Palacio San Martín

Nació como una mansión para albergar a una de las familias más tradicionales de la aristocracia porteña. Hoy es la sede ceremonial de la Cancillería Argentina.

“Soy como el perro guardián de la casa. La cuido como si fuera mía”. Néstor Evangelista es, desde hace once años, el mayordomo del Palacio San Martín. Sabe donde hay una lamparita quemada, que alfombra necesita un cambio, e incluso donde conseguir un perchero individual para un funcionario que acaba de mudarse a una de las oficinas del tercer piso. Un hombre amable, pero firme, que lleva sobre sus hombros la responsabilidad de que la sede de la Cancillería Argentina esté siempre impecable.
“Claro que si uno busca defectos, encuentra… pero ahora está en buenas condiciones. Había que ver lo era esto cuando acá funcionaban las oficinas administrativas. Todo el brillo se había perdido entre tabiques, cables, y escritorios”.
Fue Canciller Guido Di Tella, quién decidió mudar las oficinas del Ministrerio de Relaciones Exteriores y Culto a un nuevo edificio situado enfrente, y restaurar completamente el palacio francés que el estado había comprado a la familia Anchorena en los años treinta.
Un palacio que encierra la historia y apogeo de una de las familias más acaudaladas y tradicionales del país, y es un emblema de esos años en los que la Argentina quería ser como Europa y Buenos Aires pretendía parecerse a París.

Un palacio para tres familias

Cuando Doña Mercedes Castellanos de Anchorena decidió construir un palacio frente a la Plaza San Martín, ni se le cruzó por la cabeza reparar en gastos: administraba una de las fortunas agrícola ganaderas más grandes del país.
María de las Mercedes Castellaños era hija de Aarón Castellanos, que había sido uno de los pioneros de la colonización agraria en Argentina. Se casó a los …… años con Nicolás Anchorena, heredero de la dinastía terrateniente más grande de Buenos Aires. Con él tuvo once hijos, de los que sobrevivieron solo cinco. Mujer piadosa y creyente, se había ganado a fuerza de fabulosas donaciones para obras de caridad y religiosas el título de Condesa Pontificia y Dama de la Rosa de Oro.
Después de enviudar, Doña Mercedes decidió levantar una nueva residencia y adquirió un predio frente la plaza San Martín, en una de las zonas que antaño había albergado unidades militares y una plaza de toros, pero que a principios del 1900 se había convertido en una de las más aristocráticas de la ciudad.
El proyecto fue encargado al Arquitecto Alejandro Christophersen (el mismo que había proyectado la Iglesia Ortodoxa Rusa de Parque Lezama, la residencia Leloir y la Bolsa de Comercio), una de las principales figuras de la arquitectura argentina de principios del siglo, con grandes influencias de la arquitectura francesa del siglo XVIII. Esta tendencia queda claramente demostrada en su obra cumbre, el Palacio Anchorena, construido en tiempo récord entre 1905 y 1909.
Si bien el Palacio es un conjunto unificado, contiene en realidad tres residencias independientes. El ala izquierda del palacio sobre la calle Esmeralda la ocupó Doña Mercedes con su hijo Aarón, el cuerpo central sobre la calle Arenales fue habitado por Enrique Anchorena y su esposa Hercilia Cabral Hunter, y el ala derecha que da a la calle Basavilbaso fue ocupada por Emilio Anchorena y su esposa Leonor Uriburu.  
El proyecto final, que muchos aseguran que es una adaptación de un proyecto francés en mayor escala,  se asemeja a las residencias parisinas del 1800. Remite inmediatamente al “Hotel en París para un Banquero”, con el cual Jean Louis Pascal ganó el máximo galardón de arquitectura en 1866, el Grand Prix de Roma. No es casual que Pascal haya sido maestro de Christophersen, ni tampoco que, a semejanza del “Hotel” de Pascal, el Palacio Anchorena también alberga tres residencias en un solo conjunto arquitectónico.
Las tres mansiones se articulan a través de un patio de honor y se unen entre sí por dos especies de torreones circulares rematados por importantes cúpulas, que sirven también de engarce entre los patios. Las residencias tenían entrada independiente y todas las dependencias de servicio necesarias para que cada familia resguardara su intimidad, con excepción de la terraza del piso superior, que comunicaba en forma circular los dormitorios de las tres casas.
La distribución interna es la típica de este tipo de masiones. La planta baja estaba destinada a depósito instalaciones y dependencias de servicio. El primer piso con un amplio hall de recepción en triple altura distribuía hacia las salas de música, de reunión, la biblioteca y otros espacios públicos. Una escalera central lleva al segundo piso, en el cual se sucedían los dormitorios y otros ambientes privados. En la mansarda de la planta superior estaban las dependencias de servicio femenino y salas de lavado.
El tratamiento exterior, casi escultórico, es un claro exponente de la Belle Epoque, algo influenciado por el art Nouveau, y unifica las tres residencias en una sola fachada. El tratamiento interior, en cambio, varía en cada una de las residencias.
La de Enrique, la última residencia en ser decorada, tiene un estilo más austero que las otras dos, ricas en estucos, vitrales y escaleras imponentes. Sin embargo, esta mansión se destaca por su comedor con acceso a dos exquisitos jardines de invierno, uno para hombres y otro para mujeres.
La de Doña Mercedes es la más lujosa y ricamente decorada: estucos, mármoles y molduras, paredes con tallas y yesos dorados a la hoja se suceden en todos los ambientes, excepto el comedor, con una finísima boisserie inglesa. El ambiente más destacado de esta residencia es el Salón Dorado, inspirado en el Salón de los espejos de Versalles, que hoy es escenario de muchos actos formales de la cancillería.
El resto, es una sucesiòn de salas y salones destinados a diversos usos. “Dicen que en esta sala, Doña Mercedes había instalado una capilla, que estaba consagrada. De hecho, todo indica que las dependencias contiguas funcionada una pequeña sacristía” cuenta Evangelista, “Pero la capilla fue desarmada por la propia familia después de su muerte. Cuando pasó a manos del estado, esta sala ya estaba vacía”
El Palacio Anchorena, emblema visible del poderío económico de la dinastía, sólo estuvo en poder de la familia una veintena de años. La depresión del ´29 tuvo su correlato en nuestro país, y con la crisis económica, la familia Anchorena (como muchas otras familias aristocráticas) no pudo seguir manteniendo su palacio y decidió subastarlo. Fue adquirido por el Estado Argentino en 1936, en lo que dicen que fue una irrisoria suma de dinero por semejante edificio: un millón y medio de pesos. Destinado al Mnisterio de relaciones exteriores, fue bautizado como Palacio San Martín y es, desde entonces sede de la Cancillería Argentina. Actualmente solo se utiliza para funciones ceremoniales, ya que sus oficinas fueron trasladadas al nuevo edificio de Esmeralda y Arenales, obra de los arquitectos Aizenstat y Rajlin.
“Bueno, eso es en teoría, porque ahora nos están invadiendo de nuevo” bromea Néstor, “Sucede que en los últimos años se han vuelto a instalar algunas oficinas en las mansardas, y funcionan aquí las oficinas del Bicentenario. Pero, a diferencia de los que pasó antes, ahora se respeta la arquitectura y la historia de este edificio”

