Nunciatura Apost├│lica

La Casa de los hu├ęspedes ilustres

Allí, donde Buenos Aires se parece a París, se extiende una avenida de sólo siete cuadras, que alberga algunos de los edificios de arquitectura francesa más importantes de la ciudad. Desde el tradicional Alvear Palace Hotel, que se ha convertido en un ícono de la avenida, hasta el bajo se suceden una serie de construcciones que forman parte de un rico patrimonio arquitectónico: la Casa de las Academias Nacionales, el palacete Casares, la mansión Hume, el palacio Duhau (hoy convertido en el hotel Park Hyatt) y la residencia Fernández Anchorena, que alberga la sede de la Nunciatura Apostólica.
En la esquina de Alvear y Montevideo, sobre un terreno que baja hasta la calle Posadas, se encuentra una espectacular residencia que lleva la firma del arquitecto Edouard Le Monnier. El célebre arquitecto francés, que se afincó en Buenos Aires como un porteño más, realizó la obra por encargo del matrimonio Fernández Anchorena, quienes nunca llegaron a ver la obra terminada.
A principios del siglo XX, Europa vivía frenética al ritmo de la belle époque. El ambiente despreocupado de la preguerra convertía a Paris en el destino ideal para muchos integrantes de la alta sociedad porteña, que alternaban sus residencias entre una capital y otra. En 1907, Juan Antonio Fernández y Rosa de Anchorena encararon la construcción de su residencia de Buenos Aires y partieron a Francia en uno de sus frecuentes viajes. Pero esta vez, un accidente dejaría a Juan Antonio sin movilidad en sus piernas, y los Fernández Anchorena no volverían más a Buenos Aires. La hermosa casona de la avenida Alvear estuvo siempre deshabitada e impecable, con excepción de algunos huéspedes ocasionales a los que el matrimonio ofrecía su casa como residencia momentánea. Fue así como la casona se convirtió en la residencia presidencial de Marcelo T. de Alvear, adaptándose muy bien al aire aristocrático que le dio a su mandato.
A fines de la década del veinte, Fernández decide alquilar su propiedad a Doña Adelia María Harilaos de Olmos, una mujer tan rica como devota, que habitó el palacete hasta su muerte y fue artífice de su actual destino.
Adelia Harilaos había crecido en el seno de una familia acomodada venida a menos, viendo como sus padres perdían toda la fortuna heredada de su abuelo materno, Don Felipe Pujol de Senillosa, quién había dejado una enorme herencia en estancias, chacras, bienes muebles y oro. Dicen los chismes de la época que cuando conoció a Ambrosio Olmos, ex gobernador de Córdoba, Adelia era una mujer joven y hermosa que no estaba interesada en casarse con él. Sin embargo, en un viaje a Paris coincidieron en el mismo hotel y fue la ciudad más romántica del mundo la testigo de su compromiso. Se casaron en Paris en 1902 y vivieron allí hasta 1904 cuando falleció la madre de Adelia.
Retornaron a Buenos Aires, pero Ambrosio murió dos años después, sumiendo a su esposa en una profunda tristeza que muchos diagnosticaron como demencia. Fue enviada por la familia de su marido nuevamente a Paris e internada en un hospicio, en lo que ella llamó “el año más doloroso de su vida”… milagrosamente, un tiempo después estaba recuperada, instalada en un petit hotel y disfrutando de una asidua vida social, mientras que cada vez se acercaba más a la iglesia.
Doña Adelia regresó al país en 1911. Dueña de una enorme fortuna y sin familia, emprendió una labor benéfica a favor de los pobres y de la Iglesia Católica que no encuentra parangón en otra figura. Fue una de las fundadoras de la Liga de Damas Católicas, y de la Caja Dotal de Empleadas. Formó parte de la Sociedad de Beneficencia de Buenos Aires y cristalizó su acción de obras como la Iglesia castrense de Nuestra Señora de Luján en Belgrano, Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa en Parque Chacabuco y la Iglesia de las Esclavas del Corazón de Jesús, entre muchas otras capillas en Buenos Aires y Córdoba. Estas acciones la llevaron a ostentar el título de Marquesa Pontificia, concedido por el Papa Pio Xi en 1930.
Mientras tanto, seguía alquilando el palacio de la Avenida Alvear, que sus dueños se resistían a vender. Fue en esa residencia que Doña Adelia alojó al Cardenal Pacelli cuando vino a Buenos Aires con motivo de celebrarse el XXXII Congreso Eucarístico Internacional, en 1934. Cinco años más tarde, Pacelli se convertiría en el Papa Pio XII.
Recién en 1942, los herederos del matrimonio se decidieron a vender la propiedad de Buenos Aires a la mujer que la había habitado durante veinte años.
La Condesa Pontificia falleció sin descendencia en 1949, pero dos años antes había dejado asentado en su testamento que su casa de la Avenida Alvear 1605 pasara a manos de la Santa Sede, para que se convierta de allí en más en la “sede de su representante, el Nuncio Apostólico en la República Argentina, en recuerdo de la estadía del actual Papa Pio XII, que se alojó en esta casa…”
En 1952, la Nunciatura se trasladó desde su antigua sede de la Calle Riobamba, a este exquisito palacio francés.

