El Zajón de Granados

Un viaje a las entrañas de Buenos Aires

Está lejos de ser una ciudad milenaria. Sin embargo, Buenos Aires encierra una serie de mitos y misterios que ya forman parte del inconsciente colectivo. En sus escasos cinco siglos de historia, la Reina del Plata, guarda algunas incógnitas sin resolver, cuyos vestigios a veces, aparecen enterrados debajo de los adoquines u ocultos detrás de los muros de las casonas antiguas en la parte más vieja de la ciudad. Ese parece haber sido el caso del Zanjón de Granados, un lugar que descubrimos por casualidad, en una visita turística mientras hacíamos tiempo para una entrevista laboral. Así, conocimos la historia de esta casona que alguien compró para transformarla en un restaurante y terminó siendo uno de los sitios arqueológicos más importantes de Buenos Aires.

Que la cuidad estaba llena de túneles no era una novedad para los arqueólogos, que a mediados del siglo pasado comenzaron a excavar y seguir los rastros de aquellas galerías subterráneas que surcan el suelo porteño: la Manzana de las Luces, la Aduana Taylor, los Túneles de la Casa Rosada o los pasadizos que se extienden por debajo del Colegio Nacional y la boite Michelangelo, son algunos de los que fueron descubiertos y excavados. Incluso hay quienes sostienen que otros túneles correrían por debajo de la mismísima Plaza de Mayo, pero nada parecía indicar que debajo de esta casona abandonada, de la Calle Defensa al 700 corría un laberinto de edificaciones centenarias y túneles muy particulares que hoy dejan al descubierto la evolución urbana de esta parte de la cuidad.
Desde su segunda fundación, en 1536, hasta mediados del siglo XVIII, la cuidad se expandió sobre la ribera del Río a ambos lados de los que había sido el fuerte original (Plaza de Mayo). Sobre la ribera que se extendía hacia el Sur, en el barrio que hoy conocemos como San Telmo, los burgueses más adinerados construyeron allí sus casonas y se instalaron con sus familias y esclavos. Durante años fue la zona más aristocrática de la cuidad, hasta que la epidemia de fiebre amarilla provocó un éxodo masivo hacia el norte y las tradicionales casonas de estilo colonial italianizante, típicas de entonces, fueron abandonadas. Cuando la epidemia menguó, sus antiguos habitantes ya se habían instalado definitivamente en la zona norte, y estas propiedades fueron destinadas a casas de renta. Posteriormente, con la ola inmigratoria de fines de siglo, derivaron en conventillos.
El crecimiento no planificado y la continua demolición de obras viejas para construir nuevas fueron una constante en el desarrollo de Buenos Aires, hasta que a mediados del siglo pasado, el Gobierno de la Cuidad decidió proteger determinadas áreas en defensa del patrimonio urbano. San Telmo fue una de ellas, en la cual se instauró un código edilicio que establecía que no podían modificarse las fachas de las construcciones existentes y las restauraciones debían obedecer a los patrones originales.
En 1986 el responsable de la empresa aceitera Geza Ecksein decidió comprar una casona casi destruida para trasformarla en un local gastronómico. San Telmo era una de las zonas más descuidadas de Buenos Aires, pero ya se vislumbraba su potencial como foco de interés turístico.
Al comenzar las excavaciones para apuntalar la antigua edificación, los constructores encontraron, casi de casualidad, un enorme hueco bajo tierra. El hueco resultó ser algo muy similar a la boca de un túnel, de techo abovedado y paredes de ladrillos. Cuando continuaron excavando, encontraron un pasadizo repleto de basura, húmedo y nauseabundo. Inmediatamente, se pusieron en contacto con el Dr. Daniel Shavelzon, (hoy director del Centro de Arqueología Urbana de la FADU- UBA) y pusieron manos a la obra para descubrir un enjambre de ruinas que nos remiten a construcciones del 1700.

La casona de los Miguens
La fachada exterior dice poco y nada. El portón de hierro ciego apenas permite que algún curioso espíe el interior, pero una vez adentro, el tiempo parece haberse detenido en la Buenos Aires del 1800. La propiedad original era una casona aristocrática de 1830, que perteneció a los Miguens, una familia dedicada a la exportación de cueros. Esa sea, quizás, la explicación del curioso mirador que la casa tenía en el piso superior, desde el cual se podía observar el movimiento del puerto de Buenos Aires. La casa estaba organizada en torno a tres patios, unidos por un largo pasillo alrededor de los cuales se distribuían los diferentes ambientes privados y públicos: veintitrés habitaciones, solo dos baños, una cocina y un enorme salón, además de una entrada de carruajes y dependencias de servicios destinadas, en ese entonces a sus seis esclavos.
Los patios, que hoy cuentan con una cubierta transparente para protegerlos sin quitarles iluminación natural, se encuentran restaurados y en parte han sido reciclados con materiales acordes al estilo de la construcción original. Los pisos, que estaban completamente arruinados, fueron reemplazados por piedras de pórfido patagónico, y los muros de ladrillo han sido reparados tratando de respetar la línea arquitectónica original. Es en las paredes donde más huellas han quedado de la época en que la casona fue utilizada de conventillo: parte de los muros fueron revocados y pintados, hay restos de azulejos, y marcas de los entrepisos que las familias que lo ocupaban habían levantado para ganar espacio.
En uno de esos patios, un gran agujero protegido con una reja, hace que los visitantes indefectiblemente nos inclinemos a ver que hay debajo: es uno de los dos enormes tanques cisternas (que hoy pueden verse restaurados). Uno de ellos juntaba el agua de la lluvia, destinada a consumo humano, y el otro de las napas, que se utilizaba para el aseo y los animales. Hoy se sabe que uno de esos tanques, que había quedado en desuso, fue reconvertido en horno por los habitantes del conventillo.

