas dimensiones a los Monjes Recoletos. En los documentos de esa donación, consta que ya se encontraba en ejecución una iglesia. Por ese entonces, las tierras se encontraban fuera de la traza de la ciudad, en los pagos de los Montes Grandes, luego llamados de San Isidro. A su lado, los monjes encaran la construcción de un monasterio que muchos años más tarde daría el nombre al cementerio anexo y al nuevo barrio que se formaba a su alrededor. Dice una historia nunca probada que un comerciante aragonés llamado Narbona se interesó en el proyecto, primero logrando la donación y luego construyendo una enorme casa. Según la leyenda, la casona tenía una serie de túneles que unían la tierras con el río desde los cuales entraba el contrabando con el cual Narbona hizo una gran fortuna. De allí viene una copla de esa época que rezaba “Narbona hizo a la Recoleta y la Recoleta hizo a Narbona.” Fuera de esa frase, la historia no guarda registros sobre la actividad del aragonés, y lo único cierto es que financió parte de la construcción del Monasterio de los Recoletos y su Iglesia de Nuestra Señora del Pilar, que fueron inaugurados en 1732. En los siguientes cien años, la zona aledaña al Monasterio fue cambiando su fisonomía orillera y a medida que la ciudad se expandía hacia el norte se fueron instalando quintas de veraneo. A mediados del siglo XIX, las quintas habían dado paso a las residencias que convertirían al barrio de la Recoleta en el más lujoso de la ciudad. Mientras tanto, el Monasterio también fue cambiando su destino. En 1822, durante la presidencia de Martín Rodríguez, cuando Rivadavia era Ministro, se lleva a cabo la reforma del orden escolástico que determina que los monjes abandonan el convento y el mismo pasa a pertenecer al poder público. Primero funcionó como Hospital Buenos Aires y más tarde como Asilo de Mendigos. En 1859 se construyen nuevos pabellones y una capilla para los internados. El proyecto del reconocido arquitecto italiano Buschia- zzo conservó los claustros originales. El Asilo también cumplió las funciones de cuartel y hospital de sangre, hasta que finalmente se convirtió en el Hogar de Ancianos Gobernador Viamonte. Hoy, el antiguo edificio alberga al Centro Cultural Recoleta, cuyo fondo linda con el predio en el cual se construyó el Buenos Aires Design, un centro comercial orientado al diseño y la decoración. A su lado sigue en pie, excelentemente conservada, la Iglesia de Nuestra Señora del Pilar. La misma leyenda dice que fue consagrada a la virgen del Pilar por pedido del propio Narbona, en honor a la patrona de Zaragoza. Los planos originales de la basílica llevaban la firma de dos arquitectos muy relacionados con la arquitectura eclesiástica, Juan Krauff y Juan Wolf, aunque la obra la llevó a cabo el arquitecto jesuita Andrés Blanquis, a quien corresponde la terminación de la fachada principal y la terminación interior. De estilo colonial e influencia barroca, la fachada tiene un doble juego de pilastras bajo un frontispicio clásico. Su torre está rematada con un tambor con un cupulín campaniforme, revestido con azulejos Pais de Calais. Sobre el lateral derecho se observa una doble espadaña, única en la ciudad, coronada por un reloj esférico. En la década del 30 se realizó una remodelación que conservó los retablos, gran parte de la imágenes y demás elementos de culto que datan de la época en que los frailes habitaban el convento vecino. Muchos de estos tesoros se pueden ver en el museo que alberga la basílica, declarada Monumento Histórico Nacional en 1942. El Centro Cultural Recoleta, la basílica del Pilar y el Buenos Aires Design son tres edificios que hoy conforman un conjunto arquitectónico que parece unificarse a través de sus colores contrastantes. La idea corresponde al arquitecto Peña, en ese momento director de urbanismo de la Ciudad de Buenos Aires, quién logró convertir unos antiguos claustros de recogimiento en un lugar público que hoy atrae a miles de porteños y turistas diariamente. ©

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