El mito de la amante despechada

Como muchos de los palacios de Buenos Aires, encierra su leyenda, nunca demostrada, pero tampoco desmentida por nadie.
Doña Mercedes había mandado a construir la basílica del Santísimo Sacramento en la que mandó a construir una cripta como futuro sepulcro familiar. Desde los balcones de su residencia, atravesando la plaza, podía verse la torre del Santísimo.
Cuenta la historia que uno de los descendientes de la familia Anchorena se había enamorado de la rica, pero no aristocrática, Corina Kavanagh. Ante la posición de su familia, el joven abandonó esa relación y Corina, desairada, decidió vengarse para siempre de los Anchorena.
Mandó a construir un edificio que sería el primer rascacielos de Buenos Aires, en la esquina de San Martín y Florida, con un único requisito: impedir que la familia Anchorena pudiera ver la Iglesia desde su soberbio palacio. Dicen que así nació el edificio Kavanagh y la venganza sigue vigente. Hoy, desde el único lugar en el cual se ve completamente la Iglesia del Santísimo Sacramento, es desde el pasaje Corina Kavanagh.
“Quizás no sea más que una leyenda, pero lo cierto es que el Kavanagh impide la visión del Santísimo” termina comentando Néstor mientras nos acompaña hasta el imponente portón de acceso del Palacio, “Caprichos de millonaria, no?”.
La frase se refería a Corina, aunque bien puede aplicarse a Doña Mercedes y su extravagante palacio francés en pleno Buenos Aires. ©

 

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