Casa de JapĆ³n

Un matrimonio argentino compró una casa de campo centenaria en Japón y la trajo al país completamente desarmada.
La volvieron a construir para albergar en ella un museo donde se puede palpar
la cultura y el arte del Japón.
Este proyecto sin precedentes está abierto al público hace tres años,
a minutos de la Capital Federal.

Todo comenzó alrededor de los años `70, cuando Guillermo Bierregaard y Patricia Palacios Hardy recibieron una propuesta para irse a trabajar a Japón. Al comienzo iban a ser solo tres años de aventura -la idea fue tomar la oferta y vivirla - pero se quedaron treinta y dos. Como la aventura no es eterna, armaron un proyecto para que los años no pasen como en vano, solo para envejecer. Un plan que les permitiera transmitir su experiencia y que le diera valor a su viaje. Decidieron quedarse con un objetivo: imbuirse en la cultura oriental - que tanto llamó su atención - para poder armar una fundación en su país natal, Argentina y trasmitir aquellos valores.
¿Por qué realizar semejante proyecto? “Para que la gente viera materializada una cultura que solo puede admirar a través de catálogos de arquitectura o de arte, y que pudieran adentrarse en los aspectos de una sociedad distinta, ampliar el espectro”.  Ellos no buscan establecer dogmas sino simplemente “mostrar y enseñar algunas de las principales características de la cultura oriental, que en muchos casos desconocemos. Ser una referencia de esa sociedad”, aclaró Bierregaard.
No solo por la ubicación espacial llamamos a nuestra cultura, occidental y a aquella, oriental. Las diferencias entre una y otra son notorias: desde el aspecto físico de las personas hasta los conceptos utilizados a diario. Es claro: En Oriente no hay distinción entre obra de arte y artesanía, como en Occidente. Empezaron a usar la palabra arte para responderle a Occidente. Sin embrago, lo más importante para los orientales es el equilibrio. De ahí, la jerarquía que tiene la naturaleza en esa cultura.
Mientras en Occidente nos preocupamos por las medidas, por encontrar la simetría perfecta y nos basamos en el Hombre de Vitruvio creado por Leonardo Da Vinci,  Oriente buscó una forma más simple de expresarse. No distinguieron entre el ser y la obra de arte, no interpusieron los conceptos intelectuales. La propuesta fue más simple pero no por eso menos exigente. Uno está ante el universo y puede entrar al arte y entender su esencia sin mediación del intelecto. “La artesanía artística es simple, y hasta más primitivo. En Japón, el maestro enseña su oficio en la práctica. El discípulo debe aprender ,primordialmente, el espíritu que hay detrás de la técnica y observar el trabajo del maestro”, aclaró Bierregaard.
Cuando comenzaron el proyecto, él y su esposa pasaron los primeros cinco años leyendo, visitando tres  exposiciones al día, asistiendo a todo tipo de charlas sobre el arte y la cultura oriental. Se relacionaron con curadores y entablaron relación con el Museo Nacional de Tokio para empezar la colección de obras de arte de primer nivel y, que su proyecto no pase desapercibido en Argentina.
La Fundación Bierregaard se estableció en 1989 con objetivos claros: “presentar las tradiciones artísticas actuales de diferentes naciones, en particular de Japón, principalmente a través de artesanías de alto valor artístico”. La sede del museo, el alma mater de la fundación no es un lugar común de la ciudad sino que,  Patricia y Guillermo adquirieron una casa de campo tradicional de Japón o minka. La Fundación Bierregaard  fue declara de Interés Nacional en 1990.
La minka es una casa de campo, que los Bierregaard adquirieron en la Prefectura de Fukui en 1979.  Este tipo de vivienda nació en Japón hace mil años, en forma más primitiva, pero la que ellos trajeron tiene “apenas” doscientos cincuenta. La desarmaron allá carpinteros nativos con la condición de que fueran ellos mismos los que la rearmaran en Argentina. Y así fue.
En 1984, después de permanecer en un tinglado construido especialmente, la casa fue transportada en barco y su armado en Argentina tuvo que superar obstáculos como la crisis del 2001 y gente que no entendía los conceptos o que quería hacerlo de otro modo pero finalmente lo lograron. “Tuvimos que persistir y hacer algunos trabajos varias veces para respetar el armado original y la esencia de la cultura. No podíamos construirlo con nuestra concepción occidental de arquitectura”, especificó Guillermo.
