Universidad nacional de LanĂºs

Luego de casi 40 años de descanso, los antiguos talleres ferroviarios volvieron a vivir como el nuevo polo educativo del sur del Gran Buenos Aires. Fruto de un considerable trabajo de restauración aquellos galpones y pasillos de ayer son hoy espacios de encuentro entre la Ciencia, el Arte y la Cultura.

Existe una leyenda urbana que cuenta que los alumnos de la Universidad Nacional de Lanús suelen ver un fantasma que recorre la plataforma del edificio de su rectorado. También dicen que es el espíritu de un operario del viejo Ferrocarril del Sud, que nunca se resignó al cierre de los talleres.
Ese fantasma, si lo hubiera, debería estar contento. Los pasillos de las antiguas instalaciones volvieron a llenarse de personas que los recorren día tras día buscando como en aquel entonces, aunque de manera diferente, un futuro.
Después de décadas de abandono, los viejos talleres de Escalada, se convirtieron en aulas, espacios culturales y museos, rescatando lo mejor de la arquitectura ferroviaria y haciendo honor a su historia.
Todo comenzó en el año 1862, cuando se instala en nuestro país la “Buenos Aires Great Southern Railway”, una compañía ferroviaria inglesa que venía a tender líneas férreas hacia el sur de la Capital Federal. Con los años fue rebautizada como “Ferrocarril del Sud” y llegó a ser la empresa más grande de Sudamérica en cuanto a recorrido e infraestructura.
El desarrollo incesante del tendido y la actividad, motivó al Gerente de la empresa, de apellido Barrow, a pensar en la necesidad de instalar nuevos y modernos talleres de operación mucho más cerca de la zona en expansión. Decisión tan estratégica como acertada. Fue así como escogió los terrenos que se encontraban en el kilómetro 11 de la línea primaria, los terrenos existentes entre las localidades de Lanús y Banfield que cumplían con las necesidades que Barrow y la compañía priorizaban en ese momento.
No pasó mucho tiempo para que comenzaran las tratativas con los propietarios de las tierras, Eliseo Ramírez y los descendientes de Bernardino Ramírez de Lafuente. Hasta que por fin, en el año 1897, la empresa consigue hacerse de los 1.286.812 metros cuadrados a ambos lados de las vías. La idea de construir los nuevos talleres sureños iba tomando cada vez más forma de realidad.
En 1898 se envió hacia las oficinas centrales de Londres el proyecto de los talleres que contemplaba además: almacenes, depósitos, oficinas, fundición, pintura, aserradero, galpones para materiales, herrería, entre otros. Meses después pero ya en el año 1899, se colocó la piedra fundamental del edificio que simbólicamente conservó el espíritu de la obra hasta su inauguración, el 26 de Octubre de 1901. En menos de 5 años, la nueva gran obra del sur ya era un hecho.
Estos talleres venían a reemplazar una antigua estación -que había quedado obsoleta-situada en el barrio de Barracas de la Capital Federal, por lo que la mayoría de los empleados que daban vida a las relucientes infraestructuras venían desde allí hasta su nuevo lugar de actividades. Por esto, y con la idea de facilitar ese trayecto de viaje que separaba sus hogares del trabajo, las autoridades de Ferrocarril del Sud reanudaron las tratativas con las instituciones locales para crear una parada exclusiva para su personal que se comunicaba directamente con la entrada a los talleres por medio de un puente sobre las vías.
Dentro de aquellas negociaciones estuvo incluido también el permiso para nuevas construcciones de colonias de viviendas para instalar al personal de las diferentes categorías que ya no era sólo porteño por que la actividad había crecido de tal manera que la empresa había sumado nuevo personal de la zona.
Con el tiempo la parada tomó el nombre de Talleres y, casi por contigüidad, a todo ese pueblo que se vino gestando al compás de su crecimiento, también le correspondió el bautismo.
La gran época de esplendor del polo ferroviario fue en los años ’50, llegando a dar empleo a un número cercano de 4000 trabajadores. Luego de esto y como producto de las circunstancias históricas, su declive no tuvo manera de eludirse. Los años 60 fueron el punto final para la historia de prosperidad que rodeó a los talleres del Sud. Encerrados en esos galpones y vagando por esos andenes quedaron amarrados los antiguos sueños de desarrollo y expansión de la actividad que fue orgullo no sólo de la zona sino también marca de fuego de una época de la historia Argentina.
