Campanópolis

Las ciudades, generalmente, representan el caos y la vorágine de la vida cotidiana. Sin embargo, a pocos minutos de Capital Federal hay un lugar que se asemeja a los pueblos de la Edad Media. Una ciudadela donde la fantasía se pisa con la realidad en un mundo aparte, donde reina la paz y nadie se entera de nada.  

Hay personas que, llegando al Aeropuerto Internacional de Ezeiza, se preguntan desde arriba, en el avión, si lo que están viendo es la ciudad de los Niños. Por minutos, la duda persiste hasta que se dan cuenta que no es posible ver ese parque de La Plata si uno está volando a Ezeiza. ¿Entonces qué es lo que se ve?
Una ciudad como la de los cuentos de hadas, pero sin habitantes, con el estilo del medioevo europeo pero también con una marca personal: la de su autor, Antonio Campana.
Así como Gaudí podía imaginarse la mayoría de sus obras sin necesidad de dibujarlas y de hacer planos por el sentido de la geometría y el volumen que tenía; Antonio Campana construyó una ciudad sin habitantes y sin planos, respetando sus deseos y su fantasía. Quizás por ser un importante lector de Gaudí, el arquitecto catalán que representó el modernismo, quizás por problemas de salud que lo obligaron a dedicarse a una actividad que lo apasionara, Antonio Campana ideo esta ciudad de recovecos y pequeñas calles de la Edad Media sin dibujos ni conocimientos arquitectónicos.
Por eso, aún hoy “nos seguimos sorprendiendo. Encontramos detalles mínimos que no vimos en años. Por ejemplo, si querés ver donde desagota tal techo, tenés que seguir el agua porque no sabemos dónde terminan los caños”, cuenta Rodolfo Tobar, uno de los encargados del lugar.
La ciudad de la familia Campana (Campanopolis) se encuentra en González Catan, a 30 minutos de la Capital Federal pero no está abierta al público en general. Su creador, Antonio Campana la ideó como una ciudad sin habitantes, donde la fantasía no tiene límites y los materiales que se utilizan son todos reciclados e históricos de la Argentina.
 Durante un tiempo, la ciudad se abrió a beneficio de la Fundación del Padre Mario para el público en general pero esto acarreó severas consecuencias, como el robo de todo tipo de objetos ya sea de los distintos museos o de la casa. Esta situación, provocó el cierre definitivo del lugar para el público. “No tenemos educación, se robaban las monedas que decoraban el marco de la puerta, o los vidrios de las arañas. El predio quedó destruido”, señalo Tobar.
Antonio Campana compró estas 200 hectáreas de llanura, ríos, arroyos, lagos y bosques hace más 30 años, por el año 1976. Cuando se dio cuenta de que los terrenos eran antiguas tosqueras, empezó a trabajar las tierras, plantando árboles, parquizando e inició también la construcción de esta ciudad con un estilo arquitectónico ecléctico. Luego, durante 5 años el CEAMSE le expropió las tierras para utilizarlas como depósito de basura, con el consiguiente deterioro del suelo.
Estos terrenos, además de ser la base sobre la que se asienta una ciudad de la Edad Media en el siglo XXI, tienen su historia en la creación del país.
Un navegante alemán, Ulrico Schmidl, escribió en sus cuadernos que uno de los desembarcos principales de la primera fundación de Buenos Aires de Don Pedro de Mendoza se realizó en la confluencia de dos ríos, el grande (Río La Matanza) y, el chico (Arroyo Morales), situada dentro del predio de Campanopolis. Hoy, hay allí una espesa reserva ecológica con flora y fauna propias.
Por otra parte, el historiador y profesor Alfonso Corso, asegura en sus investigaciones que el caso histórico que estaba cuando Campana compró el terreno, data del 1843 y su propietario era  Juan Manuel Rosas. La casa pertenecía a uno de los puesteros y, Rosas la visitaba cuando recorría sus campos para controlar todo el campo que tenía en lo que hoy es La Matanza. Así, la casa de paredes que miden alrededor de 35cm de ancho y que cuenta con un sótano para guardar los comestibles, habría sido usada para defender el territorio del brigadier.
Recién con la llegada de la democracia, por el año 1983, Campana pudo recuperar sus tierras pero en muy mal estado. Los residuos tapaban la histórica casa que perteneció a Rosas y estaban por todo el terreno. Por lo tanto, el creador de Campanopolis tuvo que volver a parquizar todo el terreno, nivelarlo y quitar los residuos que tapaban lo que ya estaba construido. “Hay 25.000 árboles y 4 ombúes transplantados porque había más de 2 millones de metros cúbicos de basura que no pudieron reciclarse”, afirmó Ricardo Tobar.
De esta manera, Campanopolis empezó a tomar forma nuevamente en los sueños de su creador, que siguió jugando con construcciones y materiales históricos “para que no le quitaran nuevamente la tierra”, aseguró Tobar.
