N/D Ateneo

Un excelente criterio de restauración convirtió un mítico cine y teatro de los años 20, en una de las librerías más lindas del mundo.

A fines del siglo XIX, la ciudad de Buenos Aires, cuyo núcleo fundacional se había desarrollado desde la Plaza de Mayo hacia el sur, comenzó a expandirse hacia el norte de la mano de una alta burguesía porteña que creció con las exportaciones agro-ganaderas y quería parecerse a Europa. Mientras Recoleta se convirtió en un “Petit Paris”, el Barrio Norte era lo más parecido a un “Saint Germain porteño”, cuyas edificaciones seguían las reglas de la Ecole des Beaux Arts de Paris, aunque alternaban con algunas fachadas típicas del estilo italianizante.
En 1903, en el predio de una antigua fábrica de carruajes, se inauguró el llamado Teatro Nacional del Norte (ya funcionaba el Teatro Nacional de la Calle Corrientes) con capacidad para 900 espectadores.
En 1919, la sala fue adquirida por un empresario austríaco llamado Max Glucksmann, quién lo amplió y remodeló para convertirlo en el más lujoso de la zona. Lo rebautizó como Gran Splendid Theater, y contrató para esa obra a los mejores arquitectos y artistas más reconocidos del momento.
El proyecto corresponde a los arquitectos Peró y Torres Armengol, y fue construido por los arquitectos Pizoney y Falcope. Contaba con cuatro hileras de palcos, quinientas butacas, refrigeración, calefacción y techo corredizo. Fue el primer edificio teatral construido a prueba de fuego y con sala de primeros auxilios.
El frente sigue el tono ecléctico imperante en la época, con una marquesina de estilo griego cuyas cariátides, esculpidas por Troiano Troiani, sostienen los balcones del basamento. El mismo escultor realizó los torsos de las mujeres que sostienen el cielorraso al margen del escenario.
El teatro está rematado con una espectacular cúpula, realizada por Nazareno Orlandi, un artista italiano que llegó a Buenos Aires contratado por Juárez Celman para colaborar con Tamburini en la decoración del Teatro Colón y los Salones de la Casa Rosada. Con el derrocamiento de Juárez Celman, se anulan los contratos y Orlandi comienza a realizar obras de gestión privada. Ornamentó la nave central de la Iglesia del Salvador, las catedrales de Córdoba y Catamarca, el teatro Colón de Santa Fé, los frescos de la Biblioteca Nacional y el Diario La Prensa. Cuando Gluksman lo contrata para trabajar en la cúpula de su teatro, Orlandi plantea una alegoría de la paz, a modo de festejo por el final de la Primera Guerra Mundial. Esta cúpula, además de su belleza y calidad artística, tiene la particularidad de permitir que todos sus personajes sean vistos desde cualquier ángulo sin deformar la visión.
El nuevo teatro abrió sus puertas el 14 de Mayo de 1919, y desde ese momento se destacó por estar siempre a la vanguardia en la vida social y cultural de los porteños. Fue la cuna de la radiofonía porteña y pionero en otras ramas como el cine y la música.
En 1923, desde la “Radio Splendid”, se llevaron a cabo las primeras transmisiones radiales, y en los pisos superiores se instaló el sello discográfico “El Nacional Odeon”, también propiedad de Gluksman, en el cual Gardel fue uno de sus principales intérpretes.
En 1926, el Cine llegó al Splendid, con el estreno de la película muda “Juan sin Ropa”, y fue testigo de los años de esplendor del séptimo arte.
En 1964 se produce el primer gran cambio: la sala es comprada por el empresario Alberto Loccoco, quién le da un gran impulso al teatro, convirtiendo al Splendid en la lanza de punta de una zona que intentaba competir con el circuito de Lavalle y Corrientes. Sin embargo, a principios de los setenta, se presentaron las últimas funciones de la obra “40 kilates”  protagonizada por Mirtha Legrand y Arnaldo André. Desde entonces, la sala volvió al cine. La belleza y opulencia del gran teatro no logró quedar al margen de la decadencia de los cines independientes, ante el avance de los grandes complejos cinematográficos.
En febrero del 2000, con la exhibición de Belleza Americana, cerró definitivamente sus puertas. Un mes más tarde, el Grupo ILHSA (de capitales nacionales) decidió ir al rescate del viejo edificio… para reconvertirlo en librería. El proyecto, a cargo del arquitecto Fernando Mazone, tuvo la firme intención de respetar, conservar y restaurar el edificio original, adaptándolo a su nueva función.
Básicamente la refuncionalización se basó en tres puntos: la restauración integral, la necesidad de ganar mayor superficie, y proyectar una circulación que no obligará a modificar los principales espacios existentes (accesos, camarines, palcos y salas de proyección).
Para la puesta en valor, la empresa desarrollista contrató profesionales especializados. La cúpula, elemento fundamental del edificio, fue restaurada por el equipo de Isabel Contreras, los mismos que ahora están a cargo de las obras de la Aduana Taylor.
La excavación hacia el subsuelo permitió ampliar metros cuadrados disponibles, transformándose en un área exclusiva de literatura infantil y recreación de niños.
La circulación, que no debía alterar la estructura del edificio, se solucionó con dos ascensores ubicados en espacios estratégicos y la instalación de las escaleras mecánicas en el gran espacio central que comunica con el subsuelo.
En diciembre del 2000, el Grand Splendid reabrió sus puertas una vez más, esta vez transformada en librería-biblioteca El Ateneo, con un padrino de lujo como el gran Ernesto Sábato.
 A simple vista, el teatro parecía no haber cambiado tanto, si no fuera por el incesante murmullo y el movimiento permanente que se percibe en el lugar. Los palcos se habían convertido en dinámicos exhibidores de libros, en los pisos superiores se instalaron salas de lectura, de exposición y salones de conferencias, y el escenario albergaba un café literario, en el cual los visitante pueden tomar un libro y sentarse cómodamente a leer sin contar el tiempo que pasa.
Desde el momento de su apertura, el Ateneo Grand Splendid se volvió el lugar de encuentro de escritores, artistas y lectores, que se sumergen en la búsqueda y lectura de cualquiera de los doscientos mil volúmenes que se exponen. Y si de números se trata, en los primeros diez años, la librería recibió doce millones de visitantes, muchos de ellos turistas que llegan atraídos por la belleza edilicia, pero una gran mayoría de porteños que están orgullosos de tener en la ciudad a una de las librerías más lindas del mundo. 
Así fue considerada en el 2008, cuando el periódico inglés The Guardian, la catalogó como la segunda más bella del mundo. Además, es considerada la más grande de Sudamérica, fue distinguida con la “Medalla del Bicentenario” por la Ciudad de Buenos Aires, y el premio “Testimonio vivo de la memoria ciudadana”, por mantener y fortalecer la identidad local.
Por el recinto que otrora pisaron Carlos Gardel, Lola Membrives y Roberto Firpo, han pasado Ernesto Sábato, Paul Auster, Mario Benedetti, Mario Vargas Llosa, José Pablo Feinman, Horacio Verbitsky, Alejandro Dolina, Fito Páez, León Gieco, China Zorrilla, Carlos Sorín… y la lista podría seguir por varias líneas más.
El Ateneo Grand Splendid es, a once años de su apertura, un digno heredero del sueño que alguna vez tuvieron Gluksmann y Loccoco, de crear un espacio que marcara tendencia para la cultura porteña. ©

 

 

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