Túneles de la Aduana

Desde el corazón de Buenos Aires, surge la antigua Aduana Taylor convertida
en el novedoso Museo del Bicentenario.
Detrás de la Casa de Gobierno, el edificio que fue clave para el desarrollo nacional del siglo XVIII, vuelve a la vida como imponente custodio de los 200 años de nuestra historia.

Caminando por la calle Balcarce, justo detrás de la Casa de Rosada, emerge una nueva construcción que captura la atención de cualquier transeúnte en la ciudad. Una moderna obra acondicionada con los más novedosos materiales, surge desde la entrañas de Buenos Aires, desde su parte más antigua, para ganarse un lugar en el espectro cultural nacional. Aquellas tierras que en el pasado fueron colocadas para ganarle espacio al río y construir allí la rica Aduana Taylor, gracias a cuyas ganancias se empezaba a construir el naciente país, fueron removidas para que las raíces de la cultura nacional salieran a la luz, transformadas en el imponente “Museo del Bicentenario”.
“El museo ya existía como Museo de la Casa Rosada pero más acotado, evocativo simplemente a los Presidentes de la Nación. Tenía un edificio muy lindo (el de la Aduana Taylor), pero que estaba en estado calamitoso, semi-derruído y con peligro de que colisionara. Por decisión de la Presidenta de la Nación se inició la restauración, teniendo en cuenta la importancia cultural de la Argentina y la importancia que tenían estos edificios, histórica y simbólicamente”, explica el director del Museo, Profesor Juan José Ganduglia, quien se desempeña en el área desde hace 37 años.
La Aduana fue construída sobre el antiguo fuerte de la Ciudad de Buenos Aires, en el año 1845, tiempo después de haber vivido la Revolución de Mayo pero en momentos en que aún costaba la independencia plena del Reino de España. Argentina, ya era considerada el granero del mundo, comerciaba materias primas de excelente calidad e importaba todo tipo de manufacturas. Tanto unos como otros productos debían hacer su paso por este lugar y por ello, el edificio era considerado clave para la economía del País. “Eran edificios de poder: el espacio del poder político, la Casa Rosada y el espacio del poder popular, la Plaza de Mayo. La Aduana Taylor era un emblema del poder económico y de todo lo que implica ese poder. El fuerte de Buenos Aires, el puerto, es el edificio fundacional de la Ciudad, es donde Juan de Garay estableció su emplazamiento en 1580, cuando realizó la fundación”, comenta Ganduglia resumiendo en una frase, varios años de vida nacional.
Sobre ese edificio tan rico en historia pero casi en ruinas, se realizó una tarea titánica de restauración que consumió dos intensos años. La labor estuvo a cargo de arquitectos, patrimonialistas, restauradores de edificios, arqueólogos, museógrafos y diseñadores (para el montajes museográfico) y hasta, una empresa alemana de iluminación específica para Museos. Todos ellos trabajaron mancomunadamente en el edificio, trás un año en el que allí funcionara un sistema de ventilación forzada que se encargó de quitar la humedad que gobernaba el lugar, ya que por décadas ese espacio permaneció con una capa de 5 cm de agua en diferentes épocas del año, debido a las filtraciones interiores y a la humedad que surgía de las napas.
Las imponentes columnas de ladrillo y argamasa que sostenían el viejo edificio se mezclan ahora con modernas escaleras, ascensores y luminaria de la más alta calidad para resaltar el valor patrimonial que allí se expone. El paso por debajo de uno de los arcos de la antigua aduana para ingresar al nuevo Museo, es un pasaje a un tiempo suspendido en donde lo histórico y lo moderno, el pasado y el presente, las ruinas y su recuperación, se fusionan armónicamente para brindar un espectáculo que captura la mirada y despierta la memoria cultural.
El nuevo Museo está organizado en dos áreas principales: un hall histórico y otro artístico. El primero de ellos posee la escenografía natural de las galerías de la antigua Aduana Taylor y cuenta con un primer recodo que es una perla para quien fue allí buscando capturar la historia: una de las bocas del antiguo Fuerte de Buenos Aires persiste hasta nuestros días para dar testimonio de que por sobre aquella primera construcción, luego se emplazó la famosa Aduana. Dos cañones de pequeño tamaño bajo unas discretas luces señalan el área de cruce de estos dos protagonistas de la vida nacional.
