Casa Rosada

Nadie se hubiera imaginado que para entrar a la Casa Rosada era necesario atravesar una reja de obra, salteando una serie de pozos, en medio del ruido ensordecedor de las palas mecánicas y los martillos neumáticos.

Por fuera, la Casa se parece más a un campo de batalla que a la sede del Gobierno Nacional. Una sucesión de rejas y empalizadas impiden el acceso, y la vereda de la calle Balcarce se diluye en medio de la arena de las obras y los hierros de los andamios. Al levantar la vista, un enjambre de medias sombras apenas deja entrever el característico color carmín que le da el nombre a nuestra Casa de Gobierno.
La cosa es que allí estábamos, un domingo a la tarde, paseando por el interior de una casa de gobierno casi deshabitada, escoltados por un granadero en uniforme de fajina. Nobleza obliga, debemos confesar que el granadero en cuestión no estaba precisamente para escoltarnos, pero la ilusión, por un momento, así nos los hizo creer (en definitiva…que mujer no sueña con ser escoltada, alguna vez, por un gallardo granadero?)
Una vez dentro, el edificio guarda su tradicional compostura, a pesar de las estructuras metálicas que se suceden por diversos sectores, y algunos muros derruidos por la corrosión muestran que el edificio soporta sobre sus espaldas algo más que el paso de los años. Es que el centenario edificio enfrenta la mayor restauración de los últimos sesenta años.
La historia de la Casa de Gobierno se remonta a la época de la conquista, cuando Juan de Garay estableció el solar destinado a Plaza Mayor, en dónde hoy se encuentra la Plaza de Mayo. En 1594, se levantó allí la Fortaleza de Don Juan Baltasar de Austria que con el tiempo se reforzaría con mayores torres y defensas. Para 1720, la fortaleza recibe el nombre de Castillo de San Miguel, aunque ya se lo llamaba simplemente “El Fuerte”.
De aquel antiguo fuerte, destinado a defensa y asiento de las autoridades españolas y de los gobiernos patrios queda poco y nada… exceptuando una de sus troneras y el recinto de bóveda que fuera almacén de de la Real Hacienda, que se atesoran en el Museo.
En el lugar que actualmente ocupa la Plaza Colón se levantó en 1855 la Aduana Mayor, que también fue demolida hasta el primer piso para la construcción del Puerto Madero y su base quedó sepultada bajo la plaza.
Durante la presidencia de Mitre se remoza el sector de la Casa de Gobernadores y Virreyes del antiguo fuerte, para que el presidente se instale con sus ministros. Más tarde, Sarmiento le agregaría jardines y rejas, pintándola por primera vez de un color rosado subido.
Pero el edificio de la Casa Rosada tal como se lo ve hoy es el resultado de la unión de dos edificios que cumplían diferentes funciones. Fue en 1873, durante la presidencia de Sarmiento, cuando éste ordenó al arquitecto sueco Carlos Kihlberg proyectar un edificio de Correos y Telégrafos en la actual esquina de Balcarce e Hipólito Yrigoyen. Una década más tarde, Julio Argentino Roca encaró la construcción de un edificio gubernamental proyectado por Enrique Aberg, que continuaba en simetría con el palacio de Correos hacia la otra esquina de Balcarce y Rivadavia. Este edificio incorporaba balcones abiertos a modo de loggias y ambos edificios estaban comunicados por una calle que unía la Plaza de Mayo con la Aduana. Finalmente, le debemos al ingeniero italiano Francisco Tamburini la unión de los dos edificios bajo el gran arco central de “Balcarce 50”, custodiado por la Guardia de Honor del cuerpo de Granaderos. Los granaderos que constituyen, desde 1907, la custodia presidencial en todas las residencias oficiales. Son esos mismos granaderos los que reciben al Presidente, cada mañana, cuando ingresa por el Hall de Honor, con la tradicional fórmula de que “la casa se encuentra sin novedad”.
El Hall, con sus columnas y su piso de damero en blanco y negro, está rodeado por la Galería de los Bustos, en la que se encuentran inmortalizados los presidentes argentinos esculpidos por artistas nacionales y extranjeros. La tradición comenzó con Roca, quién mandó a esculpir los tres primeros bustos, y se oficializó con un decreto de 1973 que establecía que se colocará el busto de cada presidente una vez transcurrido el lapso de dos mandatos desde que haya finalizado el suyo. Sin embargo, el criterio que rige según los usos y costumbres, es el de colocar los bustos de los presidentes una vez fallecidos.
Custodiadas por los que alguna vez caminaron por esos baldosones blancos y negros se abren dos escaleras de honor, una a cada lado. La escalera Francia, llamada así por el gobelino francés que representa a San Martín, regalo oficial de la república Francesa a la Argentina, comunica con el despacho del Jefe de la Casa Militar.
En el lado opuesto, la escalera Italia debe su nombre a una placa de Mármol y bronce que el reino de Italia entregara a Roque Saenz Peña con motivo del primer centenario. Por ella se accede a los salones y comunica con la galería de los vitrales, quizás uno de los lugares más simples y exquisitos de todo el edificio.
Los salones se suceden uno más suntuoso que el otro. El salón Sur es la sede de reuniones informales, de prensa y ceremonias menores. El salón Norte es llamado comúnmente “Salón de los Acuerdos”, porque en él se realizan las reuniones de gabinete y alberga la famosa mesa de acuerdos de estilo victoriano, con las sillas tapizadas en terciopelo capitoné, de la cuales la correspondiente al Presidente tiene tallado el Escudo Nacional en el respaldo.
Finalmente, el salón Blanco es el gran espacio en el cual se llevan a cabo los actos de gobierno de mayor trascendencia. Es allí dónde el Presidente recibe los atributos de mando, el Bastón y la Banda, y donde se realizan las ceremonias de juramento, las presentaciones de credenciales de representaciones extranjeras, las recepciones de invitados especiales, las firmas de tratados internacionales y los mensajes de mayor trascendencia dirigidos por el Presidente de la Nación. Ocasionalmente, puede ser utilizado como sala velatoria, ante el fallecimiento de alguna personalidad de relevancia nacional. En el Salón Blanco se encuentra un famoso conjunto escultórico que fue comprado a la Casa Forest de Paris con motivo del Centenario: el busto de la Patria, realizado en mármol de Cararra, sobre el que se ubica el Escudo Nacional de bronce sobre placa de mármol. El centro del salón está coronado por una araña de bronce sobredorado de fabricación francesa y armada en Buenos Aires.
El gran salón tuvo algunas modificaciones a lo largo de los años: las puertas originales eran de cristal esmerilado con el escudo estampado. Las molduras de las paredes, doradas a la hoja fueron realizadas en 1900, con motivo de la visita del presidente del Brasil, de Campo Salles, y el piso original de gres fue reemplazado por el de roble de eslabonia en 1903.
A medida que baja el sol de la tarde, la Casa Rosada (que por dentro es amarilla) va tomando otro cariz. El patio de Honor, custodiado por una sucesión de columnas de la galería circundante, comienza a expandir la sombra de las Palmeras que le dan su nombre. Las derruidas baldosas color siena demuestran que los años han pasado y nos damos cuenta que por ellas han caminado todos los presidentes de nuestro país.
Un granadero, esta vez con su uniforme característico, apura el paso para unirse a la formación que arriará la bandera de la Plaza de Mayo. Afuera, la Plaza está llena de turistas, cámara en mano, dispuestos a inmortalizar en una foto un acto que se repite todos los días… Para ellos es una simple atracción turística, para nosotros, un acto lleno de significado. ©

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