Museo de Ciencias Naturales
Bernardino Rivadavia

Podemos convenir en que hay mucha gente que pasaría indiferente ante un imponente edificio sin saber que su interior guarda vitrinas llenas de rocas de hace mil años, halladas en precarias expediciones a principios de siglo pasado.

Quizás tampoco les seducen las grandes estructuras óseas de animales legendarios que solo pudimos ver en movimiento gracias a la fantasía del algún director de cine con grandes efectos especiales.
Pero nadie puede negar que en la infancia, estas imágenes no pueden compararse ni con el mejor de los videos juegos. Nuestros hijos quedan estupefactos ante los esqueletos imponentes de un mamut o un velociraptor como aquel que vieron en la pantalla grande gracias a Spielberg.
Esto es lo que nos ofrece el Museo Argentino de Ciencias Naturales “Bernardino Rivadavia”, uno de los pocos baluartes de nuestra historia natural que cuenta con un edificio construido exclusivamente para él en 1937.
En Ángel Gallardo al 400, a pasos del majestuoso Parque Centenario, se encuentra este lugar que encierra un aire a “Indiana Jones”, a pesar del silencio casi agobiante, típico de los museos.
Sus comienzas se remontan al Primer Triunvirato, en 1812. En aquel momento su ministro de Gobierno y Guerra, Bernardino Rivadavia, invitó a las provincias a reunir materiales para “dar principio al establecimiento en la Capital de un Museo de Historia Natural”. Fue una de las primeras medidas relevantes del que sería el primer presidente de los argentinos.
Aunque el deseo de un lugar propio se manifestó desde un comienzo, fueron varias las postas por las que atravesó el incipiente museo hasta llegar al edificio de Angel Gallardo. En un principio, se instaló en una de las celdas altas del Convento de Santo Domingo en el barrio de San Telmo.
Allí funcionó hasta que, en mayo de 1854, se mudó a un edificio que la Universidad de Buenos Aires ocupaba sobre la calle Perú, en la “Manzana de las Luces”. Algunas dependencias se instalaron en edificios de la plazoleta Monserrat.
Por ese entonces, el sabio alemán Herman Burmeister, en su paso fugaz por la ciudad de Buenos Aires, visitó el Museo en su antigua locación y se mostró gratamente sorprendido. A raíz de esto, el entonces gobernador de Buenos Aires Bartolomé Mitre lo convoca para ser Director General del Museo Público de Buenos Aires y cumple esta función por 30 años, siendo a su vez, editor de la publicación de los “Anales” del Museo, un clásico de las revista científicas del país.
En 1902 se le otorga la dirección al paleontólogo Florentino Ameghino, primer argentino encargado del Museo. Lo sucede el doctor Ángel Gallardo quien consigue ampliar la capacidad de los edificios e insiste con uno propio para cumplir con todo los requisitos que implica una colección arqueológica y panteológica de la talla que allí se encontraba. Veinticinco años más tarde esto se vuelve realidad, y en 1937 se inauguró el edificio definitivo.
Fue construido de acuerdo a los cánones arquitectónicos vigentes de la época por el grupo de proyectitas del Ministerio de Obras Públicas de la Nación, el arquitecto Jarrys, es uno de los integrantes que se destacan de acuerdo a los archivos del museo. Su estilo neoclásico se evidencia en la combinación de materiales de su fachada, ladrillos a la vista con arcadas y una mezcla denominada “marmolina” que imita a la piedra.
Los techos monumentalitas de más de 5 metros de alto, con ornamentos dan otro toque distintivo.
Ocupa 4 de las 2 manzanas que el gobierno destino para su construcción, del proyecto original se efectuó sólo la tercera parte, por motivos económicos.
Todos los detalles decorativos están basados en la flora y fauna autóctonas y fueron realizados por renombrados artistas como Alfredo Bigatti y Donato Proietto. Uno de los mejores exponentes de esta decoración es la balaustrada de la escalera que reproduce en hierro forjado caracoles de tierra estilizados, y una escultura que representa unos monos trepando a un tronco.
Sobre las puertas interiores que dan acceso a la Sala de Mineralogía y Geología y al Acuario, hay altorrelieves que muestran respectivamente a un perezoso y a un puma. Las ménsulas que sostienen las vigas tienen forma de murciélagos y los buhos, símbolos de la sabiduría, flanquean las ventanas del primer piso.
Sin embargo, la arquitectura pasa a segundo plano. No puede, con toda su riqueza, imponerse ante los tesoros que expone.
Las colecciones del Museo estuvieron integradas en un principio por elementos heterogéneos que luego fueron agrupándose en forma temática y desprendiéndose para dar origen a otros museos de la capital. En 1947 el Poder Ejecutivo dispuso la transferencia de las secciones: Arqueología, Etnografía y Antropología al Museo Etnográfico dependiente de la Universidad de Buenos Aires.
Por sus salas y laboratorios pasaron investigadores de la talla de Alcides d’Orbigny Fernando Lahille, L.Kraglievich, Eduardo Ladislao Holmberg, María Isabel Hylton Scott, Alberto Castellanos, Rita Schiappelli, Rosendo Pascual, Enrique Balech y Esteban Boltovskoy.
Aún hoy conserva su fisonomía, aunque se le han realizado reformas y restauraciones en sus setenta años de existencia, muchas de la cuales no condicen con su estilo europeo y han levantado más de una voz en contra. Más allá de las opiniones particulares, los cambios comunicacionales dentro del edificio buscan captar la atención, sobre todo de los más chicos.
El museo encierra tras sus puertas un mundo exótico lleno de misterios. Enigmas, e historias de un pasado remotísimo están allí, esperando ser visitado por chicos y grandes, en una invalorable invitación para que nuestra imaginación vuele. ©

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