La mezquita
de Palermo


Su construcción despertó polémicas, pero a diez años de su inauguración, el Centro Islámico Rey Fahad, se ha convertido en un referente cultural, religioso y turístico de Palermo.

Hace veinte años, el terreno de Bullrich y Libertador era un enorme baldío de tres hectáreas, que pertenecía a los bienes residuales del ejército. El entonces jefe de la ciudad de Buenos Aires los consideró “innecesario para la acción de gobierno”, por lo cual podían cederse gratuitamente. Era Carlos Grosso y respondía así a un requerimiento del Presidente Carlos Saúl Menem, quién le había prometido al Rey Fahad, de Arabia Saudita, un predio en el cual levantar una mezquita.
La promesa, hecha en persona durante una visita del Rey árabe en 1992, se convirtió en un hecho tres años más tarde, cuando el Congreso votó la ley que permitía la donación. Lo hizo con una única objeción, y fue la del senador Fernando de la Rúa.
El predio en cuestión se encuentra en pleno Pacífico, cercano a las vías del ferrocarril, al Campo Argentino de Polo y al Hipódromo de Palermo. Hoy alberga un conjunto arquitectónico que engloba el “Centro Cultural Islámico Custodio de las Dos Sagradas Mezquitas Rey Fahad”, con un colegio privado pero abierto a la comunidad, una biblioteca pública y, la mezquita más grande de América Latina, preparada para albergar a la comunidad islámica de la Argentina, (considerada la tercera en importancia en América, luego de la de los Estados Unidos y Brasil).
La piedra fundamental se colocó el 7 de junio de 1998. El proyecto fue encargado al afamado estudio saudí de Zuhair Fayez, que tiene en su haber unas 200 obras dispersas por todo el mundo. Pero construcción y los materiales utilizados fueron casi todos nacionales. La dirección de obra la llevó a cabo el argentino Mario Roberto Alvarez, y la constructora fue la empresa Riva SA. La información oficial dice que el gobierno de Arabia Saudita invirtió catorce millones de dólares en su construcción… aunque se estima extraoficialmente que costó más de cuarenta.
Apenas dos años después, los dos minaretes de la Mezquita se elevaban más de 50 metros sobre el cielo de Palermo.  Paradojas de la historia (o del destino), fue el mismo de la Rúa el que asistió a su inauguración, esta vez en calidad de presidente, el lunes 25 de Septiembre del 2000. Estaba presente el hermano del Rey Fahad, el principe heredero Abdullah ben Aziz al Saud, con una delegación oficial de 250 personas, además del ex presidente Carlos Menem, la vicejefa de Gobierno Cecilia Felgueras y el Director del Registro Nacional de Cultos, Dr. José Cardozo.
Conocido por todos los porteños como “la Mezquita de Palermo”, el centro cultural es un complejo de 17.000 metros cuadrados cubiertos, de los cuales sólo 2000 están destinados al culto. El resto se completan con un área cultural con auditorio y teatro; un área educativa con jardín de infantes, escuela primaria, secundaria y ámbito para docentes; un área de servicios y recreación con cafetería y restaurante; área de reposo con viviendas para 50 alumnos; garages y parque de 12.000 metros cuadrados.
El Colegio Rey Fahad, instituto privado incorporado a la enseñanza oficial, tiene talleres optativos de religión y el 50 % de su cuota está subvencionada por el Gobierno de Arabia Saudita.
La mezquita tiene la estética típica del medio oriente, pero con una decoración austera y despojada de grandes lujos. Como indica la religión musulmana, hombres y mujeres oran mirando a la Meca y por separado: el templo principal está reservado a los hombres y tiene una capacidad para 1500 personas. El de las mujeres, en cambio, tiene capacidad para sólo para 500, y está ubicado en el entrepiso, que se comunica con el gran templo a través de ventanales blancos con arabescos.
Para ingresar al Templo, según las costumbres del culto, hay que quitarse los zapatos. En el interior, el piso está cubierto por una mullida alfombra de diseño geométrico en tonos dorados y bordó, confeccionada especialmente en Arabia Saudita.  El techo está coronado por una enorme cúpula, de la que cuelga el único elemento decorativo que se destaca: una importante araña de cristal de tres metros de diámetro y 230 lámparas, traída de Viena. Estos dos elementos son los únicos materiales traídos del exterior.
La ornamentación, tanto en el interior como en el exterior, es simple y despojada. No hay alarde de dorados, plateados, mármoles ni marfiles. Los materiales utilizados fueron de los más simples: ladrillos, cerámicos y granito para los pisos. Pero se destacan las rejas y cerramientos con intrincados motivos arabescos que permiten originales juegos de luces y trasparencias, y los magníficos jardines con palmeras que alojan cinco fuentes. La edificación en general es baja, con la única excepción de sus dos minateres, de 50 metros de altura cada uno, que llaman a la oración cinco veces al día.
Durante su construcción se levantaron, como suele suceder, algunas voces a favor y muchas en contra. La mayoría de los urbanistas que se oponían al proyecto alegaban que ese no era el mejor lugar para llevarlo a cabo y que su estética influiría negativamente en el entorno. Sin embargo, la obra siguió su curso y el resultado es realmente sorprendente. Hoy, nadie puede negar que el impacto visual es favorable sobre todo, acompañado por el mejoramiento del resto de los terrenos paralelos a las vías del ferrocarril.
También se tejieron una serie de conjeturas acerca del financiamiento de la obra, de los motivos que habría tenido el entonces presidente para donar las tierras, y hasta se vinculó a la empresa de la familia de Bin Laden con la construcción de este centro islámico. Una década más tarde, todos estos trascendidos pasaron a formar parte de la leyenda y las voces parecen haberse callado. En pocos años, el Centro Cultural Rey Fahad se ha transformado en un punto de referencia para los más de 800 mil musulmanes que integran la comunidad argentina. Y como suele ocurrir con toda obra de envergadura, la Mezquita de Palermo trascendió su función religiosa y comenzó a formar parte del patrimonio arquitectónico de la ciudad. Hoy, la mayoría de los porteños que circulan por Bullrich y Libertador la miran como si siempre hubiera estado allí y es punto de detención casi obligado en la recorrida de los miles de turistas que se acercan a ella todos los días.©

 

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