Los túneles del “tercero del Sur”
La temperatura desciende en la misma medida en que vamos bajando los escalones hacia ese mundo subterráneo que se extiende debajo de las baldosas de la casa.
Los túneles son todos diferentes, algunos abovedados, otros con techos planos, algunos más anchos, otros más angostos, pero todos comunicados y cuando uno los comienza a recorrer pierde la noción del espacio (y quizás también la del tiempo).
Se escucha el ruido del agua correr. No es nuestra imaginación, sino el sonido de las trece bombas que funcionan permanentemente desagotando el agua de las napas.
En las épocas de la colonia, estas tierras eran mucho más bajas que lo que conocemos actualmente, ya que seguían el declive natural hacia el Río de la Plata. Había una serie de arroyos, que hacían de desagües naturales hacia el Río. Eran los llamados zanjones. En la intersección de las calles Defensa y San Lorenzo confluían dos de esos canales que formaban el llamado Zangón de Granados que desembocaba en el río. Durante mucho tiempo las casas de los primeros colonos se instalaron a la vera de los zanjones. Pero a medida que estos canales iban llenándose de basura y olor nauseabundo, las familias comenzaron a entubarlos, previa autorización del Gobierno. Esos son los túneles que los constructores encontraron: no se trataba de vías de escape, ni de pasadizos secretos utilizados para contrabando, eran los restos del “Tercero del Sur”, nombre oficial del tradicional zanjón que atravesaba San Telmo.
Este descubrimiento, y el evidente interés y respeto del nuevo propietario por el pasado, hicieron que el proyecto original cambiara para siempre, rescatando al Zanjón de Granados como un sitio histórico: la restauración de la casona de la calle Defensa permite hacer un recorrido por la evolución urbana y social de la ciudad.
Porque las excavaciones no sólo permitieron recuperar estos canales como un espacio utilizable, sino que han rescatado parte de las construcciones más antiguas, que datan del 1700. Son restos de muros de las casas que se encontraban a la vera del zanjón, a escasos dos o tres metros de la línea del agua. Quizás pertenezcan a Don Juan González, el primer propietario de estas tierras, según una escritura datada en 1689.

Presente y Pasado
El zanjón no puede visitarse sin un guía que nos va llevando a las entrañas de Buenos Aires, mientras nos cuenta algunos detalles que no salen en los libros. Dice que en plena tarea de restauración, un vecino comentó (como quien no quiere la cosa) que recordaba los tiempos de su infancia, en los cuales con sólo levantar una tapa en el piso, accedía a un pasadizo que lo llevaba casi hasta la Avenida 9 de Julio. Los arqueólogos no hicieron caso omiso de la anécdota y decidieron averiguar de qué se trataba esa “juego de niños”. Fue así que descubrieron otro recorrido del zanjón, que se unía al original en la calle Chile. La obras parecían no terminar nunca… de hecho, continúan hasta hoy. La red de túneles se extiende por debajo de muchas de las casas y locales comerciales de esa cuadra, pero lamentablemente, se detienen al cruzar la calle Defensa. Fueron tapados por años de obras en los cuales no se preveía una preservación del patrimonio urbano.
El valor histórico y patrimonial de este subsuelo de San Telmo es incalculable. Pero también debe ser incalculable la inversión realizada para rescatarlo, restaurarlo y preservarlo, sobre todo considerando que se trata de una inversión totalmente privada.
En la actualidad, el Zanjón de Granados es un predio destinado a eventos de alto nivel, que se llevan a cabo en las salas recuperadas y en los diferentes tramos de los túneles, que permiten crear espacios ideales para muestras de arte, degustaciones de vinos y exhibiciones de tango.
Ya pasaron más de treinta años desde que comenzaron las obras, y aunque nadie lo note desde la calle, todavía trabajan los arqueólogos rescatando nuevos tramos del viejo zanjón por debajo de las baldosas de la calle Defensa. ©

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