Estancia
El Mirador de Cañuelas

A sólo setenta kilómetros de la Capital Federal, un campo de 400 hectáreas que históricamente se dedicó a la producción agrícola ganadera, se ha convertido en una hostería rural. Como casi todas las estancias escondidas en el interior, para llegar hay que recorrer dos mil metros de un camino flanqueado por añosos eucaliptus en los que anidan loros y horneros. Había llovido durante diez días, pero el camino estaba lo suficientemente respetable como para que un auto “urbano” pueda transitarlo. Cuando por fin llegamos, el casco de la estancia aparece en medio de un parque de 20 hectáreas, parquizadas por el famoso paisajista Carlos Thays. Ombúes de más de cien años conviven con olivos, castaños, robles, acacias, pinos y una gran variedad de árboles frutales. En los bosques es posible observar, además, una gran variedad de aves. La casa principal fue reacondicionada, para adaptarla a su nueva función, y hoy cuenta con ocho habitaciones en suite, un restaurante y cafetería, piscina, y espacios deportivos. El casco de la estancia es una hermosa casona de dos plantas, rodeada por una galería y coronada por un alto mirador que le da el nombre a la estancia. Su construcción data de mediados del 1800, y respeta el típico estilo neocolonial de la época: ventanas rectas con molduras arqueadas, protegida por celosías de chapa y rejas, la galería encolumnada, puertas anchas de madera macisa y techos de tejas coloniales. El color rosado responde al tono de la pintura original, combinado con las molduras blancas y las rejas negras. El conjunto, con los pisos de ladrillos restaurados y otros de cerámicas rojas, nos remonta al pasado, cuando esta era tierra de fortines y aquel mirador servía de vigía ante los posibles ataques de algún malón. ©

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