Uribelarrea
Un pueblo perdido en el tiempo

No está tan lejos. Son ochenta kilómetros de la Capital Federal, pero lo mismo daría si fuesen quinientos. Llegamos a un pueblo diminuto, que podría ilustrar cualquier postal típica del interior de nuestra pampa.

Uribelarrea es un pueblo tranquilo y para algunos, pintoresco, con sus calles de tierra y sus muros centenarios de ladrillos unidos con barro. No hay bancos, ni supermercados, ni siquiera un cementerio. El que había, fue desalojado hace muchos años y ya nadie visita a sus muertos.
En la semana, el único sonido que se escucha es el murmullo de las hojas de los eucaliptos y el ladrido de los perros. No sabemos porqué, los galgos y bretones abundan en Uribe, como la llaman sus apenas 900 habitantes.
Pero no siempre fue así. El tiempo parece haberse detenido en los años cuarenta, cuando los tambos empezaron a cerrar, echando por tierra los sueños de prosperidad de los primeros pobladores.
Corría el año 1890. Don Miguel Nemesio de Uribelarrea era un rico hacendado que había sido intendente de la ciudad de Buenos Aires durante el gobierno de Sarmiento. Cuando “El Vasco” decidió donar una fracción de sus tierras para fundar una colonia agrícola, aún no llegaba el ferrocarril. Un año antes le había encargado al arquitecto Pedro Benoit el trazado de una ciudadela moderna: una cuadrícula de ochenta cuadras, a las que se le agregan las cuatro diagonales que salen de su plaza principal… para evitar embotellamientos.
Para cuando llegó el ferrocarril, en 1892, el flamante pueblo de Uribelarrea ya contaba con 19 casas y su iglesia neogótica de Nuestra Señora de Luján, también proyectada por Benoit. Y al poco tiempo, la congregación salesiana instaló la escuela agrotécnica Don Bosco, la primera institución de este tipo en el país.
En los primeros años del siglo pasado, se transformó en uno de los polos lecheros más importantes de la provincia. Llegaron a funcionar más de cien tambos, en su mayoría regenteados por familias vascas o italianas que arribaron al país con la primer gran ola inmigratoria. El tren lechero pasaba todos los días, y en la época de oro del ferrocarril hubo hasta 30 servicios diarios. Como un pueblo satélite de Cañuelas, Uribelarrea tenía cinco almacenes de ramos generales, cuatro escuelas, clubes y bailes de gala.
Setenta años después, sólo quedan los recuerdos, algún viejo almacén de ramos generales convertido en restaurante, una estación solitaria y ese aire callado de la pampa misteriosa. ¿Qué fue lo que detuvo el crecimiento de un pueblo tambero, en el país de las vacas gordas?
Quizás la falta de criterio para adaptarse a los cambios. Cuando la pasteurización de la leche comenzó a ser obligatoria, la mayoría de los tambos familiares no contaban con la infraestructura adecuada. Casi todos, terminaron cerrando.
Muchos atribuyen al trazado de la ruta 205, que pasa a seis kilómetros del pueblo, un factor extra que colaboró a aislar al pueblo.
La merma de los servicios ferroviarios hizo el resto. Hoy pasa un solo tren por día, sin embargo la estación está impecable. Al visitante distraído puede parecerle una ironía, pero es la muestra más clara de un pueblo que se niega a desaparecer,
De a poco, como esos gigantes dormidos, Uribelarrea parece estar despertando de su modorra. Sucede que en los últimos años, la gente comenzó a ver en el turismo una posibilidad genuina de crecimiento. Volvieron a sus raíces y se muestran, orgullosos, de su pasado tambero y su presente como un pueblo netamente rural.
Así, por ejemplo, una antigua casona reciclada se convirtió en hotel. La Posada de Uribe es una típica casa de campo, con galería y habitaciones corridas, que hoy alberga con todas las comodidades a los que buscan paz y tranquilidad a una hora de la capital.
En otra esquina, Pueblo Escondido es un pequeño local sin mesas tiene un cartel que invita a degustar fiambres. Entramos y el dueño corta, sin decirnos dos veces, salames, quesos, y un jamón crudo exquisito. Imposible no tentarse y comprar, además, unos potes de dulce de leche de Don Bosco, que tiene fama de ser el mejor del país.
Frente a la estación, dos surtidores antiguos flanquean la entrada de Macedonio. En sus orígenes, fue la casa del jefe de la estación. Años más tarde albergó un tradicional almacén de ramos generales, hoy devenido en un restaurante que abre solo viernes, sábados y domingos.
Muchas cosas se están reconvirtiendo en Uribe, sin perder la escencia: cruzando las vías, en lo que fue un galpón ferroviario, funciona el Museo de herramientas agrícolas, y la Pulpería hoy vende una sofisticada platería. Frente a la plaza principal, aún sigue funcionando el Palenque, el bar más antiguo del pueblo, dónde los parroquianos se reúnen a despuntar el vicio todas las tardes.
En Uribellarea, todo está cerca. Se puede recorre a pie, y no es extraño encontrarse con gente tomando mate en la vereda, o toparse con algún paisano a caballo. Las casas no tienen rejas, los chicos pueden jugar en la calle y las bicicletas se pueden dejar apoyadas en cualquier pared. No se escuchan bocinas, ni siquiera se advierte el sonido de los automóviles y camiones que pasan por la ruta cercana. Uribelarrea es uno de esos pueblos escondidos en el interior de la pampa, cuyo misterio espera ser develado. Está muy cerca, vale la pena conocerlo. ©

 

 

 

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