Fue el arquitecto Junzo Yoshimura, discípulo del estadounidense Frank Lloyd Wright, quién logro rearmarla tal cuál su estructura original y con el criterio aplicado por el segundo, de espacios definidos, en la que cada sala se abre a las demás. Yoshimura proyectó la disposición interior respetando su función como Museo de Arte Moderno La Casa de Japón. Así, pudieron aplicarse a esta minka rasgos de la arquitectura moderna como los vidrios utilizados para el cerramiento.
Lo particular de esta casa de campo, de la arquitectura residencial japonesa,  no es solo su antigüedad. La minka es una casa antisísmica y, en un principio solo se apoyaba el techo sobre la tierra y se cavaba un hoyo que funcionaba como vivienda. El soporte lo adquirió más tarde, con columnas gruesas de maderas antiguas curvadas, y encastres perfectos que unen todas las piezas. No hay clavos sino sogas y fragmentos que se unen como en un rompecabezas tan perfecto que es capaz de sostener 3 pisos y distintas escaleras. Respetando las columnas, los espacios se pueden diseñar con libre albeldrío y poner paredes para definir ambientes de acuerdo a las necesidades.
Los paneles de papel que fueron los primeros cerramientos utilizados en estas casas, hoy acompañan al vidrio para darle intimidad a los espacios, sin dejar de lado el jardín que para la cultura oriental es parte de la casa.
En el Oriente, la palabra hogar está formada por dos caractéres ka y tei, es decir, casa y jardín. Por lo tanto, el jardín es un espacio más en el que hay que seguir el equilibrio de la casa. Se arma continuando la decoración de la residencia. “Es una cuestión de sensibilidad: tomo los elementos de la naturaleza que me gustan y juego con ellos”. Por eso, desde los tres pisos, puede disfrutarse la verde extensión con plantas que armonizan la entrada y los alrededores, junto a una escultura que imita el oleaje de los ríos.
En la recorrida por el Museo de Arte Moderno La Casa de Japón pueden conocerse distintos artistas y tocar, ver en vivo lo que hasta hace años solo podíamos disfrutar por catálogo. “Como armamos una colección de primer nivel, el objetivo no es sólo mostrar una obra de cada artista sino preparar, en algunos casos, mini retrospectivas con las obras más representativas de cada uno. Queremos mostrar la parte humana, el espíritu del autor”, amplió Guillermo.
Tan importante es el proyecto que en él se exhiben obras de algunos Tesoros Nacionales Vivientes. Este título es el que el Gobierno de Japón le entrega a artistas ilustres con el fin de preservar las técnicas y habilidades artísticas que están en peligro.
La primera etapa ya está cumplida. La casa y la colección de arte se armaron. Lo que resta es la difusión, y darle al museo una orientación pública para que la gente continúe con el proyecto original.“Queremos ser un nexo entre las dos culturas, construir un lugar al que las próximas generaciones puedan concurrir y que nos superen, que sepan más que nosotros. No podemos abarcarlo todo pero dimos el puntapié inicial”. Por eso, también está en miras la construcción de una biblioteca especializada que sirva como referencia.
¿Por qué transmitir las características de esta cultura?. “Porque somos muy distintos. Ellos buscan un nivel de excelencia que casi no existe y se pasan toda la vida tras ese objetivo. La creatividad llega cuando uno deja de prestar atención a lo que hace. Hay un nivel de detalle y de sofisticación que requieren tiempos distintos, que nosotros no tenemos”. Para la cultura oriental, la dedicación es el ítem principal y permite que la obra alcance el nivel de excelencia necesario para convertirse en una obra de arte.
Guillermo y Patricia son la primera generación que establece un puente directo entre ambas culturas, mostrando los rasgos de un Oriente desconocido, sin comparar sino explicando como es. “Esto es simplemente así, queremos transmitir lo que vivimos y aprendimos pero lo importante es que está acá tal cuál como si estuviera en Japón”. La dedicación, perseverancia, responsabilidad y seriedad desde un comienzo establecieron ese nivel de excelencia propio de la cultura oriental. Los eslabones de la cadena se unieron para mostrarle un enfoque cultural distinto a las próximas generaciones, en el que dos mundos se unieron. Japón, en Argentina. ©

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