Tuvieron que esperar casi 40 años y los albores de un nuevo siglo, para que aquellos edificios volvieran a cobrar vida. Es recién en el año 1996 cuando las Leyes Nacionales N° 24.750 y 24.751 otorgan su propiedad a la joven Universidad Nacional de Lanús (UNLa) creada tan sólo un año atrás. Los terrenos de origen ferroviario que fueron transferidos a la institución educativa son los que se ubican entre las calles 29 de Septiembre y Malabia y los de la Av. Hipólito Yrigoyen. Sin embargo, para que este lugar que antaño supo albergar a miles de trabajadores ahora pudiera cobijar al creciente número de estudiantes, eran muchas las mejoras y acondicionamientos que se necesitaban desarrollar. La puesta en marcha de la Universidad no podía esperar, comenzó sus actividades de carreras de grado y maestrías en Julio de 1997 en la sede de la calle Habana en Valentín Alsina.
Recién en el año 1998, el Rectorado se muda al predio de la Calle 29 de Septiembre comenzando con esto un camino de continuos desarrollos edilicios e infraestructurales para cobijar a las nuevas carreras nacientes y las mareas de alumnos que junto a ellas arribarían. Pero principalmente, todo el trabajo se realizó con vistas de cuidar y rescatar el tesoro arquitectónico y patrimonial que los talleres representan.
Cada edificio recuperado fue tomando el nombre de algún importante representante de la cultura nacional, constituyendo en la actualidad una amplia gama de reconocidos titulares como Arturo Jauretche, Scalabrini Ortiz, Homero Manzi, Enrique Santos Discépolo, Leopoldo Marechal, Manuel Ugarte, entre otros.
El empuje de desarrollo no sólo creó aulas sino que también se acondicionaron espacios múltiples para el desarrollo de la investigación, las artes y la ciencia. Entre ellos encontramos laboratorios, talleres, centros de Investigación y el Cine-Auditorio Universitario “Tita Merello”. Este complejo de cine se encuentra abierto a toda la comunidad y es sede de variadas actividades recreativas y formativas como funciones de cine, radioteatro para ver y espectáculos musicales.
Sin dudas un símbolo de la Universidad es el actual edificio “José Hernández” -el de mayor superficie en todo el complejo- donde funciona el aula Magna “Bicentenario”. Este edificio fue donado en el año 2003 por el Organismo Nacional de Administración de Bienes del Estado (ONABE) y es todo un exponente de aquellos años de apogeo ferroviario y de la arquitectura típica en la actividad.
El “José Hernandez” ha pasado por un cuidadoso proceso de restauración para rescatar lo originario del trabajo arquitectónico, ya que con el paso del tiempo había sido inundado de intervenciones que desdibujaban su esencia. Originariamente data del año 1901 y ha sido sede de los archivos y almacenes del Ferrocarril del Sud así como, más adelante, sede del Archivo General. Gracias al trabajo de reciclaje hoy cuenta -dentro de la superficie originaria y los nuevos entrepisos- con diez aulas, tres sectores administrativos, el Aula Magna, oficinas de laboratorio, dos aulas para carreras de audiovisión, cuatro grupos sanitarios, galerías y dependencias de servicios.
Aunque la infraestructura actual ya consiga dejar atónito a cualquiera que transita por la Avenida 29 de Septiembre, estos avances no son todo. El proyecto de la Universidad de Nacional Lanús sigue con el Comedor Universitario “Padre Carlos Mujica” que posee dos salones comedores, cocina, sanitarios, vestuarios para personal y deposito; y los Playones Deportivos –en la última etapa de construcción- que ocupan una superficie de 3000 metros cuadrados que se distribuirán para componer dos canchas de básquet, tres canchas de voleibol, dos de fútbol y dos de baloncesto. Todos estos financiados por el “Programa de Desarrollo de la Infraestructura Universitaria” dependiente del Ministerio de Planificación.

El perímetro actualmente ocupado por la Universidad Nacional de Lanús es una magnífica muestra de que cuando existe voluntad y decisión, la lucha por conservar el patrimonio cultural no es cuestión de Quijotes. Hoy esos viejos edificios funcionan nuevamente pero adaptados y puestos al servicio de las necesidades nuevas. Grandes galpones vacíos, oscuros y desolados, son ahora fuente y espacio de proliferación de nuevas actividades científicas y manifestaciones culturales con el sello del Sur del Gran Buenos Aires. Aquello que en el siglo pasado surgió como un lugar de albergue para una de las la actividades más pujantes del País, como lo fue la ferroviaria, hoy sirve de plataforma para los 15.000 estudiantes que buscan y cultivan allí sus sueños de futuro.©

 

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