Epecuén

Después de la inundación

Los jóvenes de hoy probablemente no recuerden la gran inundación. Los niños y los adolescentes, no la vivieron. Muchos de los adultos prefieren no hablar del tema, como si las cosas que no se nombraran no existieran. Sólo los ancianos, cuyas pupilas ya han visto casi todo, y no pueden borrar de su mente los recuerdos, hablan del tema con una mezcla de resignación y dolor.
Pasaron más de dos décadas desde el día en que el agua subió para no bajar más.
La Laguna Epecuén es la última de las Encadenadas, un sistema cerrado en el cual el agua de una laguna drena sobre la siguiente. La desidia institucional, la ignorancia política, el egoísmo de algunos y los intereses enfrentados de otros, hicieron que la cíclica crecida de las encadenadas, esa vez, se transformara en un desastre.
La Villa Epecuén, la de las “aguas buenas” en el idioma de los indios ranqueles, guardaba el tesoro de albergar uno de los dos espejos de agua con mayor salinidad del mundo (el otro es el Mar Muerto).
La leyenda dice Epecuén era la hermosa hija de cacique puelche Lancovuta. Codiciada por los príncipes de todas las comarcas del imperio, el cacique prometió desposarla al ganador de un torneo de lanzas y escudos. El ganador fue un apuesto jóven llamado Carhué (corazón puro, en puelche). La pareja fue feliz muy poco tiempo, porque Carhué fue presa de una extraña parálisis. Tantas lágrimas derramó Epecuén que se formó una laguna en la cual su esposo se sumergió para curar, milagrosamente, su dolencia.
La ciencia dice que el agua de la laguna es catorce veces más salada que el mar y tiene una combinación única de minerales y oligoelementos que los hacen altamente efectivos para problemas óseos y dermatológicos. A mediados del siglo pasado, el poder curativo de sus aguas comenzó a atraer turistas. La llegada del ferrocarril hizo el resto. Para los años setenta, la villa y su lago eran un paraíso turístico plagado de hoteles con baños termales y piletones de barro con propiedades curativas. Una década más tarde, desapareció de la faz de la tierra.
La orgullosa ciudad termal se convirtió, el 1 de noviembre de 1985, en una Atlántida moderna… La defensa de un simple terraplén de tierra y piedras, construido a fines de los setenta, no soportó el enorme caudal de agua que se le enviaba desde una cuenca ajena a este sistema. En cuestión de horas, el pueblo tenía cuatro metros de agua en sus calles. Sus mil quinientos habitantes apenas tuvieron tiempo de juntar algunas cosas antes de la evacuación. La mayoría se tomó la precaución de cerrar la puerta con llave, con la ilusión de encontrar todo intacto cuando vuelvan… el agua nunca se fue, alcanzando los diez metros en 1993.
Hoy, el país casi no se acuerda de Villa Epecuén. Pero los que recuerden las imágenes de aquella película de Pino Solanas, las pueden recrear, en vivo y en directo, en un paseo turístico que pone la piel de gallina.
Los árboles muertos y endurecidos a causa de la sal, marcan el antiguo trazado de las calles. A sus lados, están los restos de lo que fue una ciudad: las casas, la iglesia, el castillo, los paseos, el balneario, el cementerio… son todos restos, pero cada resto tiene grabado, debajo de la sal que dejó el agua, la historia de quienes habitaron este pueblo. Hoy viven en Carhué, en Guaminí o alguna de las otras ciudades vecinas. Tienen la frustración grabada en el rostro. Saben que su pueblo sucumbió por muchas causas, pero por una sola razón: una lucha de todos contra todos, en los cuales iba a perder la ciudad más débil. A la improvisación hidráulica y el descreimiento, se le sumó una de las peores debilidades humanas, la ambición. Esa ambición desmedida de los terratenientes que drenaron sus aguas, para salvar sus campos, a pesar de saber que la cuenca era cerrada y el agua no tendría salida. O de los pueblos que eligieron salvarse en detrimento de sus vecinos, o de aquellos promotores turísticos que pedían más agua en la laguna, para tener una mejor temporada.
El verano de 1985 fue el mejor de todos… y fue el último. Pasaron veinte años. Villa Epecuén ahora figura en los folletos turísticos como un pueblo sumergido con visitas guiadas.
La posta de las aguas termales la tomó Carhué. La ciudad es como casi cualquier otra ciudad “del interior”. Calles anchas con boulevares, veredas prolijísimas, la plaza principal con la iglesia y la municipalidad y una tranquilidad pueblerina que sólo se ve afectada en los meses de verano, cuando las hordas de turistas ganan la laguna.
Sin embargo, ni los proyectos de desarrollo turístico impulsados desde el gobierno, ni la súbita prosperidad que trajo ese desarrollo logran despejar de la mente el fantasma de Epecuén. Caruhé está muy cerca, demasiado y todos saben que, de no tomarse las medidas necesarias, el desastre puede repetirse. La laguna, que hace quince años ocupaba diez mil hectáreas, hoy abarca quince mil y su cota está a 100 metros sobre el nivel del mar. Los habitantes de Carhué dicen que a pesar de los embates del agua, la ciudad nunca se inundó y señalan el terraplén de tres metros de alto, siete de ancho y tres kilómetros de largo que bordea el pueblo. Pero el agua sigue llegando, por canales clandestinos que desaguan los campos, y por el desagote que envían, por ejemplo, desde Puán. No por nada dicen que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. ©

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