“Antonio iba a todos los remates que le parecieran interesantes, caminaba por todas las demoliciones y, si necesitaba algo particular pero no podía quedarse, compraba todo el remate. Así, formó pequeños museos dentro de la ciudad”, nos contó RicardoTobar. Uno tiene objetos antiguos como sillones de las barberías, un enorme fuelle, trampa para zorros, tapas de inodoros (entre ellos uno muy interesante, especial para inodoros para gente obesa) antiguas máquinas de escribir, televisores y radios viejas. Otro es un museo que tiene vidrio, cuyo techo está decorado con los caireles de las arañas que no podían restaurar; monedas antiguas decoran los marcos de las puertas, terminaciones de los caños que sostienen a las cortinas adornan las paredes y el techo; la parte de debajo de las antiguas máquinas de coser funcionan como patas de mesas de vidrio. En otro recinto más pequeño, un museo contiene objetos de madera, hay un antiguo escarador y un cabezal de dormitorio de Provenza. “Todas las casas están formadas con objetos reciclados y decoradas con los mismos. Por eso, tienen un estilo propio y son totalmente habitables. Antonio era un tipo muy especial, te dejaba muchas enseñanzas”, recordó Tobar.
Precisamente, caminando y recorriendo remates, encontró columnas que pertenecieron a las Galerías Pacífico antes de su remodelación, antiguas tranqueras del Hipódromo de Palermo, una escalera con 63 escalones, toda de madera, que pertenecía a una casa de San Telmo. Encontró, en definitiva, todo tipo de objetos que hoy forman parte de salones o de pequeñas casas y que se encuentran en perfecto estado.
Por ejemplo, hay un salón que está realizado íntegramente con objetos de iglesias y monasterios como los vitreaux y las puertas y ventanas. Otro, está amueblado con butacas del Cine Gral. Güemes y, en una plazoleta cerca de la antigua casa de Rosas, están las viejas figuras croatas de la Plaza de la Bandera de Rosario Estas figuras llegaron de Europa como lastre en los barcos y estuvieron en el Monumento durante muchos años, hasta que la remodelación del predio las desechó y fueron a parar a una fundición. Cuando las rescataron, las figuras estaban cortadas a la mitad y tuvieron que ser nuevamente soldadas. También hay objetos de los restaurantes “Los años locos” y “Clo, Clo”, un viejo aljibe, el mástil de la Plaza de armas del Regimiento 3 de La Tablada
Las rejas utilizadas son antiguas, llevan remaches y, no necesariamente, responden a su uso cotidiano. Tal es así que hay rejas que funcionan como aberturas: algunas ventanas del segundo piso de las casas que conforman la nueva aldea están sin vidrio y cerradas con grandes portones de hierro, o pueden verse persianas antiguas que revisten un techo o tejas que funcionan como cerámicos para el piso. “Pasan los años y seguís descubriendo detalles, pequeñas cosas que no sabes como se le pueden haber ocurrido”, cuenta Ricardo Tobar.
Al lado de la plaza principal, cerca del cabildo, se encuentra el primer carro de bomberos tirado a caballo que se usó en la Capital Federal; también hay relojes de todos los tamaños y todos los tiempos; diversos farolitos, un viejo ascensor ubicado como adorno sobre la plaza, semáforos y carteles que señalizan los nombres de las calles y de los pasajes.
Además, Campanopolis cuenta con un helipuerto en el que pueden aterrizar aviones, una capilla y un altar que fabricaron especialmente para una boda, en el medio del parque, y que tiene 8 columnas.“Antonio venía y te decía: te parece esto, porque podemos hacerlo así y poner eso ahí arriba. Después, iba y buscaba a los albañiles y empezaba a construir a cualquier hora. Nosotros lo llamábamos  un loco lindo”, recuerda Tobar.
Pero, la vida hizo que Antonio Campana falleciera hace un tiempo, sin terminar su obra y sin poder disfrutarla. Dedicó los últimos años de su vida a construir esta aldea que esconde  muchos secretos, y tiene pequeños recovecos, calles que no se sabe dónde pueden terminar y un montón de historias para imaginar. Entre el bosque, por ejemplo, hay 12 casitas que parecen las de un cuento de hadas, y por el terreno, entre las 2 villas, hay dispersos puentes de madera hechos con los tablones de la cancha de Argentinos Juniors, pueden verse el arroyo Morales que lo cruza y el río de La Matanza que lo atraviesa, muelles, un viejo Molino Holandés, un silo que funciona como bar, trenes que eran coches comedores y vagones mineros. La primera villa es la que inició y terminó Antonio y la segunda, que es la que está pintada de todos colores, quedó con cimientos pero falta terminarla.
“Tenemos que terminar todo lo empezó Antonio porque este era su sueño”, asegura Tobar. Por eso, hace algunos años el hijo menor de Antonio, Oscar, es quién se esta haciendo cargo de concluir la obra de su padre y, quién empezó a explotarla con fines comerciales para poder mantenerla.
Así, se filmaron en Campanopolis varias publicidades y películas pero también se llevaron a cabo eventos de un día o dos, porque todas las casas pueden ser habitadas. Si bien algunas se comunican entre sí, la mayoría son independientes y cuentan con baños, luz y agua. “No hay límites a la hora de organizar un evento. De noche o de día, el límite es la fantasía”, aclara Ricardo Tobar.
Una ciudad sin habitantes sobre la que se construyó un mundo nuevo, alejado de todo contacto con la realidad y, donde, una vez que se entra, se inicia un viaje al pasado ©

 

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