Parque y Residencia Lezama

En el sitio en el cual Pedro de Mendoza habría fundado la primera Buenos Aires, Gregorio de Lezama tuvo un palacio con el jardín más lindo de Buenos Aires. Su viuda se lo vendió al Gobierno de la ciudad, con la condición de que el parque llevara su nombre.

Entre San Telmo y Barracas se extiende una de las seis únicas barrancas Buenos Aires. Hacia ella se habría dirigido el adelantado Pedro de Mendoza para fundar el puerto de Santa María De Los Buenos Aires. Un mísero poblado que se estaría ubicado entre el Riachuelo de los navíos y un riacho llamado años más tarde como Zanjón de Granados.
Pasaron casi quinientos años y todavía no se sabe con certeza dónde fue que Pedro de Mendoza fundó aquella la primera ciudad. El espectro de lugares que diferentes historiadores han marcado va desde La Boca hasta un paraje llamado El Cazador, en Escobar (allí, se encontraron, según Federico Kirbus, balas de arcabuz y restos de cerámica que los aborígenes habrían tomado como botín de guerra de aquel primer poblado).
Lo que sí se sabe es que la ciudadela resistió poco y nada al asedio de los indios, y debieron pasar cincuenta años para que Juan de Garay desembarcara en estas playas, y refundara la ciudad.
Por ese entonces, la rivera del sur era un descampado sin árboles, que descendía hasta el borde del río como una pradera levemente ondulada. En esa barranca sin nombre, se instaló, a fines del 1700, el depósito de negros esclavos de la Compañía Real de Filipinas. En 1806, cuando ya era conocida como la Barranca de Marcó, los ingleses al mando del general Beresford derrocaron allí las últimas fuerzas nacionales y marcharon hacia la plaza del fuerte.
Las invasiones inglesas fueron repelidas, pero la bandera británica flameó por bastante tiempo en esas tierras, que fueron adquiridas por Daniel Mackinley. Este inglés construyó una casona frente el río que todos llamaron “la quinta de los ingleses”, por tener un pabellón de esa nacionalidad sobre su edificio. Luego la quinta pasó a manos de Carlos Ridgley Horne, un norteamericano casado con la hermana del general Lavalle.
Finalmente en 1857, la finca es adquirida por Don José Gregorio Lezama, un salteño que había amasado una gran fortuna a base del comercio y las buenas relaciones políticas.
Se había casado, además, con Carolina de Alzaga, una dama de la alta sociedad porteña que falleció al poco tiempo. Lezama se casó, entonces, con su hermana Angela de Alzaga.
José Gregorio de Lezama llevaba el comercio en la sangre y comerciaba con lo que había: ganado, madera o armas. Compró muchas tierras en remates, a precios bajísimos o en sucesión, convirtiéndose en uno de los más grandes terratenientes del país. Llegó a ser propietario de las tierras de la gran estancia de la Laguna de Los Padres, la estancia San Rita, cuya extensión llegaban hasta el límite con Balcarce, y los campos “de los bandengues”, cercanos a Chascomús, (dónde hoy se encuentra el flamante partido de Lezama).
Como Intimo amigo de Rosas, le vendió armas y pertrechos para la batalla de los Libres del Sud. Pero también fue banquero de Urquiza, y proveedor de armas de Mitre. Sus actividades fueron tan disímiles como rentables: participó de las negociaciones de la triple Alianza en la guerra contra el Paraguay, formó parte del directorio de los Ferrocarriles del Sud. Pero así como realizaba millonarios negocios ganaderos con Henry Tomkinson, también donaba grandes sumas de dinero para obras de beneficencia o se convertía en mecenas del escritor José Hernández, a quién protegió y ayudó durante toda su vida. 
Dueño de una inmensa fortuna, Lezama debía tener una residencia que lo refleje en la capital de la provincia. Por eso, cuando adquirió la quinta de los ingleses, se preocupó por mejorar la mansión de estilo italianizante, de dos pisos, con una importante galería y agregando un mirador desde el cual se veía la ribera y toda la extensión de la incipiente cuidad desde la Boca hasta el centro. Pero Lezama se preocupó, sobre todo, por mejorar los jardines, que enriqueció con plantas y árboles exóticos (algunos muy costosos) y lo ornamentó con esculturas y jarrones. El inmenso parque estaba rodeado por una reja de hierro, pero se abría al público dos días por semana.
En 1871, durante la epidemia de fiebre amarilla, la residencia fue utilizada como lazareto durante unos meses, pero luego le fue devuelta a Lezama que la utilizó hasta su muerte en 1889. Cinco años después, su viuda le hace a la comuna de la ciudad la propuesta de comprar la propiedad a un valor irrisorio, con la condición de crear allí un parque público que llevara el nombre de su esposo.
En la lujosa mansión fue instalado el Museo Histórico Nacional, cuyas salas exhiben más de 50.000 piezas relacionadas con la historia de la Argentina hasta 1950.
El jardín de la residencia se transformó en el Parque Lezama, con un proyecto paisajístico realizado por Carlos Thays. Este tuvo la tarea de relacionar el jardín original, de estilo inglés que habían creado los dueños de la mansión, con el nuevo parque público al que la ciudad le había anexado los terrenos bajos de la barranca. En aquel entonces, Thays proyectó el rosedal y la pérgola sobre la calle Martín garcía, y una confitería en el centro del parque (que ya no existe). El conjunto se completaba, al mejor estilo de los jardines europeos, con fuentes, monumentos, senderos, rincones bucólicos y un gran anfiteatro, en un predio rodeado por una reja de hierro. Era un ejemplo más de un país que, en el 1900, vislumbraba el crecimiento económico y social más importante de América.
Con el correr de los años, la ciudad creció hacia el norte, dándole la espalda al puerto y los arrabales. San Telmo y Barracas se transformaron en lugares devaluados, abandonados por el glamour de la gran capital. Así como sus calles se llenaron de conventillos y edificios ocupados, los espacios públicos también se deterioraron. El Parque Lezama, no fue la excepción: sucio, sin mantenimiento y ocupado por puesteros, el parque entró en un estado de abandono sin precedentes. Se estropearon monumentos, bancos y bebederos, se destruyeron canteros y muchos árboles se apestaron o murieron. Una de sus fuentes fue tapada con cemento, y el anfiteatro cubierto de graffitis es territorio de indigentes o de algún que otro profeta que pregona a gritos el fin del mundo.
La zona sur comenzó a ser rescatada a fines de los noventa, primero como un buen negocio inmobiliario y luego por ser uno de los puntos más atractivos desde el punto de vista histórico y cultural de la ciudad. En ese marco, el Gobierno de la ciudad anunció en el 2008 un ambicioso plan integral de recuperación del parque, que debía estar listo para el Bicentenario. La idea era restaurar la imagen original que había proyectado Thays, volver a colocar las rejas y recuperar las especies enfermas o en peligro.
La antigua residencia, que alberga al Museo está en perfecto estado, pero las obras del espacio público nunca comenzaron. El Parque Lezama, extraña mezcla entre el capricho de un terrateniente salteño y el proyecto de un paisajista francés, sigue allí esperando que alguien recupere su belleza perdida.©


 

MAS FOTOS