Iglesia de San Ignacio

La Iglesia más antigua de Buenos Aires se construyó tres veces en dos lugares diferentes, tuvo dos nombres y soportó las recurrentes expulsiones de la Orden que la construyó. Sufrió los incendios del 55 y estuvo a punto de derrumbarse a causa de un caño maestro de agua que amenazo sus túneles, pero a pesar de todo, hoy se encuentra firme y orgullosa en la manzana más histórica de la ciudad.

La orden de los jesuitas tiene una historia íntimamente ligada con la historia de nuestro país. Una historia en la que conviven épocas de esplendor y expulsiones, de la cual quedan vestigios en las ruinas de san Ignacio, y en numerosas iglesias y claustros académicos por todo el territorio. Uno de los más antiguos de ellos se encuentra en pleno corazón de Buenos Aires, en el barrio de Montserrat: La basílica de San Ignacio de Loyola, la iglesia más antigua de la ciudad que aun se encuentra en pié.
Los primeros jesuitas que llegaron a Buenos Aires, lo hicieron durante el gobierno de Hernandarias, en 1608. El gobierno les dona el solar hoy ocupa la Plaza de Mayo, y allí levantan su primera iglesia y colegio, levantada íntegramente en adobe y techos de junco. Por ese entonces, Ignacio de Loyola, el fundador de la Orden, todavía no habìa sido beatificado. Por eso, durante unos años, la iglesia estuvo bajo la advocación de Nuestra Señora de Loreto.
Cincuenta años más tarde, los jesuitas deben abandonar el solar, ya que el Fuerte necesitaba la plaza por razones defensivas y estratégicas. Se trasladan a un predio donado por Doña Isabel Carvajal de Guzmán, una viuda sin hijos, quien deja a la Compañìa de Jesús la manzana comprendida entre las actuales calles Perú, Bolívar, Alsina y Moreno, hoy llamada “Manzana de las Luces”.
En 1661 comienza la construcción de la segunda iglesia, con el colegio aledaño, también de adobe ya que todavía no había hornos de ladrillos en el territorio. Se terminó en 1675 y los primeros ladrillos datan de 1686.
En 1710, los jesuitas deciden levantar una iglesia más importante, acorde a la importancia que estaba tomando la urbe de Santa María de los Buenos Aires, con un colegio a su lado, sobre la calle Bolivar, bautizado también como Colegio San Ignacio.
Le encargan el proyecto al arquitecto jesuita Juan Krauss, quien dirigió la obra con un grupo de profesionales jesuitas: los arquitectos Andrés Blanqui , Juan Bautista Prímoli y Juan Wolf, quien era también maestro carpintero, y el maestro de herrería Pedro Weger.
(Juan Krauss y Juan Wolf también fueron autores del convento de la orden de los Franciscanos Recoletos, hoy sede del Centro Cultural Recoleta).
Krauss diseña una planta inspirada en la iglesia del Gesú de Roma. Se organiza con una nave cubierta por bóveda, flanqueada por cinco capillas laterales comunicadas a través de arcadas sobre las que corre una galería alta, detalle poco común, que no se repite en la Buenos Aires del s,. XVIII y que daba a San Ignacio una doble capacidad que era necesaria para recibir al alumnado del Colegio y fue aprovechada para realizar en el templo numerosos actos y celebraciones, incluso Cabildos Abiertos, en una época en la cual la Iglesia participaba abiertamente de cuestiones de estado.
La nueva Iglesia de San Ignacio de Loyola se consagra oficialmente el 7 de octubre de 1734, aunque estaba siendo utilizada para los oficios desde 1722.
Cuando el Rey Carlos III expulsa a los jesuitas de los territorios del Imperio, la Orden debe abandonar el Virreinato del Río de la Plata. En 1767, la Iglesia pasa a manos de la Junta de Temporalidades, quien la cierra durante cuatro años. El colegio fue rebautizado como Real Colegio de San Carlos (aquel que tan bien retratara Miguel Cané en su libro Juvenilia, en el cual estudiaron personalidades de la talla de Belgrano, Saavedra, Moreno, Rivadavia, Dorrego, Monteagudo y Juan Martín de Pueyrredón.) y más tarde daría orígen al prestigioso Colegio Nacional Buenos Aires.
La basílica de san Ignacio se reabre en 1775, para ser utilizada hasta 1791 como catedral provisoria, ya que Catedral estaba en reparaciones. Desde entonces, permaneció abierta al culto, y entre sus muros se llevaron a  cabo muchos actos oficiales.
El 31 de diciembre de 1806 se celebra la misa de acción de gracias por la Reconquista de la ciudad, con la presencia del Cabildo y otras autoridades.
Al año siguiente, las tropas invasoras inglesas intentan tomar el templo, como lo habían hecho con otros de la ciudad pero entre sus claustros fueron rechazados por los defensores. Terminada la reconquista, en San Ignacio se realizaron  las exequias por los muertos en las invasiones.
El templo también fue sede de la la inauguración de la Universidad de Buenos Aires en 1821 y de la Sociedad de Beneficencia en 1823. En ese año, San Ignacio vuelve a ser Catedral Provisional hasta 1830.
Los jesuitas regresan brevemente al país de 1836 y toman posesión de su iglesia hasta 1843, cuando son intimados mediante un decreto del gobierno (de Rosas?) a secularizarse o abandonar el territorio provincial.
Durante ese período, los padres jesuitas comparten los claustros con el Obispo y la Curia de Buenos Aires, quienes se alojaban allí por el mal estado de la catedral.
Regresan a Buenos Aires en 1854, después de la batalla de Caseros, y le encargan al ingeniero italiano Felipe Senillosa, una importante modificación: agregar la Torre Norte, que hasta entonces no existía.
Desde entonces, San Ignacio permaneció intacta, en su histórico sitio. Sufrió algunos daños y saqueos con la quema de las Iglesias del año 55, pero no fue hasta este siglo, que se tomó la determinación de restaurarla, sobre todo como medida preventiva.
Como muchos de los edificios de las Manzana de las Luces, los subsuelos de la basílica (y los del Colegio) están surcados por los famosos túneles de Buenos Aires.
Según un estudio de riesgo realizado por el Gobierno de la Ciudad, existía un posible derrumbe del edificio, debido a que un caño maestro de agua que pasa por la calle Alsina se rompió e inundó el túnel que atraviesa el subsuelo de la nave central del templo y afectó los cimientos.
En mayo del 2003 se instaló un armazón de estructura tubular para apuntalar la fachada y otra serie de estructuras en el interior de la Basílica para apuntalar muros y columnas.
Durante más de cuatro años, se llevaron a cabo refacciones edilicias y se emprendió una restauración integral del edificio, para devolverle a la Iglesia más antigua de Buenos Aires su original esplendor. Las obras estuvieron en manos de un equipo de profesionales a cargo del arquitecto Eduardo Scagliotti. El apuntalamiento de la fachada fue el primero en retirarse, en el 2007, permitiendo nuevamente el acceso a la Basílica por la puerta principal. Hoy, la Iglesia de San Ignacio de Loyola se encuentra intacta y según aseguran los especialistas, sin peligro de derrumbre. ©

MAS FOTOS