Un área multimedia muestra con imágenes y sonido cómo “era” Buenos Aires antes de ser Buenos Aires, otra exhibe grabados y objetos del fuerte (como una cerradura, una llave y un llamador), algunas representaciones de la Aduana y de la ciudad en estado creciente. También un escudo español que permaneció allí hasta pasado el año 1816 (cuando con la declaración de Independencia lo quitaron para poner el Nacional), una Virgen Santa María de Buenos Aires y una reliquia tallada de San Miguel Arcángel que data del siglo XVIII, ya que de él tomaba su nombre el fuerte: “Castillo de San Miguel”.
El recorrido continúa a través de las majestuosas galerías aduaneras que quedaron en pie y renacieron con la restauración. Cada uno de sus arcos se encarga de mostrar la historia Argentina organizada en las épocas que la marcaron a fuego. Desde invasiones inglesas, la Asamblea del año XII y la proclama del 25 de Mayo hasta la Vuelta de Obligado con restos de las famosas cadenas y daguerrotipos originales de Rosas. La Constitución del ’53 comparte lugar con el “sillón de Derqui”, el Centenario y signos de sus festejos, el voto universal, el radicalismo y su histórico opositor, el peronismo. Las etapas más negras de la historia nacional con los golpes militares, el nacimiento de las Madres de Plaza de Mayo y, finalmente, los gobiernos democráticos desde el ‘83 hasta el 2010. Todos los momentos poseen su espacio y cada etapa vuelve a la vida por un instante en la figura de algún elemento característico o con los videos que completan la información.
En paralelo al hall histórico, se despliega el artístico, que se encuentra bajo las instalaciones de la nueva construcción. Cuenta con techos transparentes que dejan ver la parte superior de la Casa Rosada como vigilia eterna de estos valiosos elementos que la habitaron alguna vez y embellecido con diferentes obras de arte que buscan representar cada una de las etapas históricas. El hall exhibe también un carruaje de Roca restaurado, un ejemplar del año 1954 del recordado “auto justicialista” que pertenece a la primera producción de autos nacionales (antes de que ingresaran al país las grandes automotrices internacionales), el retrato oficial de Perón y Eva (acompañado del vestido que utilizó Evita para ese momento, prestado por el Museo Evita) y el majestuoso mural “Ejercicio Plástico” del gran artista mexicano, David Siqueiros. Pintado en el año 1933 y luego de una historia que incluyó el peligro de salida del país y el encierro en un container por 17 años, hoy se encuentra completamente restaurado y a resguardo para ser conocido por todo aquel que visite el Museo.
Un bar apostado en el espacio conocido antiguamente (previo a la restauración) como la “zona de los Helechos” debido a que esta vegetación había crecido en pisos y paredes a causa de la gran humedad, copándolo por completo, completan la oferta del viaje al interior del flamante Museo. Las personas deambulan por todas las áreas con total libertad, disponiendo del recorrido que les plazca de acuerdo a sus inquietudes o gustos personales. “Se ha implementado un sistema de visitas que no es el tradicional. Hemos dispuesto un sistema que, en lugar de ser la visita guiada que al chico (o grande) le da la sensación de tener que seguir si o si, hay un joven en cada ambiente, identificado con el buzo y el logo, que da las explicaciones que quieran para cada uno de los temas”, comenta el Profesor Ganduglia, orgulloso del clima descontracturado que se vive, inusual en cualquier otra institución semejante, pero que le permite al visitante moverse con total soltura y sentirse “como en casa”. En las actividades de conservación, investigación y difusión del valioso patrimonio cultural, se resume la idea que mueve al espíritu del Museo. “Recibir a todos y poner a disposición de todos el patrimonio que tenemos, es nuestra finalidad”, concluye Ganduglia.
Desde su cierre en el año 1895 y su posterior ocultamiento bajo las tierras de relleno que buscaban empujar varios metros al río, la Aduana Taylor se llevó consigo parte de la identidad nacional. Con la inauguración el pasado 25 de Mayo y traídas desde el corazón mismo de la Ciudad de Buenos Aires, las ruinas restauradas de la Aduana reformada volvieron a contar su historia y la de todo un país que la siguió. Aquel edificio colapsado por humedad y años de desamparo, fue recuperado con vocación bajo la forma de un inmejorable espacio que exhibe cada instante del tiempo que construyó la Nación. Con las puertas abiertas a todo el público, las galerías esperan ansiosas inundarse nuevamente, pero esta vez de visitantes. ©

 

MAS FOTOS