El palacete francés de la Avenida Alvear
“… Buenos Aires está plagado hoy día de fachadas Luis XV; un arquitecto de buena escuela inició el movimiento con algunos ejemplares discretos y de buen gusto; actualmente no se ve otra cosa por todos lados, en todos los barrios; ricos y pobres, palacios y casuchas ostentan el estilo de modo en sus frentes; ¿cuántas construcciones coloniales, de paredes de barro, no han sido ya modernizadas y han visto asociarse esos dos productos de civilizaciones tan distintas: la azotea y el Luis XV…?. Una ciudad tan cosmopolita como Buenos Aires no puede contentarse hoy con sus antiguas fachadas ornamentadas con esas pilastras rematadas por capiteles mil veces repetidos…así como tampoco caer en una luisiada como si hubiese caído una nevada de luises.” Arq. Edouard Le Monnier.
El cambio de siglo encontró a Buenos Aires sumergida en una vorágine de crecimiento demográfico y económico. La capacidad agropuecuaria del país se encontraba en su apogeo y llegaba la primera gran ola de inmigrantes europeos. La elite gobernante aprovechó el momento para encarar la construcción de una infraestructura que imitara los modelos urbanos y arquitectónicos del viejo Continente. En ese clima llegó a Buenos Aires un jóven arquitecto egresado de la escuela de Bellas Artes de Paris. Con su reciente título bajo el brazo, Le Monnier encontró en esta sociedad el clima ideal para desarrollar su profesión, tanto en el ámbito privado como en el académico, llegando a ser uno de los más originales y creativos arquitectos de su generación. El Jockey Club de Rosario, el Yatch Club de Buenos Aires, el palacio Bencich y muchísimos edificios son una muestra de su estilo que transitaba entre el academicismo francés y la vanguardia, con una gran destreza en la composición de masas y volúmenes, detalles y motivos.
Cuando Fernández le encarga la construcción de su residencia, Le Monnier proyecta un edificio acorde al terreno en el que se encuentra emplazado, destacando el frente sobre la Avenida Alvear y potenciando las visuales hacia las barrancas en el contrafrente.
El proyecto es un exponente del ecléctico estilo que combina el Art Nouveau y un revival Luis XV: líneas curvas, ornamentación y formas inspiradas en la naturaleza.
La distribución del edificio se ajusta a las características del clásico petit hotel particular de la época: en la planta baja dispuso el vestíbulo de acceso y la escalera de honor al frente y los ambientes de servicio al contrafrente. En el primer piso se encuentran los salones de recepción, en el segundo piso las habitaciones y suites privadas y en el piso superior las habitaciones de servicio.
El interior es dinámico, interconectado a través del eje vertical de la gran claraboya que ilumina el hall central, un gran espacio de forma elíptica (muy característico de las obras de Le Monnier) que determina la circulación y la distribución de los salones de los diferentes pisos. Las curvas están presentes en las escalinatas, el hall central y el pasillo de circulación, con un interesante juego que combina formas cóncavas y convexas.
El exterior muestra un conjunto compacto, quebrado al frente por el pabellón central cilíndrico que culmina en la cúpula y una galería con columnas que conforma una especie de cour d’honneur. En el contrafrente, proyectó dos escalinatas y una terraza con vistas al gran parque que se extiende en desniveles. El tratamiento de las fachadas refleja claramente las influencias neoborbónicas, con basamento, desarrollo y cornisas con balaústres que hoy engalanan la esquina de Alvear y Montevideo.
El edificio de que hoy alberga la sede de la Nunciatura forma un interesante conjunto arquitectónico junto a los otros dos edificios de la cuadra: el palacio Hume y el Palacio Duhau (convertido en el Hotel Park Hyat). Son tres sobrevivientes de aque- lla parte época en que Buenos Aires soñaba con ser París. ©

 

MAS FOTOS